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Los números de 2012

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2012 de este blog.

Aquí hay un extracto:

19,000 people fit into the new Barclays Center to see Jay-Z perform. This blog was viewed about 160.000 times in 2012. If it were a concert at the Barclays Center, it would take about 8 sold-out performances for that many people to see it.

Haz click para ver el reporte completo.

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Internet mantiene en contacto de manera vertiginosa a millones de personas, a las que educa, informa, desinforma, deforma, vigila, censura, divulga, organiza y entretiene. Una cantidad inimaginable de contenidos infinitamente diversos son vistos, leídos y escuchados en todo el mundo de manera cotidiana.

Una red inmensa que cubre el planeta y que se amplía día a día con capacidad para contener un número infinito de direcciones, que a través de “la nube”, es decir, de los recursos de hardware y software que ofrece internet, una persona puede almacenar y tener disponible su información de forma sencilla desde cualquier lugar del mundo.  

Como todas las herramientas, a internet se le puede utilizar para bien y para mal. Hay intentos por limitarla y regularla incluso en las democracias liberales y una franca censura en países totalitarios, aunque la red es tan vasta, intrincada y generosa que siempre hay resquicios por los cuales se filtran las palabras, las ideas, las imágenes.

Replicante  http://revistareplicante.com/ una de las revistas culturales mexicanas más leídas en México y América Latina, publica en septiembre sobre este tema una serie de inteligentes artículos. A manera de difusión compartimos dos  de ellos, escritos por conocidos especialistas.

 

 

El futuro de Internet (II)

 

Naief  Yehya

    La revolución digital no ha terminado y cada día sorprende con nuevos inventos y desarrollos, como el espejo computarizado y conectado siempre a la red. Internet es una cuarentona, segura de sí misma, autosuficiente, golosa, vociferante, sabia, práctica, políglota, curiosa y a la vez extraordinariamente flexible. Su presencia en nuestras vidas es apabullante y absorbente. Nos entregamos a ella confiados y seguros. La experiencia casi siempre es satisfactoria. Aunque, como suele sucedernos cuando cruzamos esa edad, internet ha dejado de parecer sexy y no importa que nos ofrezca inmensas cantidades de pornografía ni que nos prometa una vida social e interactiva rica y fabulosa. La realidad es que ya no sentimos lo mismo al acercarnos a ella.

La novedad de la banda ancha y el wi-fi, que sin duda nos han cambiado la vida, se siente hoy como algo completamente asimilado, tan indispensable como la sal. Es fácil perder de vista un tiempo muy cercano en que era inconcebible ver películas en streaming o checar el correo electrónico en cualquier Starbucks. A fuerza de darnos tanto en tan poco tiempo internet nos ha echado a perder. Es evidente que ningún medio ha tenido un desarrollo tan vertiginoso y sorprendente como éste. Sería ingenuo imaginar que hemos llegado o nos hemos acercado a una especie de final de la historia digital. La red está condenada a cambiar o desaparecer para dejar su lugar a algo mejor. Por lo pronto, como en otras relaciones estables y quizás monótonas, tenemos la tentación de buscar otras posibilidades tecnológicas existentes o imaginarias.

La relación a veces frívola y “casual” que mantenemos hoy con la red podría hacernos imaginar que este medio fue creado para nuestro entretenimiento y desarrollo. No debemos olvidar que en el origen fue La Bomba y que ella propició la aparición de la computadora. No por nada John von Neumann, ese delirante genio que desconocía el remordimiento, escribió en 1946: “Yo estoy pensando en algo mucho más importante que bombas. Estoy pensando en computadoras”. El trabajo para crear la bomba atómica requirió de un poder de cómputo inmenso. Se puso en evidencia entonces que la capacidad de los ejércitos de computadoras (mujeres equipadas con sumadoras) no era suficiente para realizar los miles de cálculos necesarios, en un mínimo de tiempo, para determinar las condiciones ideales para comenzar una explosión nuclear. La llegada de la gigantesca computadora ENIAC dio inicio a una nueva era en que las matemáticas permitían la creación de dispositivos capaces de arrasar a la humanidad.

“La simulación numérica de las reacciones en cadena dentro de las computadoras inició una reacción en cadena entre computadoras, con máquinas y códigos proliferando de manera tan explosiva como el fenómeno para el que habían sido diseñadas a ayudarnos a entender”, escribe George Dyson en su fundamental Turing’s Cathedral.De manera semejante internet surge por el interés del ejército de crear canales de vínculo e intercambio de información entre instituciones de investigación involucradas en programas militares. Pero esta herramienta militar de comunicación y cálculo pronto fue utilizada por científicos civiles y más tarde por una variedad de amateurs que en poco tiempo se pusieron a reinventarla.

Estos exploradores del naciente ciberespacio fueron impregnándolo de un espíritu transgresor. La red en poco tiempo se convirtió entre otras cosas en una poderosa plataforma para la disidencia. Así, de la rigidez mental de los matemáticos, ingenieros y físicos que trabajan en problemas bélicos la red pasó a ser también un territorio del caos, un megacentro comercial planetario y un campo de proezas exóticas de programación, hackeo y crackeo. Esta esquizofrenia le ha dado su peculiar carácter a internet y en particular a la web, una entidad abierta que vive hoy un asalto desmesurado debido a la aparición de numerosos espacios privados como Facebook y Amazon, los cuales crecen vertiginosamente y se apoderan de grandes yacimientos de valiosos datos personales.

Es claro que el cisma entre una red abierta y una cerrada altamente controlada al estilo de lo que hace Apple con sus productos no se resolverá pacíficamente. Desde hace tiempo la open web ha querido ser presentada como un territorio peligroso; hoy no faltan quienes tratan de satanizar de manera fanática la experiencia de la libertad en la web. Hace algunos años cada vez que un cibernauta deseaba salir del estricto, insuficiente y mediocre entorno de uno de los portales dominantes de la antigüedad recibía un ominoso anuncio de peligro: ¡Cuidado! ¡Está usted a punto de salir de Compuserve! Hoy Compuserve y muchos de los portales que trataban de controlar a los cibernautas han desaparecido.

  En su lugar las redes sociales también prometen un refugio contra los territorios salvajes donde proliferan la pornografía, los virus, los ladrones de identidades, los cyberbullies, las novias rusas por pedido y los príncipes nigerianos que prometen un enorme botín a cambio de nuestra información bancaria. Esta imagen de decadencia, abandono y riesgo es uno de los pretextos usados por el difunto Steve Jobs o Mark Zuckerberg para crear entornos protegidos, suburbios digitales de armonía y paz. Steven Johnson escribe en el Times: “El App Store debe estar clasificado entre las plataformas de software más cuidadosamente vigiladas en la historia”. Apple y otras empresas están convencidas de que su negocio en un futuro cercano dependerá de lo bien que puedan proteger la ilusión de seguridad, la fantasía de que sus productos son especiales, superiores y únicos. Así, dispositivos como el iPad, el iPhone, Xbox y Tivo entre otros han sido desarrollados con la clara intención de permitirnos cibersurfear sin usar la web, de limitar nuestro divagar a un cautiverio feliz en sus propiedades.

El problema de la supervivencia de la web como la conocemos depende de neutralidad de la red, el concepto sacrosanto de la igualdad de derechos de todas y cualquier página y que protege la información que viaja por la red para que ésta no sea discriminada. Hoy esa regla se tambalea porque el gobierno estadounidense y varios más han dejado de protegerla con la intención de crear “carriles de alta velocidad” y paga en el ciberespacio.

