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Archive for the ‘Bibliotecas y Bibliotecarios’ Category

Casi todas las bibliotecas de la Nueva España fueron conventuales, o de obispos y religiosos: para uso interno y personal. Hubo algunas abiertas al público. La Independencia, la Reforma, la Revolución y la incuria destruyeron ese legado.

 Con los restos y nuevas adquisiciones, se formaron bibliotecas particulares y públicas desde el siglo XIX. A principios del XX, había 60 bibliotecas públicas. Linda Sametz de Walerstein  (Vasconcelos: El hombre del libro. La época de oro de las bibliotecas, Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM) anexa una lista con el año de fundación, ubicación y acervo. Incluye la Biblioteca Nacional (200,000 volúmenes) y otras 16 de la ciudad de México; la Palafoxiana (85,000) y Lafragua (22,500), ambas de la ciudad de Puebla, así como otras menores en el resto del país. Predominaban las de unos cuantos miles de ejemplares, y aun menos de mil.

 “En cualquier burgo americano de quince mil habitantes, existe la Carnegie o la biblioteca municipal con quince o veinte mil volúmenes bien escogidos. Cuando empezamos nosotros a crear, no había, ni en la capital, una sola biblioteca moderna bien servida” José Vasconcelos, El desastre, “Las bibliotecas”).

 Según Sametz (p.110), al 31 de diciembre de 1923, Vasconcelos había creado 1,916 bibliotecas con 182,514 volúmenes. Parece mucho, pero son 95 volúmenes por biblioteca. Tal vez fue la dotación inicial. Sin embargo, no hubo continuidad. Medio siglo después, las bibliotecas seguían sin libros.

 Las bibliotecas universitarias fueron las primeras en mejorar, gracias a la derrama caudalosa que el presidente Luis Echeverría (1970-1976) dirigió a las universidades, foco del movimiento estudiantil de 1968. Según los anuarios de la UNESCO, pasaron de 1.5 millones de volúmenes (1973) a 2.6 (1980) a 14 (1996); en buena parte, porque las instituciones de enseñanza superior se multiplicaron: de 190 (1973) a 257 (1980) a 1,187 (1996). El promedio de volúmenes por institución siguió siendo bajo, pero subió se 7,895 (1973) a 10,117 (1980) a 11,794 (1996). Es de suponerse que la cifra ha mejorado, pero la UNESCO dejó de publicar sus anuarios y ahora nadie hace el recuento.

 La Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Enseñanza Superior (ANUIES) debería incluir en las encuestas a sus agremiados preguntas sobre sus bibliotecas. La UNAM tiene cuando menos 88 y, encargando a una persona que llamara a cada una, llegué a una estimación de ocho millones de volúmenes en 2011: la Biblioteca Nacional (2.6 millones), la Biblioteca Central (0.5), la de Consulta Especializada (0.5), diez con acervos de 100,000 a 300,000 (que suman 2.4 millones) y 75 menores (2.1).

 En el sexenio de José López Portillo (1976-1982), las bibliotecas públicas empezaron a mejorar, gracias a que el secretario de Educación Pública Frenando Solana las puso en una dirección aparte. José Vasconcelos había creado la dirección de bibliotecas como adjunta a la de publicaciones; y estaba desatendida, porque publicar luce más. Las bibliotecas públicas recibieron un impulso notable, sostenido varios sexenios por Ana María Magaloni.

 En el de Miguel de la Madrid (1982-1988) se crearon 2,222 bibliotecas públicas con un acervo promedio de 4,200 volúmenes (Sexto informe de gobierno, Informe complementario, p.93).

 En el de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) se creó el Consejo para la Cultura y las Artes, a donde pasó la dirección de bibliotecas de la SEP. Rafael Tovar y de Teresa estuvo a cargo del Conaculta de 1992 a 2001 y dejó 2,349 bibliotecas más, así como un Programa Nacional de Lectura (Wikipedia).

 En el sexenio de Vicente Fox (2000-2006) hubo, por primera vez, un programa importante de compra de libros. El presupuesto de arranque  en 2002 para las bibliotecas de las escuelas primarias fue de $500 millones. Las bibliotecas escolares empezaron a mejorar y se crearon las bibliotecas de aula, una en cada salón de clase. Además, se construyó la megabiblioteca Vasconcelos, un proyecto de Sari Bermúdez digno de imitarse en otras ciudades.

 En el Felipe Calderón (2006-2012) continuó la expansión: la compra de libros se extendió a las secundarias y escuelas preescolares, aunque con presupuestos reducidos ($100 millones anuales). Consuelo Sáizar  consolidó el Programa Nacional Salas de Lectura y enriqueció la Biblioteca México con un conjunto excepcional de bibliotecas particulares, como la de José Luis Martínez. Tradicionalmente, las buenas bibliotecas particulares se vendían a los Estados Unidos o se descremaban y dispersaban.

 La Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Las bibliotecas escolares en México: Un diagnóstico desde la comunidad escolar, 7 de julio de 2011, tabla 8), señala que las bibliotecas escolares tenían 321 volúmenes.