La web será difícil de reemplazar, pero una vez que aparezca una nueva tecnología que logre cautivar nuestra imaginación y dominar nuestra atención es probable que recogeremos nuestros bits y bytes y nos mudaremos a ella dejaremos morir a la cuarentona, cual viejo télex o decrépito fax. Toda predicción tecnológica está condenada al ridículo pero podemos inferir, asumiendo que inevitablemente estaremos equivocados, que las siguientes revoluciones digitales tendrán que ver con interfaces y con dispositivos de control y acceso, la mayoría disueltos en el tejido ambiente de la mediósfera y conectados a intereses corporativos.

Es probable que los dispositivos que ofrezcan experiencias de realidad ampliada-aumentada-mejorada tendrán un gran desarrollo en los próximos años. Y si algo es seguro es que cada día más aparatos tendrán posibilidad de navegar la red. La conectividad no será exclusiva de los GPS, los televisores y los ciber-refrigeradores, que ya comienzan a popularizarse por la promesa de que podrán ordenar ellos mismos la lista de víveres al supermercado, pues hasta los dispositivos más absurdos navegarán la red por los motivos más irrelevantes y extraños, como las camisetas que pueden presentar el status actualizado de la página de Facebook del portador.

Es fácil imaginar que pronto terminará el reino de los dominios .com. La diversificación de extensiones creará una nueva ecología en la red. No tiene sentido que blogs personales y páginas de artistas estén etiquetadas como si fueran espacios comerciales. Incluso es probable que las direcciones de la web o URLs sean disimuladas bajo varios niveles de información, para hacer más “amigable” y simple la navegación al usar referencias fáciles de memorizar y evocar. Esto sin duda se traducirá en que inevitablemente ciertos sitios dominarán las búsquedas de manera apabullante (aún más de lo que sucede ahora), ya que contarán con nombres fácilmente memorizables.

Entre los elementos que pronto vendrán a incrustarse en nuestra experiencia cotidiana en la mediósfera están los programas de reconocimiento de comandos hablados. Cada vez dictaremos más órdenes a nuestro software, el cual interpretará nuestras palabras al estilo de los sistemas de voz telefónicos usados cada vez más por las corporaciones o por el programa de la asistente Siri de iPhone (la cual podrá ser eficiente una vez que corrijan su mentalidad colonialista y su incapacidad de entender a cualquiera que tenga el más ligero acento exótico). Los programas que traducen de texto a habla y viceversa han mejorado de manera notable en los últimos años y probablemente serán adoptados masivamente por diversas aplicaciones, especialmente en dispositivos móviles.

La forma más simple y vacía de imaginar el dispositivo doméstico ideal del futuro cercano es como un espejo que no solamente nos ofrezca nuestro reflejo, sino que nos muestre actualizaciones de las redes sociales, nos proponga ejercicios y diariamente evalúe nuestros signos vitales, nos dé el pronóstico del tiempo, nos haga un breve resumen de las últimas noticias, nos explique las condiciones del tráfico, juzgue nuestra vestimenta, higiene y peinado y quizás concluya confirmándonos que somos los más hermosos de todos. Una versión de semejante espejo existe en la forma del Cybertecture Mirror, que cuesta alrededor de cinco mil dólares, y aunque se han vendido apenas unos quinientos, Cybertecture espera abaratar su producto a menos de mil dólares y masificarlo. Éste sería un paso más hacia la eventual desaparición de la computadora como tal.

No hay duda de que aumentará de manera exponencial el permanente diálogo entre máquinas, un intercambio del que estaremos excluidos y que nos permite imaginar un futuro apocalíptico al estilo de la pesadilla terminatoriana de Skynet. “Si el internet de los noventa trataba de conectar información y el de los 2000 consistía en conectar gente, el internet de esta década se dedicará a conectar cosas”, informa la empresa de asesoría Gartner.   Ahora bien, si de especular se trata, podemos aventurar que por supuesto todo terminará en aquel instante mágico de singularidad cuando la red, esa cuarentona o cincuentona o sesentona, despertará de su letargo, tomará conciencia de sus alrededores, mirará arriba, abajo y a los lados y se preguntará: ¿Por qué tengo todas estas extrañas rémoras de carne y hueso a mi alrededor? Para entonces seremos tan dependientes de la red que antes de entender lo que ha sucedido la especie humana habrá pasado a sumarse a la lista de especies en extinción. Un medio nacido de la voluntad de exterminio con bombas de inmenso poder cumplirá entonces con su destino.

El futuro de Internet (lll)

Antulio Sánchez

  Hoy son parte del recuerdo el otrora buscador Altavista, el navegador Netscape o la revolucionaria Google Video y, actualmente, caminan en esa dirección redes sociales como Second Life, o incluso la que un día fuera una de las más exitosas, MySpace. Los sitios y las tecnologías tratan de no ser arrollados por el olvido y la indiferencia a través de innovaciones y tretas comerciales.

Por eso, hablar del futuro de internet no sólo es referirse a la velocidad con que algo se erosiona, sino también a un escenario de mutaciones, de convergencias de servicios y tecnologías, de demografías, de prácticas culturales, de nuevas formas de entretenimiento y de nuevas formas en que el olvido se instaura y los intereses manipulan el pasado de una tecnología. En las siguientes líneas dibujaremos cuatro aspectos, más allá de lo estrictamente tecnológico, que marcarán al internet del futuro.  

Con frecuencia se dice que el internet actual con sus redes sociales representa la libertad de expresión y las nuevas formas de hacer política, que ha aparecido una nueva dimensión de lo público, por lo cual diversos países intentan frenar sus virtudes como medio de comunicación libre.   Sabido es que libertad y control de la información han generado una tensión constante a lo largo del desarrollo de internet. Sólo hay que recordar que desde los primeros nodos que se enlazaron en 1969 a Arpanet, la red predecesora de internet, se empezó a percibir esa cuestión. Uno de los propósitos de Arpanet, como proyecto dependiente del Departamento de Defensa de Estados Unidos, fue alentar a la mayor cantidad de científicos a trabajar en las pocas computadoras que existían, pero con la condición de que éstas sirvieran para experimentar y trabajar con cálculos complejos que estaban destinados a cuestiones de estrategia militar; pero los investigadores no lo vieron sólo así, la usaron también para crear una red social y comunicarse entre sí.

Fue así como de inmediato apareció uno de los efectos no deseados de internet y que se puso en evidencia cuando algunos investigadores empezaron a distribuir mensajes contra la guerra de Vietnam y organizaron debates sobre el entonces famoso escándalo Watergate, que finalmente llevó a la dimisión del presidente Richard Nixon. Con eso quedó de manifiesto que la red era ideal para hacer circular opiniones y posiciones políticas y con ello buena para la libertad de expresión.

A partir de la penetración que internet ha tenido en diversos países, esa tensión entre libertad de comunicación y el control de ésta también se ha ido extendiendo, al grado que desde su masificación muchos países han intentado limitar sus alcances. Ahora se invocan nuevos malestares y enemigos, como la denominada ciberguerra, que parecen ser los ingredientes especiales para conducir al control de internet.

Hoy varios países, con el pretexto de frenar los ataques de troyanos y malware estilo Stuxnet, Flame, Gauss o Duqu, se han declarado prestos a poner en marcha estrategias de seguridad nacional que parecen orientadas al control de internet y la libertad de expresión. Un escenario que se usará para tales fines es la próxima Conferencia Mundial de Telecomunicaciones Internacionales (CMTI-12), a celebrarse en Dubai en diciembre próximo. En esa reunión varios países pedirían la elaboración de un tratado que lleve a cambiar las normas relativas a la forma en que se administra internet. Aunque, entre los aspectos que están considerados a tratar no están específicamente los tópicos de la ciberguerra, varios piensan introducirlos en la agenda.

Es cierto que entre los objetivos de la disputa no sólo está el control de la información, sino también lo que se conoce como gobernanza de internet, pero lo que está en el fondo de todo ello es el futuro de internet: entre una red cerrada y una abierta, encubierta en los temas que han puesto algunos gobiernos sobre la mesa. De acuerdo con los documentos que se han ido filtrando, a Estados Unidos la CMTI-12 podría servirle para poner fuertes restricciones en la industria mundial de las telecomunicaciones e internet. Mientras que China y Rusia, poco amigas de las libertades, son partidarias de incluir cuestiones de seguridad cibernética en el Reglamento de las Telecomunicaciones Internacionales, en donde podrían quedar encuadrados aspectos como ataques cibernéticos, de denegación de servicio, la delincuencia en línea, el control y respuesta frente a las comunicaciones electrónicas no deseadas (por ejemplo, spam), y la protección de la información personal y los datos (phishing).

Todas estas cuestiones que se presentan como básicas para la seguridad nacional de los países, que incluso se ponen en la mesa como necesarias para garantizar que los ciudadanos de cada nación no sufran de tropelías digitales, de que estén protegidas sus transacciones comerciales e incluso garantizar la convivencia sociales, en realidad ponen en peligro la libertad de expresión al tener un control excesivo de las comunicaciones digitales.

Aunque no hay consenso de si debe ser una autoridad global la que regule internet o bien que recaiga en cada país establecer los controles de acuerdo con su legislación, lo cierto es que más allá de lo que pase en la CMTI-12 e incluso aunque no se llegue a ningún acuerdo al respecto, los debates futuros sobre internet tienen que ver con cuestiones de gobernanza, desde una mayor equidad en la gestión de las tareas y tecnologías que hacen posible internet, pero también sobre lo que es una internet abierta y una cerrada, o lo que es lo mismo: sobre la libertad de expresión.

Por eso es que también el futuro de la red estará en las luchas que emprendan las minorías digitales en favor de marcos normativos que garanticen que internet sea una plataforma abierta a las ideas, de impedir que se violente la privacidad, de exigir a diversos servicios, a algunas nuevas megaindustrias a las que da vida el ciberespacio, para que no sean tan dóciles a los gobiernos como ha sucedido con Twitter o Facebook, que no han dudado en plegarse a ciertas peticiones que les ha hecho el gobierno estadounidense.

Paralelo a ese escenario tenemos la consolidación de grandes poderes fácticos globales, los cuales han terminado por hacerse de grandes porciones del pastel ciberespacial y controlar las nuevas tendencias culturales. Hoy empresas como Apple, Google, Twitter o Facebook se han tornado en industrias culturales emergentes, que incluso no tienen parangón en la historia de las industrias culturales, y por la salud misma del ecosistema global de la información se debe promover no sólo la diversidad de fuentes de búsqueda de información, sino también contar con mecanismos jurídicos que defiendan la privacidad y la defensa del consumidor para que los servicios y productos que ellas ofrecen no vulneren los derechos de las personas.

En Desnudando a Google Alejandro Suárez pintó a Google como un nefasto pulpo acaparador de datos, e incluso recordó que Stephen Arnold ya la había bautizado como “Googzilla” porque esa empresa ha devenido en un poderoso monstruo provisto de enérgicas e imparables garras capaz de triturar todo lo que encuentra a su paso.

Lo cierto es que todas las empresas referidas actúan de la misma manera, con tentáculos poderosos que impiden la libertad de elección de los usuarios. Una de las cuestiones atractivas de internet desde sus primeros años, que después continuó con la invención de la web por parte de Berners-Lee, es su organización anárquica, la multiplicación de sus dimensiones públicas habitadas por hordas de usuarios, de zonas que se asemejan a pueblos fantasmas en total abandono, en donde uno se expone por su carácter accesible al nocivo spam, a virus que se reproducen infinitamente, etcétera. Pero esto que para algunos gobiernos y usuarios es algo malsano, cruel o bárbaro, también tenía la ventaja de que dentro de la misma comunidad de usuarios se crearan tecnologías y se articularan prácticas para frenar tales anomalías.

Ante eso muchos han optado, como dice Virginia Heffernan, por buscar “refugios” cómodos de navegación y más “seguros”. Pero la inmensa mayoría de conectados no tiene más opción que seguir viviendo en la selva. Poco a poco se ve el crecimiento de los privilegiados que optan por dimensiones alternativas, que compran un iPhone o un iPad para tener la posibilidad de pertenecer a una zona residencial chic, de primera, que les permita explorar internet pero sin tener que mezclarse con el populacho y estar menos expuestos a sus peligros. Esa zona residencial nice la delimitan las aplicaciones destellantes de la Apple Store, que permiten conformar un hogar pulcro en las alturas inmaculadas de una residencia fuera de los peligros de codearse con el populacho.

Según Heffernan, se ha ido conformando en los últimos tiempos una especie de Webtrópolis en donde se reproducen segregaciones y estratificaciones. Una idea que hace realidad lo que Joel de Rosnay había dicho: la masificación de internet llevó a la aparición de los “pronetarios”: productores independientes de servicios y contenidos en línea y personas que no tienen otra opción que navegar con las precarias tecnologías que tienen).

Otro aspecto no menos importante es recordar los cambios en los criterios de la oferta de software. Tradicionalmente la oferta de software (shareware o gratuito y que es algo que puede efectuar cualquier usuario con conocimiento de programación) la hacía cualquier programador o empresa, que lo lanzaba en diversos sitios para que los usuarios los probaran y si consideraban que valía la pena lo pudieran usar, tal como lo lleva a cabo de manera destacada la comunidad de usuarios de Linux. Sin embargo, eso ha cambiado drásticamente con la dominancia de Apple que rompe con esa tradición, porque en su tienda de aplicaciones no son los usuarios quienes determinan cuál software tiene valor, sino que es la empresa la que establece lo que merece ser evaluado por los usuarios.

Si algo define el presente de internet y seguirá marcando su caminar es la existencia de muchos usuarios deseosos de diferenciarse de la muchedumbre y buscar el refinamiento por sus herramientas de navegación y por lo que consumen, aunque al hacer uso de los nuevos vehículos de conexión con los dispositivos móviles también terminan por prescindir de una de las creaciones más democráticas en el acceso a la información digital, que es la web. Hoy, con los dispositivos móviles, se usa mucho internet pero el enlace ya no se hace por la web, sino por las aplicaciones propietarias, como las de Apple y un sinfín de empresas que las usan en sus diversos dispositivos móviles.

La Apple Store es una de las plataformas más vigiladas de la historia de internet, y eso no sólo tiene el objetivo de mantener controlado su mercado sino también el de generar entre sus consumidores el valor de sus ofertas, de generar la sensación entre ellos de que pertenecen a un sector exclusivo. Al final, Apple se ha tornado en uno de los poderes fácticos más poderosos a escala planetaria y esa tendencia parece que seguirá quién sabe hasta cuándo, porque tiene un amplio mercado conformado, más que consumidores, por fieles devotos que esperan con ansia sus productos.

Lo cierto es que hemos llegado a un punto en donde las empresas, que supuestamente surgieron para dar paso a un entorno innovador, hoy se comportan, por el afán de hacer más dinero, como las clásicas industrias culturales y atropellan los derechos de los consumidores. El problema es que por ahora no se perciben opciones claras o nuevos actores que hagan pensar que eso puede cambiar en el corto plazo. Un ejemplo de que eso se refuerza lo tuvimos recientemente en California, en donde un juzgado federal falló en favor de Google en perjuicio de Samsung. La sentencia sobre las seis patentes que Samsung infringió prácticamente le dan a Apple el monopolio legal sobre los teléfonos móviles de pantalla táctil, y ésta se puede quedar prácticamente sin competidores, en este rubro, en Estados Unidos.