 Según David Acevedo Santiago, director de Bibliotecas y Promoción de la Lectura de la SEP, la meta es que cada aula tenga “entre 110 y 120 libros desde el primer  grado de preescolar hasta el tercero de secundaria”; y que las bibliotecas escolares tengan 300 libros en los planteles preescolares, 650 en las primarias y 670 en las secundarias (Yanet Aguilar Sosa, “Diez años de recortes para libros en las escuelas”, El Universal, 11 de junio de 2012).

 La Secretaria de Hacienda y Crédito Público (Cuenta pública, resultados generales, educación, 2006, 2009, 2010), apunta que había 198,915 planteles de educación básica en 2010. Suponiendo el mismo número de bibliotecas escolares y multiplicándolo por 321, son 64 millones de volúmenes en total. Había 851,000 bibliotecas de aula en 2006 (o sea 4.3 por plantel), con 85 volúmenes cada una; o sea 72 millones. Había 7,296 bibliotecas públicas con 36.5 millones de volúmenes en 2009; o sea 5,000 en promedio.

 La suma de 172.5 millones de volúmenes (entre públicas, escolares y de aula) es una avance notable. Pero no hay que perder de vista el horizonte comparativo. Según el Institute of Museum and Library Service (Public libraries survey: Fiscal year 2009, octubre 2011), en los Estados Unidos había 9,225 bibliotecas públicas (no muchas más que en México); pero tenían 816 millones de volúmenes (88,455 por biblioteca), 53 millones de discos (5,745 por biblioteca), 51 millones de videos (5,528 por biblioteca) y 1.7 millones de suscripciones a publicaciones impresas (184 por biblioteca).

 Además para completar el sistema bibliotecario, hacen falta más bibliotecas de proximidad: de barrio de peluquería, de lugar de trabajo, de transporte público, de hospitales, asilos y prisiones. También hacen falta bibliotecas de México en las grandes ciudades de otros países. Y, en apoyo de todas las bibliotecas físicas, hace falta una gran biblioteca digital.

 1. Situación en 1970-1974. Según el Statistical yearbook 1975 de la UNESCO, había los siguientes millones de volúmenes en las bibliotecas universitarias de cada país.

Estados Unidos (1972)                    407
Alemania (1974)                            106
Japón (1974)                                   82
Italia (1974)                                    55
Canadá (1971)                                28
Polonia (1971)                                 23
Brasil (1971)                                     6.4
España (1974)                                   5.1
Argentina (1974)                                2.1
Puerto Rico (1972)                             1.6
México (1973)                                   1.5

Las cifras son peores si se relacionan con la población. En Puerto Rico, había 54 volúmenes por cada cien habitantes; en México, 3.

 En la página 619 del Statistical yearbook 1970 de la UNESCO aparece un renglón que concuerda con el presupuesto anual para bibliotecas de la Secretaría de Educación Pública, pero con desglose útil: el gasto en adquisición de libros. ¡Millón y medio de pesos! Tres centavos por habitante. Menos de la quinta parte de lo que aporta México al sostenimiento de la UNESCO. Poco más de un céntimo de céntimo del presupuesto de la SEP.

 Como era increíble, hice una encuesta telefónica con una sola pregunta: ¿cuánto les compró la SEP en 1971? Los resultados fueron los siguientes.

 Ediciones Era: nada.

Editorial Diana: nada.

Editorial Extemporáneos: nada.

Editorial Grijalbo: nada.

Editorial Joaquín Mortiz: nada.

Editorial Nuestro Tiempo: nada.

Editorial Técnica: nada.

Prensa Médica Mexicana: nada.

Organización Editorial Novaro: nada.

Siglo XXI Editores: nada.

 A partir del Directorio de Bibliotecas de la República Mexicana (cuarta edición, 1970) de la SEP, construí las siguientes tablas.

Estado Bibliotecaspúblicas Volúmenes(miles) Volúmenes(promedio)
Aguascalientes 10 21 2,100
Baja California 37 82 2,216
Campeche 14 34 2,428
Coahuila 41 115 2,804
Colima 5 8 1,600
Chiapas 52 63 1,211
Chihuahua 30 82 2,733
Durango 38 44 1,157
Guanajuato 53 157 2,962
Guerrero 44 44 1,000
Hidalgo 27 32 1,185
Jalisco 73 428 5,863
México 47 95 2,021
Michoacán 69 163 2,362
Morelos 20 35 1,750
Nayarit 12 16 1,333
Nuevo León 66 277 4,196
Oaxaca 298 117 393
Puebla 110 172 1,563
Querétaro 16 46 2,875
Quintana Roo 3 4 1,333
San Luis Potosí 30 66 2,200
Sinaloa 20 68 3,400
Sonora 51 124 2,431
Tabasco 37 41 1,108
Tamaulipas 41 66 1,609
Tlaxcala 14 23 1,642
Veracruz 113 221 1,661
Yucatán 33 90 2,727
Zacatecas 34 70 2,058
       
Estados 1,459 2,804 1,924
Distrito Federal 301 3,780 12,558
       
Total  1970 1,759 6,584 3,744
Total  2009 7, 296 36,500 5,003

Número de bibliotecas por acervo en 1970:

Menos de mil volúmenes    894   55%
Algunos miles de volúmenes    616   38%
Diez mil volúmenes o más    112     7%
Total de las que hubo cifras 1,622 100%

Había 32 bibliotecas con menos de 50 volúmenes en 1970, por ejemplo:

Nombre Localidad Volúmenes
¡Bienvenido Chamizal! Molcaxac, Puebla 49
Plan de Once Años Chicomuselo, Chiapas       43
Vicente Riva Palacio Acuitzio, Michoacán       40
municipal Cosautlán, Veracruz       38
Lic. Benito Juárez Cuauhtémoc, Edomex.       35
Hermenegildo Galeana El Salto, Durango       32
Ignacio Allende Cruces, San Luis Potosí 30
Benito Juárez Tlapancingo, Oaxaca       24

El 31 de mayo del 2012, mi secretaria localizó el único teléfono de San Francisco Tlapancingo, Oaxaca. El encargado  de la caseta le informó que la biblioteca sigue ahí, pero está cerrada desde 2010, y que no sabe cuantos ejemplares tiene. Quizá los mismos 24.

 Muchas bibliotecas son simbólicas: locales donde se pone un rótulo y un montoncito de libros. Llegan noticias del Chamizal, reintegrado a la patria. La bienvenida en Molcaxac queda para la historia. ¿y aquel grandioso Plan de Once Años de la SEP? No llegó a nada, pero su memoria quedó en Chicomuselo, Chiapas, ¿y la Reforma Educativa, por la cual todavía se clama? ¡Gente de poca fe! Tarde o temprano, en algún pueblo remoto, nos la van a dejar inauguradita, con veintitantos volúmenes.

 Tener bibliotecas públicas sin libros no se explica por falta de dinero (cuestan más los locales), sino de sentido común. En “Pidiendo para libros” (Plural 18), propuse destinar el 1% del presupuesto de la SEP a la compra de libros. En aquel año (1973), habrían sido $145 millones; en 2012, serían $2,518 millones. Estábamos y seguimos lejos del 1%.

 Desgraciadamente, las bibliotecas generan noticias y producen bonos políticos una sola vez: cuando se inauguran. Nadie se adorna políticamente por el mero hecho de que una biblioteca mejore el servicio a miles de personas.

 2. Bibliotecas de barrio. La oferta cultural de la ciudad de México es la mayor del país, pero no llega a todas las familias. Para distribuirla mejor, hacen falta puntos de difusión en las colonias de medianos y menores ingresos; algo así como “casas de cultura” caseras, limitadas a la animación mediante el préstamo de libros, discos y devedés.

Abundan las señoras que venden Avon y Stanhome en su casa, el sistema de promoción por redes de contactos personales puede extenderse a la promoción de la lectura. De niño conocí a una señora que alquilaba novelas. En su casa tenía miles que había leído, y que le platicaba al lector. Su clientela era asidua: volvía cada dos o tres semanas para dejar una novela y llevarse otra. Conocía a sus lectores, les preguntaba su opinión sobre lo que habían leído y, según sus gustos, les recomendaba otras. Dejaban un depósito y pagaban por semana de préstamo.

 Seguramente en muchas colonias hay personas como aquella señora; por ejemplo: maestras jubiladas. Lo esencial es que sean de las que leen libros por el simple gusto de leerlos y platicarlos. Habría que prestarles en comodato un librero y el acervo básico de un millar de libros, discos, devedés, suplementado con un acervo básico de un centenar de novedades mensuales. Las novedades estarían un mes en una casa y pasarían a otra.

 No recibirían sueldo, sino el derecho de prestar (haciéndose responsables) y cobrar (quedándose con todo, sin expedir recibos ni pagar impuestos). También el derecho de vender, pagando el costo; que pagarían también por el material faltante.

 El acervo básico de libros estaría tomado de colecciones tales como Cien de México y Cien del Mundo (Conaculta), Colección Literaria Universal (Editores Unidos Mexicanos), Colección Popular (Fondo de Cultura Económica), Sepan Cuantos (Porrúa), Biblioteca del Estudiante Universitario y Nuestros Clásicos (UNAM).

 Además, habría directorios telefónicos, diccionarios, atlas y libros prácticos de cocina, nutrición, salud, primeros auxilios, costura, reparaciones eléctricas, plomería, trámites legales, etc. También videos  prácticos y culturales, así como discos compactos de música clásica (únicamente, porque los otros videos y discos están bien distribuidos). Cada año recibirían una dotación gratuita  de volantes (con su nombre, dirección, teléfono, horario y todos los servicios disponibles) para distribuirlos en las casas cercanas.