El fallo de marras muestra el grado nocivo a que han llegado los usos de las patentes que estimulan el monopolio de tecnologías durante largos periodos; terminan por privatizar el conocimiento, generan o acentúan las desigualdades sociales y geográficas e impiden la libre elección de los consumidores. En el fondo, lo que se refleja en ese fallo es que las patentes han terminado por constituirse en armas de batallas comerciales. En realidad aquí se pone en evidencia que la propiedad intelectual se ha vuelto, para algunos gobiernos, un factor político-económico, porque las patentes se usan como un instrumento estratégico, un arma de disuasión, que termina siendo una vía de garantizar las divisas generadas por las patentes de los productos protegidos, cercenando una competencia real. De esa manera las patentes terminan siendo usadas por los gobiernos para proteger a sus empresas en sus naciones y eliminarles competidores. Esto termina no sólo por encumbrar el poder de las empresas y los poderes fácticos globales, sino que lleva a hacer de los derechos de propiedad intelectual un nuevo y feroz frente de batalla que afecta el acceso a la información.

La lucha por los derechos de autor es otro frente de batalla actual que al parecer tenderá a perpetuarse. Un ejemplo de los absurdos de esos derechos es el ámbito científico, en donde las publicaciones científicas se caracterizan por un férreo control de contenidos. En la última década del siglo XX el Open Society Institute, con el fin de romper con eso, lanzó la iniciativa Open Access para impulsar la libre difusión de las revistas científicas por internet. Pero ha habido pocos cambios.

Lo que puede verse son las prácticas abusivas de varias publicaciones científicas que no permiten adquirir publicaciones aisladas sino bases de datos completas. Las ediciones en línea limitan, no facilitan, el uso de materiales con licencias, prohíben copiar, imprimir e incluso leer los contenidos en voz alta o el préstamo de libros electrónicos, como sí sucede con el formato papel. Hoy las universidades pagan periódicamente por acceder a las base de datos, de lo contrario pierden la posibilidad de consultarlas.

La paradoja es que esos materiales fueron subsidiados, directa o indirectamente, por los contribuyentes, quienes subvencionan la labor de los científicos. Las editoriales publican las investigaciones previo pago efectuado por los científicos o las universidades y, para rematar, después de editada la revista se debe pagar por tener derecho a la consulta de sus contenidos. Un esquema leonino a todas luces y que debería ser enfrentado con mayor detenimiento; por ello es que iniciativas como la de Open Access serán vitales en el internet del futuro.

Es cierto que el modelo anglosajón, que ha establecido los índices de impacto o importancia de una publicación, son los que dominan en la academia y difícilmente podrán ser alterados en el devenir, por lo que es difícil pensar en producir modelos editoriales científicos propios. Por ello la única vía que queda en una internet futura es que ese modelo sea más abierto y equitativo, porque además sería la única forma en que se retornaría a los ciudadanos, los contribuyentes, algo de lo que aportan para apoyar al quehacer científico.

No olvidemos que los derechos de autor son el escenario de las batallas más fuertes en el presente, lo mismo están en el mundo editorial que en todo lo que tiene que ver con el entretenimiento, e incluso ha estimulado que ahora se quiera hasta tergiversar el papel que ha tenido el Estado en el desarrollo de internet.

Desde hace algún tiempo se ha desatado en Estados Unidos un debate sobre quién ha sido el propulsor de internet. La novedad está en atribuir ese papel a las entidades privadas y demeritar la contribución del Estado en su desarrollo. Todo empezó cuando Gordon Crovitz [j.mp/NnmFyy] señaló que era prácticamente un mito que el gobierno estadunidense hubiera dado vida a internet cuando al Pentágono se le ocurrió crear un medio de comunicación capaz de resistir los embates de un ataque nuclear.

Para Crovitz internet no existiría sin la contribución del sector privado. Él da todo el crédito de la conexión entre equipos a Xerox, ya que fue en sus laboratorios de Xerox PARC, en la década de 1970, donde se inventó la ethernet, una tecnología desarrollada por Robert Taylor, que fue la que permitió conectar diferentes redes de computadoras; ese fue en realidad el nacimiento de internet.

Hay algo de razón en lo que refiere Crovitz, pero como ha indicado Steve Crocker [j.mp/Pmq8iB], sin el papel decidido del Estado como financiador y organizador de internet no se hubiera logrado su desarrollo. Para empezar, Arpanet reguló o estableció las normas para que diversos equipos se comunicaran entre sí, para lo cual implementó una arquitectura abierta, que es la que caracteriza a internet, y, en resumen creó la tecnología básica de la red, que después ha sido perfeccionada por la iniciativa privada.

Asegurar que la iniciativa privada es la única que ha logrado el desarrollo de internet, o al menos que es la fundamental en su desarrollo, tal como lo hace Crovitz, no sólo tiene por objetivo menospreciar el papel que desempeñan las políticas públicas en el desarrollo de una tecnología, sino defender en el fondo que la protección de derechos de autor, de patentes y demás es legítimo porque son las empresas las que inventaron internet. En todo caso, alrededor de esto girará el internet del futuro; de la manera en que se diriman esas cuestiones también el ciberespacio será más abierto o cerrado.

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Pachyohcan – M´axugi, Tlaahuililpan – Ñunthe.

Un libro que reúne las diversas teorías que han intentado explicar el origen del nombre de la capital hidalguense, desde los más conocidos hasta los más controvertidos.

 Por primera vez se difunden en la obra impresa Etimología de Pachuca, de Gerardo Bravo Vargas, serie Nepapan Tlaca, edición de autor, 2011, info@bravo.org.mx, (de venta en librerías locales), los nombres otomíes de Pachuca y Pachuquilla, cuyo registro permite descubrir el verdadero significado del nombre de la ciudad, lo que refutaría las teorías propuestas con anterioridad.

 En el prólogo el autor apunta: El significado de la palabra Pachuca ha desconcertado a historiadores desde hace tiempo, siendo numerosas las teorías que han intentado dar, desde las más rebuscadas como “lugar de fábricas”, “donde hacen objetos que vuelan” y lugar de llanto”, hasta las más frecuentes como “lugar estrecho” y “lugar de gobierno”.

 El origen de esta investigación deriva de una interesante conversación sobre toponimias estatales, que sostuvimos mi amigo el historiador Enrique Rivas Paniagua y yo, en una fecha que no puedo precisar. No obstante consta en mis archivos que comencé a desarrollar la teoría del origen de Pachuca a principios del año 2001. Algunos meses después obtuve el dato más importante con un libro prácticamente inhallable, el vocabulario otomí del fray Joaquín López Yepes; este dato por demás curioso, se complementó gracias al trabajo del historiador José Vergara sobre el templo de La Magdalena en Pachuquilla; así quedó confirmada la existencia del asentamiento original de Pachuca, en la actual cabecera del municipio de Mineral de la Reforma. (pág.5)

 

Capítulo II

Pachuca, Lugar de Heno

Hemos referido anteriormente las diversas interpretaciones que se han dado a lo largo de la historia, omitiendo intencionalmente la formación de la voz Pachuca, para explicarla en este segundo capítulo. Con toda seguridad la palabra pachoa ha sido el problema para comprender el origen etimológico que da nombre a la actual capital del estado de Hidalgo, esto ha sido por dos razones: la primera es hallarse con diversos significados y registros fonéticos en el diccionario de Molina (Vocabulario en lengua castellana/mexicana – mexicana/castellana. México, Porrúa, 2008, sexta edición); la segunda y más importante, es el hecho de no haberse profundizado el sentido de la palabra. Es curioso que ningún lingüista haya notado que las palabras que contienen la raíz pach, pax o patz guardan cierta relación; en el caso de la voz pachoa, su significado se reduce estrictamente a la “acción de cubrir algo”, formándose de la raíz pach, Cubrir y la acción verbal –oa; terminación que vemos mencionada por Horacio Carochi (Compendio del arte de la lengua mexicana. Nueva España, Imprenta de la Biblioteca Mexicana, 1759).