 La idea puede extenderse a las peluquerías, salones de belleza y estéticas. De hecho, son centro de conversación y hemerotecas de revistas, mientras se espera o se recibe el servicio. Pero pudieran ser también pequeñas bibliotecas, para leer ahí o llevarse un libro en préstamo, pagando un alquiler.

 También puede extenderse, con algunas complicaciones, a las estaciones del Metro y las centrales de autobuses. No confundir con la idea de editar libros para regalar en el Metro (que pone énfasis en la publicación y luce más políticamente, pero es efímera). En el Metro de Tokio, según me cuenta Aurelio Asian, se puede tomar prestado un libro en una estación y dejarlo en otra o llevárselo. Los libreros se surten con donativos de los mismos lectores, que no tienen que registrarse, ni firmar. No hay personal que los atienda. Son, de hecho libreros abiertos que están ahí para el intercambio de libros de segunda mano. Es de suponerse que hubo una dotación inicial para el arranque.

 Brasil tiene un programa de bibliotecas en las prisiones, al que añadió recientemente un incentivo: cuatro días menos de cárcel por cada libro leído y resumido (por escrito) en el curso de un mes (El País, “Libros para ser libres”, 30 de junio de 2012).

 Hay dos programas voluntarios con apoyo oficial que desarrollan muchas de las oportunidades señaladas. Alejandro Aura creó en 1998 el sistema de Libroclubes del gobierno del Distrito Federal, que ha llegado a tener un millar de clubes (www.cultura.df.gob.mx/libroclub). Conaculta tiene un Programa Nacional de Salas de Lectura para todo el país, con un concepto muy flexible de “sala”: locales amueblados, espacios caseros o improvisados, bicicletas habilitadas, autobuses habilitados, parabuses (www.salasdelectura.conaculta.gob.mx). Los acervos varían, pero el promedio para las 4,368 “salas” es de 150 volúmenes.

 3. Bibliotecas internacionales. En muchas ciudades del mundo existe una Biblioteca Frankiln, con libros editados en los Estados Unidos de autor norteamericano. Presentan la mundo un rostro amable y servicial contra la imagen negativa del país. A México le convendría desarrollar una red semejante, en los Estados Unidos y otros países de habla española.

 Una variante comercial de esta idea sería desarrollar una red de salas de exhibición, consulta y pedido de libros mexicanos en venta, incluso dentro del país. No hay un lugar donde se puedan ver todos. ¿Cuánto costaría montar una exposición muestrario biblioteca con un ejemplar de cada título en las ciudades mexicanas con más de un millón de habitantes y en veinte ciudades como Los Ángeles, Nueva York, Buenos Aires, Madrid?

 4. Bibliotecas digitales. Desde que Michael Hart inició Project Gtenberg en 1971, como un proyecto de voluntarios apoyado por la Universidad Benedictina de Chicago, muchos otros proyectos conmayores recursos, especialmente Google Books, van hacia la integración de una biblioteca digital mundial. México puede contribuir a esa meta con un proyecto modesto, pero de gran utilidad: digitalizar todos los libros publicados en México hasta 1900. son unos 20,000 desde el siglo XVI: la milésima parte de los veinte millones que ya están disponibles en Google Books, entre los cuales hay muchos aprovechables para el proyecto mexicano. Hay un embrión en la Biblioteca Digital Mexicana (http://bdmx.mx) de conaculta, que está empezando por lo más difícil: digitalizar los códices.

 La manera más barata de enriquecer todas la bibliotecas públicas es dando acceso a la consulta electrónica de libros de menor demanda. Así el acervo físico se reduciría a los de mayor demanda., que son pocos.

Letras Libres, agosto de 2012.

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einstein

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Los verdaderos dueños de la lengua no son los académicos ni los escritores, sino   quienes la hablan

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Cuando nombramos tres lenguas como el Latín, el Español y el Inglés, hablamos de tres momentos distintos de la historia de la humanidad, es cierto, pero las tres guardan similitudes porque en su época fueron cada una la lengua dominante, la lengua del imperio.

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La historia de las más diversas civilizaciones, nos muestra que cuando se expanden conquistan territorios y pueblos e imponen sus costumbres y lengua, esto ha sido así con el paso de los siglos, fueron tres imperios los que han marcado más firmemente nuestra historia particular.

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En la antigüedad Roma modificó para siempre el destino de la humanidad, al conquistar Europa y partes sustanciales de Asia y África, impuso el Latín y su avanzada  civilización, y posibilitó la aparición de las lenguas romances que se derivaron  del latín: Español, Francés, Portugués, Italiano, Rumano etc.

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Con el llamado Encuentro de Dos Mundos, los españoles imponen a sangre y fuego su lengua y civilización, en el enorme territorio de nuestro continente, ahora 500 años después, el español es lengua propia, materna, nuestra gran herramienta de expresión y comunicación, ahora es nuestra, porque nosotros los habitantes de los países Latinoamericanos, somos la inmensa mayoría de sus hablantes, España sólo representa el 10% parlante y las reglas para hablar el idioma, ya no se dictan más en la vieja metrópoli;  el crecimiento del castellano, su importancia e  influencia continuarán en el siglo XXI, en la actualidad se habla en todos los continentes y llegará a ser pronto la segunda lengua del mundo.