En el idioma náhuatl tenemos una serie de partículas empleadas para formar locativos, las cuales nos darán por significado: lugar de, en, sobre, cerca, al lado, etc., en el caso de la partícula –yan. Es importante destacar que la partícula –can también se emplea para la formación de abundanciales no reverenciados, generalmente plantas y rara vez en función posesiva.

 Para la formación de nombres de objetos se emplean diversas terminaciones, entre ellas las principales son: -c, -tl, -tli, -otl. Esta última implica personificación de los objetos, un nombre descriptivo, cierto culto de ellos o formas reverenciales. Las palabras que incluyen la partícula –tli son por lo general objetos simples y equivale en nuestro idioma mas o menos a decir “cosa”, este será el caso de pachtli, “cosa que cubre”, “lo que cubre”. En algunos lugares del país aún se emplea la palabra paxtle para referirse al heno, principalmente aquel que crece como pequeñas esferas en árboles, nopales, mezquites, huizaches. Existe aún registro de otras palabras con la misma raíz, un ejemplo es el nombre de la lentejilla de agua o apaxtli, “lo que cubre el agua”.

 Si consideramos que la raíz pach equivale por tanto a “cubrir”, es fácil comprender los demás significados que proporciona Molina, pachoa o “abajar el cuerpo”, es decir, inclinarse, cubrirse en caso de peligro. Pachoa como la “acción de gobernar”, hace referencia al gobernante que se encuentra sobre los súbditos, bajo su protección o cuidado; sinónimo es tepachoa que expresa de la misma manera el acto de gobernar; también es sinónimo tlapachoa, tla, algo, y pachoa, “acción de cubrir algo”. Gobernante se dice tlapachoani, “el que ejerce la acción de cubrir algo”, o tepachoani, “el que ejerce la acción de cubrir a alguno”.

 Es notable al estudiar los orígenes etimológicos de las poblaciones del país una gran correspondencia entre los distintos idiomas indígenas, es decir, muchas veces el significado entre uno y otro es el mismo, aún los nombres españoles posteriores a la conquista suelen ser traducciones de la voz nativa. Nuestro estado no es la excepción, casi todas las poblaciones vecinas de Pachuca tienen prácticamente el mismo significado entre el otomí, el náhuatl y el español.

 Es en una curiosa correspondencia locativa donde encontramos datos que de alguna manera el historiador José Vergara dio a conocer: Pachuca surge de un asentamiento más antiguo que se estableció en la actual Pachuquilla. Esto da pie a una nueva interrogante, pues todo parece indicar que Pachuca y Pachuquilla siempre fueron pueblos otomíes y por consiguiente su nombre original habría sido de esta lengua.

 Alexander Von Humboldt será el primero en indicar que Pachuquilla es el primer asentamiento de la zona, al indicar que “El parage de minas mas antiguo del reino, asi como el pueblo inmediato, Pachuquillo (sic)  se cree haber sido el primer pueblo cristiano fundado por los españoles” (Ensayo político sobre el reino de la Nueva España). Otro hecho interesante es lo mencionado por Villaseñor y Sánchez quien indica “…y de ciento, y veinte indios con su Gobernador, cuya República está en un Pueblo unido á la Villa, que los indios intitulan Pachuquilla” (Theatro Americano, tomo 1, pag. 146), es decir la Pachuca pequeña o menor. A partir de los datos anteriores podemos afirmar que Pachuquilla es sin duda una castellanización de lo que hubiera sido  Pachyocatzinco, es decir “la Pachuca chica”.

 Se sabe a través de diversos documentos que el territorio que actualmente ocupan los municipios de Mineral de la Reforma, Pachuca; Tepeapulco; Tlanalapa y Zempoala estuvieron habitados por chichimecas, mexicas y otomíes, todos ellos separados en distintos poblados o barrios según el grupo étnico. Esta división tenía origen en diversas razones; algunas veces funcionaba como protección del pueblo principal situando en las periferias a los otomíes, mientras que en otras obedecía al repartimiento otorgado por el tlatoani a ciertos grupos.

 Así tenemos que los habitantes de poblaciones de la región como Cempohuallan, Chicomecohuac, Epazoyohcan, Tepepulco, Tecpilpan, Tlallanapan, Tlaquilpan, Xalla y Zapotlan eran chichimecos, mientras otras como Oztotlatlauhcan, Pachyohcan, Tetliztaccan, Tlaahuililpan, Tlacaxtitlan, Tzacuallan y Tzihuacyohcan eran otomíes. Tenemos también poblaciones como Tepeyahualco, Tepemmaxalco, Tlalnexpan, donde la evidencia histórica sugiere que estuvieron habitadas por chichimecas acolhuas y gobernadas por mexicas.

 Una de las noticias más antiguas concernientes al repartimiento de territorio en la región la obtenemos a partir de la relación de Epazoyohcan de 1580, en ella se menciona que Itzcoatl (tlatoani de México) pidió a Nezahualcoyotl (tlatoani de Acolhuacan o Tetzcuco) le cediera algunos de sus territorios, otorgándole éste la mitad de  Epazoyohcan junto con las poblaciones de Cempohuallan, Tlaquilpan, Pachyohcan, Tezontepec y Temazcalapan para extracción de navajas de obsidiana.

 A partir de esta noticia, y considerando las divisiones territoriales propias de la época, sabemos que Pachyohcan constituía entonces un importante asentamiento de población otomí, esta mayoría étnica estaría presente aún posterior a la caída de Tenochtitlán y se refelja enla descripción que hace el cura Francisco Ruiz en 1569, quien menciona: “tiene en la cabecera cuatrocientos y cuarenta y siete  indios tributarios casados, destos ciento y veinte hablan lengua mexicana, son sus mujeres y los trescientos y seis son otomíes que hablan su lengua de ellos y sus mujeres y no entienden otra lengua”, por otro lado, Tlaahuililpan era un asentamiento completamente otomí, el mismo cura describe: “tiene el pueblo dos estancias, la de una de Santiago, que esta dentro del real de Tlahuililpan hacia la parte del levante. Hay en esta estancia ciento y veinte indios, todos otomíes, excepto diez que hablan lengua mexicana”, y finalmente indica un asentamiento en las inmediaciones llamado Callihuacan que “tiene ochenta y cuatro indios casados, otomíes, si no son cuatro nahuales”.

 Es posible determinar que la zona que comprende Pachuca y sus inmediaciones estuvo habitada por indígenas otomíes y es de suponerse que por el número de indígenas que Ruiz denomina “nahuales”, fueron advenedizos, probablemente llegados de sitios vecinos y establecidos para trabajar en las minas  de Pachuca.

 Al saber que la zona que comprendía los pueblos de Tlaahuililpan y Pachyohcan era territorio otomí, y una vez mencionado el hecho de ser Pachuquilla el asentamiento original de Pachuca, encontramos un hecho lingüístico que nunca había sido tratado y es la correspondencia etimológica del antiguo nombre otomí y náhuatl.

 Es interesante que el nombre otomí de Pachuquilla no es registrado por Horacio Rubio en su artículo “Distribución geográfica de las lenguas aborígenes en el estado de Hidalgo”, tampoco lo hace Ethel Emilia Wallis en su Toponímia otomí del Valle del Mezquital, ni Enrique Rivas en su recopilación de Lo que el viento nos dejó, hojas del terruño hidalguense, tampoco aparece (pese a su extensión) en el Diccionario de hñahñu (otomí) del Valle del Mezquital, estado de Hidalgo, editado por el Instituto Lingüístico de Verano.

 Lo que podemos deducir sobre el nombre otomí de Pachuquilla es que cayó en completo desuso y no volvió a ser recopilado por ningún lingüista salvo fray Joaquín López Yepes, quien registra M´asugi, palabra que traducimos como “lugar de heno”, compuesto de las raíces m´a, indicativo, y sugi, heno, fray López indica “Heno, cierta yerba blanquecina que se cría en los mesquites”.

 En el caso de Pachuca, su nombre es registrado por Enrique Rivas como Njunthe, quien traduce “molino de agua”, de las raíces njuni, molino, y –the,  agua. En opinión del historiador podría tener alguna relación con las minas y el uso que se daba al río de las avenidas.

 No es de extrañarse que el significado de “molino de agua” mencionado por Enrique Rivas sea el correcto, pues el agua del río de las avenidas se empleó en la floreciente industria minera de la zona, tenemos además la traducción que hacemos según el vocabulario de fray Joaquín López Yepes quien recopila el nombre de Pachuca con los nombres Huntthe o Qhunthe, de Qhuni, molino, y –the, agua.

 Aún con lo anterior, tenemos una teoría distinta sobre el nombre otomí de Pachuca, pues creemos que se trata de una corrupción fonética de Ñunthe, palabra que aporta el mismo significado que Tlaahuililpan. Ñunthe significa “regar agua” o “regadío”; el mismo fray López recopila la palabra yunthe como regar milpas o cosa semejante.

 No deja de resultar de interés para cualquier historiador o lingüista esta gran semejanza etimológica entre el nombre otomí y el náhuatl, y una vez mencionado este hecho, esperamos que los próximos estudios puedan arrojar registros sobre la antigua grafía otomí de Pachuca.

 Podemos concluir entonces que Pachuquilla fue conocida en náhuatl como Pachyohacan “donde abunda el heno” y en otomí M´asugi “lugar de heno”, mientras que Pachuca se conocía en náhuatl como Tlaahuililpan “donde el agua se esparce en la tierra, lugar de riego”, y su nombre en otomí era Ñunthe “Regadío”. A principios del siglo XVI cae en desuso el nombre de Tlaahuililpan y se le denomina Pachuca a la población, mientras que al pueblo de Pachyohcan se le llamó Pachuquilla, castellanización de lo que hubiera sido Pachyohcatzinco, es decir “la Pachuca chica, pequeña o menor” en forma reverencial. (pág. 21-27)

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Nació en Alfajayucan, Hidalgo, en el año de 1932, a mediados de los años cincuenta, comienza su aprendizaje en la Escuela Nacional de Pintura y Escultura “La Esmeralda”, a partir de 1960 cursó la carrera de Maestro Grabador en la Escuela Nacional de Artes del Libro y viaja a París a  perfeccionar sus conocimientos de litografía en el taller de Henri Deprest, becado a finales de esa década por el OPIC, organismo de promoción internacional de la cultura.

En 1973 funda su taller especializado en litografía en la ciudad de México. Al año siguiente inicia formalmente sus actividades con un tiraje de obras de Francisco Corzas; actualmente es uno de los talleres más importantes de Litografía en nuestro país. Ha realizado numerosas exposiciones individuales y cuenta con más de 20 colectivas en México y en el extranjero, en Francia, Japón, Bélgica, Italia, Inglaterra, Puerto Rico, Estados Unidos, entre otros países. De las exposiciones colectivas ha formado parte de los grupos “Nuevos Grabadores”, el “Equipo 7” y la Sociedad Mexicana de Grabadores.

Entre los certámenes de gráfica más importantes en los que ha tomado parte, figura la Onceava Bienal de Gráfica de Tokio, efectuada en 1979. Ese año fue seleccionado por el Consejo Técnico para dirigir el taller de producción gráfica de la Academia de San Carlos (la primera escuela de arte de América y sede del Centro de estudios de posgrado en artes visuales). Por su conocimiento en la técnica, ha asesorado y colaborado en la instalación de varios talleres de litografía, entre ellos el de Julio Prieto, el del OPIC y el de la Universidad Veracruzana, en Xalapa.

Desde 1972 ha ejercido la docencia, iniciándose como profesor de litografía en la Universidad de Guanajuato. En 1998 fue catedrático del Taller de Litografía “La Perota”, en la Ciudad de Colima. Ha impartido varias conferencias sobre el tema, “La litografía y sus aportaciones”, “Arte Litografíco”, “Litografía Costumbrista”. Actualmente es catedrático del Taller de Litografía en la Academia de San Carlos de la ENAP.

Es miembro fundador de la Asociación Mexicana de Artes Plásticas, A.C. AMAPAC, de la Sociedad Mexicana de Artes Plásticas, S.C., de la Asociación de Artistas Plásticos de México, A.C., ARTAC y la Asociación Mexicana de Investigación Plástica, A.C.

Su estilo ha variado con el paso de los años, partió de la escuela del arte figurativo y popular para transformarse en un lenguaje abstracto. En la actualidad continúa trabajando en su taller de producción litográfica, tanto para otros grabadores y pintores, como para su producción personal.

El litógrafo hidalguense realizó parte importante de su gráfica hace medio siglo, en los años sesenta, “la hice cuando estaba en un taller que hacía relaciones exteriores, que se llamaba OPIC, era un centro donde iban varios jóvenes a hacer pintura, escultura, gráfica y poesía en los años 50, de aquella generación nació Alejandro Jodorowsky y varios poetas famosos”.

Define su quehacer artístico como contemporáneo, surge de la generación de la “ruptura”, sin la influencia de la escuela mexicana o los avatares de los movimientos sociales, “siempre he visto las cosas de lejos, no me he involucrado. Mi gráfica es muy fresca, muy espontánea y tiene conceptos muy diferentes a lo que comúnmente se ha estado haciendo”.

Desde hace 30 años Acosta se ha dedicado a dar clases, ha formado a una gran cantidad de litógrafos, es por ello que destaca que las nuevas generaciones tienen hoy más materiales para crear, “a nosotros nos costó mucho trabajo, por los materiales, los papeles, era un área muy hibrida y muy pobre, porque no había suficientes materiales, ahora hay papeles de lo mejor y muchos talleres en la república, realmente ya se desarrolló el país”.

Es un artista cuya generosidad y carencia de egoísmo queda plasmada en la obra de todos aquellos que han pasado por su taller y aula. Es consciente que la naturaleza personal del artista también fluye en la dedicación y entrega que se da a los demás. En él la solidaridad se funde con la persistencia, esa inquebrantable noción de no detener el ejercicio del oficio pese a las múltiples dificultades a las que se enfrenta el artista, ha escrito Guillermo Tovar.

La influyente crítica de arte Raquel Tibol escribió en 1983, en el tríptico de una exposición del litógrafo, que “las modalidades gráficas de Leo Acosta, artista creador, pueden clasificarse de inconfundibles”. “Acosta agregó al repertorio gráfico contemporáneo su propio lenguaje de formas orgánicas sin referencias reconocibles. Este referirse a la naturaleza sin citarla, le da a su quehacer gráfico una gran libertad, plataforma en la que el antiguo impresor puede lucir todas sus habilidades”.

En 2009 el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo organizó un homenaje al más importante artista hidalguense, con una gran exposición de su obra y la publicación de un libro Leo Acosta Pintor y Litógrafo, que recoge una muestra significativa de su trabajo que destaca por su madurez técnica y la vitalidad de su quehacer artístico. El creador considera al arte como una fiesta, una inagotable fuente de placer, que comparte cada día con todos aquellos que lo rodean.