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El idioma español tiene varias fortalezas, como la de ser hablado por todo un continente, su unidad lingüística y su gran diversidad nos permite entendernos con facilidad; una de sus debilidades es, que no se crean los términos y las palabras  necesarias para nombrar todos los inventos y adelantos científicos, los tomamos del inglés, de diversas fuentes y los acomodamos como mejor nos funcionan, por ejemplo, en México la llamamos computadora, en Colombia y Argentina computador y en España ordenador.

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Tenemos que dejar de ser reduccionistas, dejar de utilizar nuestro manejo del español, mezclándolo con unas cuantas palabras en inglés, dejar de lastimar nuestra lengua y de paso la otra, olvidarnos de los “prestigios” mal entendidos, de quienes como cosa de vanguardia, utilizan términos técnicos mal trasladados de un idioma a otro, a la menor provocación.

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Para defender nuestro idioma que es defendernos a nosotros mismos, necesitamos dejar de deformar el idioma español, dejar el espanglish y aprender bien los dos idiomas, el español y el inglés, todos saldremos ganado, quien lo haga, como ya sabemos, expande su horizonte de posibilidades laborales y académicas y aumenta la creatividad colectiva.

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La enorme vitalidad del español frente al inglés, la podemos ver en lo que ocurre hoy en Estados Unidos, una nación de inmigrantes de todas partes del mundo, que olvidaron y perdieron  su lengua materna frente al inglés, algo que no sucede con el español, EUA será inevitablemente una nación bilingüe nos dicen los especialistas, de hecho para el año 2050 tendrá el mayor número de hispanohablantes del mundo, desplazando a México en ese rubro, ya que las proyecciones demográficas hablan de un  correcto decremento en nuestra población.

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La actitud más sana como bien suponemos, es interesarnos por nuestra lengua respetándola y al mismo tiempo interesarnos por otros idiomas, como el alemán, el francés, el chino, el ruso, el árabe, el coreano, habladas por cientos de millones de personas.

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Dejar el tradicional complejo de inferioridad es algo bastante bueno, ya que la balanza histórica tiende a nivelarse conforme pasan las generaciones, la desigualdad que si bien es material, también es psicológica, y se reduce facilitándole a nuestros jóvenes el arribo a su oportunidad y momento histórico en mejores condiciones.

(JAL)

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Mucho se ha hablado de los cómics en las bibliotecas, pero poco de las bibliotecas en los cómics.

Esta pequeña entrada es sólo una muestra de cómo las bibliotecas y/o los bibliotecarios son representados en el noveno arte. Sólo pondré un par de ejemplos, ¡aunque hay muchos más!

1. Bibliotecas en la época victoriana: Emma Victorian Romance

Kaoru Mori recrea en sus páginas el Londres Victoriano de finales del siglo XIX. En uno de sus capítulos, el joven de la casa se dirige a la biblioteca con un amigo recién llegado de la India.

Una de las cosas que sorprenden al recién llegado es un edificio donde no para de salir y entrar gente. Lleno de curiosidad, decide dar un paso hacia dentro.

Dentro se encuentran a Emma, amiga del primero, realizando un préstamo con su tarjeta de socia.

La escena de la biblioteca dura un par de páginas más, y el joven indio descubre que también hay una sección de “libros para adultos” (aunque, recordemos, estamos en la época victoriana y mucho tampoco se ve;-D)

2. Craig Thompson: un autor, dos bibliotecas

Craig Thompson (1975- ) es un autor estadounidense al que parece que le gustan las bibliotecas:

Bibliotecas y cómics: Blankets

La primera vez que visité la biblioteca pública, me sentí como un niño en una tienda de golosinas en donde era todo gratis – ¡Puedo leer cualquier libro que quiera!

En este caso la biblioteca aparece en Blankets (2003), y el protagonista descubre las bibliotecas públicas por primera vez.

Al cabo de unos años (2011) Thompson publica Habibi. Tampoco se olvida de las bibliotecas:

Bibliotecas y cómics: Habibi (1)

Y por desgracia nuestra, tampoco se olvida de los bibliotecarios:

Bibliotecas y cómics: Habibi (2)

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 Biblioteca de Stuttgart (Alemania)

Biblioteca Vasconcelos (México)

 

Biblioteca Sandro Penna (Italia)

 

Biblioteca parque España (Colombia)

 

Biblioteca pública de Seattle (EEUU)

Biblioteca nacional de Praga (República Checa)

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En la actualidad se está viviendo una de las mayores transformaciones que ha experimentado el mercado editorial en décadas, tal vez siglos. La imprenta está quedando poco a poco obsoleta. Hasta la fecha, los libros habían quedado al margen de la profunda metamorfosis que han vivido los sectores de la música y el vídeo desde el auge de Internet.