Avestruz

Al respecto el maestro Acosta señaló que “el trabajo que se conjuga entre el libro y la exposición, representan para mi una gran satisfacción, porque se reconoce la labor artística que he realizado por más de cinco décadas, la exposición integrada por diferentes obras que incluyen acrílicos y óleos, exhibe algunas de las máquinas, como la prensa litográfica con la que desarrollé gran parte de mis obras”.

La muestra integrada por piezas que descifran su producción artística, a lo largo de 50 años de una larga y fructífera trayectoria como litógrafo, Acosta ha decidido trasladar, mediante la pintura, su entendimiento de la plástica al lienzo. Al producir sus obras tiene la certeza de comunicar su personal forma de interpretar al mundo y deja su testimonio convertido en memoria colectiva, por medio de una honrosa manera de vencer al olvido, cuando el artista ofrece lo mejor de sí a su comunidad a través de su realización artística.

Perennemente impulsado por un sentido lúdico de la existencia -ha señalado Guillermo Tovar-, Leo interpreta y valora, sabedor que la propia palabra interpretación, en la medida en que entraña conceptos de explicación, de traducción y de puesta en acto (como en la interpretación de un texto dramático o una partitura musical), habla de esta múltiple acción recíproca.

La obra del creador mexicano y universal, comparte conceptos expresados por George Steiner sobre los dos movimientos principales que surgen en el acto de la creación artística y del espíritu: interpretación (hermenéutica) y valoración (crítica, juicio estético). Ambos movimientos son estrictamente inseparables. Interpretar es juzgar y Acosta lo sabe.

Para el crítico E. R. Blackaller, la espontaneidad de la obra acostiana se distingue por “…Su lenguaje no forzado, simple y muy directo; su lenguaje se aleja de las frases rebuscadas y va al grano. Habla del amor a la obra impresa y se agradece esa disposición del artista-artesano, tan poco frecuente en nuestros días…”

          Vuelo de pájaro

A raíz del homenaje, en una entrevista con Juan Carlos Martínez Nava, el maestro Acosta rememoraba:

─ ¿Cómo le ha ido maestro Leo Acosta después de estos 50 años de trayectoria?
─ Creo que bien, se esta preparando un libro sobre mi obra con datos biográficos. Es sorprendente el trabajo que están haciendo los críticos, ya que han surgido aspectos de mi vida en mi obra, sin darme cuenta. Lo asimilo a la referencia más cercana y clara, por ejemplo: a la obra de Octavio Ocampo, obras llenas de metamorfosis, relatos abiertos a múltiples interpretaciones.

─ ¿Su obra contiene influencias prehispánicas?

─ Bueno, cualquier obra siempre va contener destellos de su natal cultura, estos se encuentran en los genes. En mi caso la raíz esta en la civilización de la antigua ciudad de Tula que tuvo una gran relevancia histórica en mesoamérica y constituye un importante eslabón en la cadena de civilizaciones del Altiplano Central. Es importante recordar que fue fundada después de que Teotihuacán fuese destruida, hoy en día es conocida por su pirámide principal Tlahuizcalpantecuhtli, o templo de la estrella matutina, en cuya cúspide se yerguen los famosos Atlantes de Tula, que es de donde provengo.

─¿Cómo comenzaron sus estudios en el arte y cómo fue esa etapa?

─ Mis estudios los realicé en los años 50 en la escuela de Artes del libro, creada por Francisco Díaz León, en 1938, todo lo relacionado con los libros: encuadernación, tipografía, ilustración y como especialidad la xilografía (grabado en madera) y la litografía. Fue difícil ya que había la necesidad de realizar otras actividades para solventar los gastos de la familia y es como comencé en el ramo de la impresión, recomendado por Pedro Caster. 

─ ¿Alguna vez pensó ser el editor de los grandes maestros?

─ Efectivamente, jamás me imagine ser el impresor de Roberto Montenegro, Santos Balmori, Juan O’ Gorman, Julio Prieto, Luis Ortiz Monasterio, José Chávez Morado, Margarita Orozco, Enrique Climent, Raúl Anguiano, Luis Aragón, Francisco Corzas y Shinzaburo Takeda, por mencionar algunos, con esto automáticamente fui aprendiendo el oficio.

─ ¿Cuál ha sido su máxima producción y en que periodos?

─ La obra más importante es la litografía y algunos grabados que realice en los años 60 y 70; fueron 20 años de constante producción, sin duda uno de los mejores acervos culturales para mi país-

─ ¿Una de las mejores etapas de su vida?

─ No sólo para mí sino para muchos jóvenes artistas. En mi caso fui invitado a colaborar en La Esmeralda para abrir el Taller Independiente Libre de Grabado, junto con alumnos de La Real Academia y formar el grupo denominado Nuevos Grabadores, en los años 60.

─ ¿Fue la etapa que viajó a Francia sin recursos?

─ Si, varios de los compañeros se fueron becados por La Embajada de Francia en México a estudiar, a mi me tocó la parte más dura con los propios recursos, pero es donde comienzo a trabajar en el taller Henry Deprest, donde me especializo en la gráfica y aplico a la fecha.

 

Leo Acosta no hace arte para agradar, crea un arte sencillo basado en reflexiones fundamentadas y lo hace bien. Su trabajo está conectado con los grandes artistas y artesanos de los pueblos indígenas para los cuales era prioritario trabajar con esmero, con honestidad y hacer caso omiso de las modas europeas y del intento de vender don formas comerciales.

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Por Avelina Lésper

Las obras se remiten a un compendio de ocurrencias simpáticas que, aunque no nos hagan reír o sean incapaces de arrancar una carcajada, tienen un mensaje y la broma es su parte medular. El arte deja de ser solemne en sus temas y factura para volverse humorístico.

© Sarah Lucas

El sentido del humor por lo general recae en el otro. Se supone que reaccionar a una broma con disgusto es carecer del sentido del humor. No se cuestiona el sentido del otro, la calidad o la oportunidad de su broma, se califica el del que sufre la broma, el chiste o el comentario. Si se enoja se le juzga, invariablemente, por carecer de sentido del humor. Si se ríe o celebra el chiste es que es muy simpático, accesible, afable. Esto hace que la broma se convierta en una imposición y en una forma de calificar al receptor; por eso, para guardar las formas, la gente se ríe, celebra y hasta repite el chiste, porque está mal no gozar de sentido del humor.

La solemnidad no sólo está mal vista, es una actitud anacrónica y antisocial. La seriedad es una de las causas por las cuales la gente no logra relacionarse y tener amigos. Las terapias de autoayuda y de integración optimista ven en la personalidad introvertida un obstáculo para la nueva sociedad dinámica, extrovertida, ambiciosa y proclive a las bromas, a los chistes, a la simpatía permanente. Todos quieren ser simpáticos: los escritores, los políticos y, por supuesto, los artistas. Ganarse la aprobación de la sociedad pasa por hacerla reír, por convertirse en el anfitrión perpetuo de una fiesta interminable. No hay tiempo para pensar, para reflexionar: la salida rápida, el comentario picante, la carcajada y he aquí a un ganador.