Ahora, sin embargo, una nueva generación de lectores electrónicos -más delgados, más portátiles, más cómodos de leer- ha revolucionado el mercado. Amazon, líder con su Kindle 3, ha incluido recientemente en sus servicios el préstamo de libros. Otros aparatos, como los que usan el software para tabletas de Apple y Google, han optado por aliarse con las bibliotecas públicas. Son viejos servicios, prestados a través de nuevos medios.

Las empresas están probando nuevas iniciativas que le eviten al sector editorial una sangría como la que vive el mundo de la música. Amazon ha probado con el préstamo: el propietario de un libro puede cederle a alguien el documento, en el formato azw, propio del Kindle, durante un máximo de 14 días.

El libro desaparece del aparato del prestamista y aparece en el del prestatario de forma temporal, para luego regresar a su alojamiento original. El resto de plataformas permiten el préstamo, además, por parte de bibliotecas públicas. La empresa norteamericana OverDrive ha diseñado un programa que deja a esas instituciones pagar una licencia y prestar los títulos como si fueran libros físicos.

Ese sistema de préstamos, implantado en diversas ciudades norteamericanas, es compatible con el iPad de Apple, la plataforma Android de Google y los lectores de Barnes & Noble, Sony y Kobo.

Con OverDrive se acabó el tener que acudir a la biblioteca a elegir libros. Se puede hacer desde el propio aparato con una conexión a la Red. Tampoco habrá más multas por retraso.
Pasado un periodo de 14 a 21 días, el título desaparece y regresa a los servidores de la biblioteca de la que ha sido alquilado. El sistema de bibliotecas públicas de Washington ofrece ya al público 25.000 títulos en préstamo, una cifra que va en aumento.

Con OverDrive tampoco es imprescindible el lector electrónico, ya que el libro se puede descargar en teléfonos y portátiles. Más de 13.000 colegios y bibliotecas emplean el sistema en Canadá y Estados Unidos. Para ello, el usuario debe descargar una aplicaciónen su aparato (ya lo han hecho más de 100.000 personas) e identificarse como socio de la biblioteca.

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El 29 de abril de 1986 se incendió buena parte del Archivo Central de la Biblioteca Pública de Los Ángeles y se destruyeron centenares de miles de volúmenes. Charles Bukowski, al enterarse de la noticia, escribió el siguiente poema:

.

El incendio de un sueño

.

La vieja biblioteca pública de Los Ángeles

ha sido destruida por las llamas,

con aquella biblioteca del centro

con ella se fue gran parte de mi

juventud.

Estaba sentado en uno de aquellos bancos

de piedra cuando mi amigo

Baldy me

preguntó:

“¿vas a alistarte en

la brigada

Abraham Lincoln?”

“claro”, contesté yo.

Pero, al darme cuenta de que yo no era

un idealista político ni un intelectual

renegué de aquella

decisión

más tarde.

Yo era un lector

entonces

que iba de una sala a

otra: literatura, filosofía,

religión, incluso medicina

y geología.

Muy pronto

decidí ser escritor,

pensaba que sería la salida

más fácil

y los grandes novelistas no me parecían

demasiado difíciles.

tenía más problemas con

Hegel y con Kant.

Lo que me fastidiaba

de todos ellos

es que

les llevara tanto

lograr decir algo

lúcido y\

o

interesante.

yo creía

que en eso

los sobrepasaba a todos

entonces.

Descubrí dos

cosas:

a)     que la mayoría de los editores creían que

todo lo que era aburrido era profundo

b)       que yo pasaría décadas enteras

viviendo y escribiendo

antes de poder

plasmar

una frase que

se aproximara un poco

a lo que quería

decir.

Entretanto

mientras otros iban a la caza de

damas,

yo iba a la caza de viejos

libros,

era un bibliófilo, pero

desencantado, y eso

y el mundo

configuraron mi carácter.

Vivía en una cabaña de contrachapado

detrás de una pensión de 3 dólares y medio

a la semana

sintiéndome un

Chatterton

metido dentro de una especie de

Thomas

Wolfe.

Mi principal problema eran

los sellos, los sobres, el papel

Y

el vino,

mientras el mundo estaba al borde

de la Segunda Guerra Mundial,

todavía no me había

atrapado lo femenino, era virgen

y escribía entre 3 y

5 relatos por semana

y todos

me los devolvían, rechazados por

el New Yorker, el Harper’s

el Atlantic Monthly.

había leído que

Ford Madox Ford solía empapelar

el cuarto de baño

con las notas que recibía rechazando sus obras

pero yo no tenía

cuarto de baño, así que las amontonaba

en un cajón

y cuando estaba tan lleno

que apenas podía

abrirlo

sacaba todas las notas de rechazo

y las tiraba

junto con los

relatos.

La vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles

seguía siendo

mi hogar y el hogar de muchos otros

vagabundos.

discretamente utilizábamos los

aseos y a los únicos que echaban de allí

era a los que se quedaban dormidos en las

mesas

de la biblioteca; nadie ronca como un

vagabundo

a menos que sea alguien con quien estás

casado.

Bueno, yo no era realmente un

vagabundo, yo tenía tarjeta de la biblioteca

y sacaba y devolvía

libros, montones de libros,

siempre hasta el

límite

de lo permitido: Aldous Huxley, D. H. Lawrence,

e. e. Cummings, Conrad Aiken, Fiódor

Dos, dos Passos, Turguénev, Gorki,

H. D., Freddy Nietzsche,

Schopenhauer,

Steinbeck,

Hemingway, etc.

siempre esperaba que la bibliotecaria

me dijera: “qué buen gusto tiene usted

joven.”

pero la vieja

puta

ni siquiera sabía quién era ella,

cómo iba a saber

quién era yo.

Pero aquellos estantes contenían

un enorme tesoro: me permitieron

descubrir

a los poetas chinos antiguos como Tu Fe y Li Po

que son capaces de decir en un

verso más que la mayoría en

treinta o

incluso cientos.

Sherwood Anderson debe de haberlos

leído

también.

También solía sacar y devolver

los Cantos

y Ezra me ayudó

a fortalecer los brazos si no

el cerebro.

Maravilloso lugar

la Biblioteca Pública de Los Ángeles

fue un hogar para alguien que había tenido

un

hogar

infernal

Arroyos demasiado anchos para saltarlos

Lejos del mundanal ruido

Contrapunto

El corazón es un cazador solitario

James Thurber

John Fante

Rabelais

de Maupassant

Algunos no me

decían nada: Shakespeare, G.B. Shaw,

Tolstoi, Robert Frost, F. Scott

Fitzgerald

Upton Sinclair me llegaba

más

que Sinclair Lewis

y consideraba a Gogol y a

Dreiser tontos

de remate

Pero tales juicios provenían más

del modo en que un hombre

se ve obligado a vivir

que de su razón.

La vieja Biblioteca Pública de Los Angeles

muy probablemente evitó

que me convirtiera en un

suicida,

un ladrón

de bancos,

un tipo

que pega a su mujer,

un carnicero o

un motorista de la policía

y, aunque reconozco que

puede que alguno sea estupendo,

gracias a mi buena suerte

y al camino que tenía que recorrer,

aquella biblioteca estaba

allí cuando yo era

joven y buscaba

algo

a lo que aterrarme

y no parecía que hubiera

mucho.

y cuando abrí el

periódico

y leí la noticia sobre el incendio

que había destruido la

biblioteca y la mayor parte de

lo que en ella había

le dije a mi mujer: “yo solía pasar

horas y horas

allí…”

El oficial prusiano

El atrevido muchacho del trapecio

Tener y no tener

No puedes retornar a tu hogar.

 

 

Revista Biblioteca de México, número 73-74

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El 12 de diciembre de 1933, dos barcos de vapor, el Hermia y el Jessica, remontaron el río Elba con un cargamento de 531 cajas. Abandonaban el puerto de Hamburgo con el propósito de dirigirse a los muelles del Támesis, en Londres. En las cajas, además de miles de fotografías y diapositivas, estaban depositados 60.000 libros. En principio, se trataba de un préstamo que debía prolongarse a lo largo de tres años. La realidad es que los libros ya no emprendieron el viaje de regreso a su lugar de origen, consumándose, así, el traslado definitivo, desde Alemania a Inglaterra, de la Biblioteca Warburg, una de las empresas culturales más fascinantes del siglo pasado y quizá la que resulta más enigmática desde un punto de vista bibliófilo.

Como estamos mucho más habituados a las imágenes de libros en las hogueras, resulta difícil de imaginar el proceso contrario: la salvación de una gran biblioteca del acecho de las llamas. La de Alejandría fue incendiada varias veces, y tenemos abundantes noticias sobre quema de libros en cualquier época sometida al fanatismo, hasta el pasado más reciente. Por eso llama la atención lo ocurrido con la Biblioteca Warburg. Curiosamente, todo fue muy rápido, pese a que las negociaciones secretas entre los alemanes y británicos implicados en el plan de salvación de la biblioteca fueron largas y laboriosas.

A principios de 1933, Hitler alcanzó el poder, y a finales de ese mismo año los volúmenes que Aby Warburg había reunido en el transcurso de cuatro décadas ya se encontraban en su nueva morada londinense. Los acontecimientos se  precipitaron, sometidos al vértigo sin precedentes de un periodo que culminaría en el mayor desastre de la historia. Los continuadores de la obra de Aby Warburg -pues este había fallecido un lustro antes- pronto advierten que será imposible proseguir con su labor bajo la vigilancia nazi. En consecuencia, empiezan los contactos destinados al traslado. Primero se piensa en la Universidad de Leiden, en los Países Bajos, donde escasean los fondos para el futuro mantenimiento. Después, en Italia, el lugar más adecuado de acuerdo con el contenido de la biblioteca, pero el menos fiable tras el largo Gobierno de Mussolini. Finalmente, se impone la opción británica. Eric M. Warburg, hermano de Aby, escribió una crónica pormenorizada de las negociaciones que, como apéndice, se incluye en el recién publicado texto de Salvatore Settis Warburg Continuatus. Descripción de una biblioteca (Ediciones de la Central y Museo Reina Sofía). El relato nos introduce en una trama de alta intriga.

¿Por qué era tan singular la Biblioteca Warburg? Es difícil obtener una respuesta unívoca. De la lectura del libro de Salvatore Settis, así como de la del también reciente y muy recomendable ensayo de J. F. Yvars Imágenes cifradas (Elba), se desprende una suerte de paisaje de círculos concéntricos según el cual la misteriosa personalidad de Aby Warburg abrazaría la estructura de su biblioteca, del mismo modo en que los hilos de la telaraña no pueden comprenderse sin el instinto constructor del propio insecto. También las explicaciones, ya clásicas, de Fritz Saxl, Ernst Cassirer, Erwin Panofsky o E. H. Gombrich sobre el maestro de Hamburgo apuntan en la misma dirección.

Lo que podríamos denominar el caso Warburg se refiere a un hombre que dedicó su vida a la formación de una biblioteca que, con el tiempo, sería muchos mundos al unísono: un edificio, construido en Hamburgo por el arquitecto Fritz Schumacher, que debía inspirarse en la elipse orbital de Kepler; un laberinto que atrapaba al visitante, según Cassirer; una colección organizada de acuerdo con criterios sutiles y completamente heterodoxos, todavía no enteramente dilucidados; un polo espiritual que magnetizaba a cuantos se acercaban y que daría lugar, primero en Alemania y luego -postumamente respecto al fundador- en Reino Unido, a la más prestigiosa tradición contemporánea en el territorio de la Historia del Arte.

En el centro de la telaraña, el hombre, Aby Warburg, continúa siendo un misterio, alguien mucho más evocado que leído, a pesar de que últimamente crece la edición de sus escritos, incluido su crucial Atlas Mnemosyne (Editorial Akal), comparado, con razón, por Yvars con el Libro de los pasajes de Walter Benjamin. De Aby Warburg siempre se recuerdan dos circunstancias que acotan su trayectoria vital. De sus últimos años se saca a colación la enfermedad nerviosa que motivó su internamiento en un sanatorio y, en el otro extremo de su biografía, se alude al adolescente que, en un gesto bíblico, renunció a su primogenitura en el seno de una familia de la gran burguesía hamburguesa a condición de que, en el futuro, siempre dispusiera de los fondos necesarios para adquirir cuantos libros quisiera. A los 13 años, la edad en que se produjo esa renuncia, Aby parecía haber adivinado ya sus dos pasiones futuras: coleccionar libros y organizar de manera revolucionaria su colección. El resultado fue, sobre todo después de la construcción del edificio que obedecía a sus innovadores criterios, una biblioteca radicalmente distinta a las demás.

Las estanterías de la Biblioteca Warburg reunían volúmenes que guardaban entre sí “afinidades electivas”, lo cual suponía extraños alineamientos de arte, medicina, filosofía, astrología o ciencias naturales alrededor de unas imágenes simbólicas que, aisladas en cada especialidad, perdían su fuerza genealógica. Así, por ejemplo, y para el horror de los historiadores ortodoxos, en los paneles del Atlas Mnemosyne Warburg juntaba motivos alegóricos, fragmentos de cuadros, emblemas esotéricos, fórmulas matemáticas o grabados sobre la circulación sanguínea en un solo plano de múltiples relaciones., Gracias a esas “afinidades electivas”, el historiador podía excavar el pasado a través de múltiples túneles que se iban entrecruzando en el subsuelo de la memoria (Mnemosyne era el frontispicio que presidía la Biblioteca Warburg). Esta idea, susceptible de ser aplicada a toda la historia de la cultura, era particularmente importante al tratar de identificar las fuentes antiguas del arte renacentista, como demostró el mismo Aby Warburg con sus extraordinarias radiografías de El nacimiento de Venus y La Primavera de Botticelli. Sus discípulos experimentaron pronto que su biblioteca, lejos de ser un archivo inerte, era un organismo vivo que trasladaba a la imaginación por diversas islas del conocimiento.

Lo que los dos barcos de vapor transportaban aquella gélida mañana de diciembre de1933 no eran solo miles de libros cuidadosamente escogidos a lo largo de décadas, sino la semilla de una sabiduría singular que daría frutos magníficos. Parece que la decisión del municipio de Hamburgo de prestar por tres años la Biblioteca Warburg irritó sobremanera a la Cancillería del Reich en Berlín. Empezaban las hogueras por todas partes y, desde luego, era escandaloso que se hubieran escapado sigilosamente 60.000 posibles víctimas.

El País, 29/01/11

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