Esta actitud de actor de monólogos de televisión es una epidemia, una enfermedad que infectó al arte al punto de que el equívoco se interpretó como una forma de protesta, no como una consecuencia de la necesidad endémica de agradar. El asunto es que las bromas forzadas no gustan a nadie. En el surrealismo llegaron a un callejón sin salida con sus contradicciones y sus actos grotescos que suponían una irreverente bofetada al espectador. En la comedia la frescura del chiste es efímera, el esfuerzo por repetirlo y perpetuarlo lo exprime hasta matarlo. Las bromas surrealistas se morían en el momento de la exposición. Una vez vistas, ya nada había que hacer con ellas. Sin embargo, el arte conceptual retomó una fuente ya agotada y volvió a beber de ella, y en el arte contemporáneo es una constante que en las obras el elemento “transgresor” sea el sentido del humor, la ironía, la irreverencia, el chiste. Las obras se remiten a un compendio de ocurrencias simpáticas que, aunque no nos hagan reír o sean incapaces de arrancar una carcajada, tienen un mensaje y la broma es su parte medular. El arte deja de ser solemne en sus temas y factura para volverse humorístico. Ahora bien, si la broma, un pollo en unos calzones de hombre de Sarah Lucas, por ejemplo, no hace reír, la culpa no es de la divertida y simpática artista, es del espectador que no tiene sentido del humor o que no entendió el chiste. Entonces el curador nos explica en una cédula con su más grandilocuente retórica en qué consiste el chiste.

Recordemos un punto elemental: en el fenómeno de la comedia la broma es autónoma. Un comediante no sale a escena a contar un chiste con un individuo a su lado con actitud de sabio explicando ese chiste. En los chistes del arte contemporáneo es así. El artista, una vez desechados los grandes temas, las cuestiones existenciales y la dimensión creadora de la factura, el estilo y la producción de obra para la posteridad, se va al rincón de las simpatías, a la bolsa de las bromas y del sombrero del mago saca conejos inflables, coches encogidos, pasteles, mingitorios y millares de trucos para hacernos reír y reflexionar en el tema que esté de moda. Todo explicado por un curador; las obviedades se traducen y el pastelazo se convierte en un “acercamiento ontológico de la libertad”.

Explicar el chiste 

© Maurizio Cattelan

Las bromas que entre amigos se califican de zafias o groseras en el arte son ironías, detonadores de ideas. El insulto veloz y la patada en el culo son recursos de cómico decadente; en la obra de Maurizio Cattelan, por ejemplo, es el summun de la protesta. Un brazo que representa una verga grande es la chispa genial de un artista en un museo y en un baño público es parte de la decoración habitual. El humor tiene dos caras, en una conversación de cantina es vulgaridad o simple estupidez, pero en un museo es arte.

El concepto, que hace a las obras algo diferente de lo que son, logra esta conversión arbitraria integrándole una intención a la broma y añadiendo un retoque social al sentido. Dos toronjas y un pepino en medio de dos naranjas puestos en un colchón son una referencia elemental, gastada y abiertamente obvia, pero en una obra de Sarah Lucas es “ feminista de las relaciones sexuales”. Si los buenos chistes no necesitan explicación las obras de arte tampoco deberían requerirla, pero ahora la explicación es doble: por un lado explican el chiste y, por otro, la reflexión. Para qué le dicen al público que ese chiste sexista no es sexista, que es una reflexión feminista y que las dos toronjas representan los senos y el pepino es un pene. Todo eso es obvio, menos la reflexión feminista, que es un capricho retórico. La obra va en sentido contrario a su propio contenido, no es lo que en realidad es. Y además hay que reírse o por lo menos asumir que Sarah Lucas es muy simpática porque prefiere hablar de feminismo con chistes sexistas en lugar de utilizar otro lenguaje o entrar en razonamientos más profundos.

La grandilocuencia del chiste

© Maurizio Cattelan

La manipulación del sentido del humor radica en que es mentira que exista como tal. A pesar de que expolia obviedades, referencias populares ultraconocidas y de la cercanía con la comedia televisiva, se pretende que estamos ante una obra que requiere de un análisis, de la introducción teórica del curador y del proteccionismo de un espacio museográfico. Los recursos de comedia que el arte utiliza, en el contexto del que provienen, son manifestaciones efímeras de consumo rápido que se extinguen en el momento en que se manifiestan. La ocurrencia es un flamazo, es un destello que no tiene más duración que la risa que provoca. Si de una broma elemental se hace un monumento a la reflexión, se paraliza, se engrandece con retórica y filosofía, se envuelve en la pomposidad de la institucionalidad y se convierte en chiste visual de pretensiones artísticas; el disparate cae en el ridículo de la sobreactuación, de la impostación, y es una forzada presencia que en lugar de hacer reír provoca la embarazosa visión de un espectáculo fallido.

La situación está entrampada porque este antiarte no existe sin explicaciones, explotan lugares comunes y referencias populares conocidas y gastadas, utilizan programas y personajes de la televisión, y además distorsionan todo esto cargándolo de una teoría que no enriquece a la obra. Le imponen una pretenciosa barrera filosófica e ideológica que mata definitivamente al chiste. La comicidad es inclusiva, trata de llegar a un público amplio y diverso, su discurso es accesible en cualquier nivel de cultura. En cambio en el antiarte el artista pretende ser cómico de bromas elitistas porque son parte de una obra de arte y su público debe tener una formación específica y una empatía intencional para aceptar que el chiste en realidad es una reflexión. Es la contradicción de usar el disparate y luego aderezarlo con teoría, explicaciones y un contexto grandilocuente.

La empatía que el cómico profesional logra con el público no se contagia a la obra de arte, aunque utilicen los mismos elementos. Un chiste que aparece en una caricatura de la televisión puesto en el museo pierde su informalidad y su desenfado al ser incluido dentro de un marco referencial para el que nunca fue pensado, esto hace a esa misma caricatura un episodio aburrido y pretencioso. La seriedad de la que huyen se vuelve en su contra, se enquista dentro de la obra y se la traga. La risa se transforma en bostezo. La levedad es una roca.

¿Por qué quieres hacerme reír? 

© Sarah Lucas

El humor y la risa están sobrevalorados. Ante el desprestigio de la tragedia frente a la felicidad, que es reclamo publicitario, filosófico y piedra angular de la industria de autoayuda, resulta liberador y empático abordar los temas con la superficialidad suficiente para que podamos reírnos de ellos. La risa es una salida que distrae de los verdaderos fines, el chiste es una escapatoria de emergencia cuando el argumento se está agotando, cuando las ideas no dan para más; entonces la ocurrencia rompe con esta sequía creativa y desvía la atención a otro lado.

El arte contemporáneo tiene la obsesión de recurrir a temas sociales, humanísticos, económicos, de género, pero nunca estéticos. Tenemos que reflexionar sobre cualquier cosa menos sobre la factura de la obra, sobre su presencia misma en el espacio expositivo. Cuando esta incursión, plagada de buenas intenciones, no tiene repercusión, burlarse del tema es la opción del artista. Cattelan, incapaz de hacer un análisis que denuncie o confronte al catolicismo como institución, expone a un Juan Pablo II derribado por un meteorito… ¡Qué chistoso! ¡Como en las caricaturas animadas! ¿Qué significa? ¿Qué ni su dios lo salvó de un meteorito? Qué importa.

Lo que significa es que Cattelan es muy simpático, que se le ocurren cosas, que es irreverente porque toca una figura sagrada para sus fanáticos. Pero lo que su obra evita es abordar la aberrante ideología de la institución que este hombre representó. Ofende pero no denuncia, ésa es una buena broma. Si el chiste es racista o sexista el artista advierte que no manifiesta una posición o una declaración de principios, es una forma de llamar la atención. Para el chistoso todo es susceptible de ser ridiculizado, menos su obra: eso, aunque no parezca, es arte. Los chistes visuales son la búsqueda desesperada de evitar el aburrimiento del espectador, como cuando alguien cuenta un chiste para romper el tedio de una reunión, pero no confrontan, no analizan.

La presencia de la obra y su discurso son insuficientes, entonces hacer reír es la solución. El elevador encogido y el coche recortado de Gabriel Orozco son chistes visuales que distraen del hecho de que no existe propuesta estética en su obra, de que no hay aportaciones originales. Son medios para ocultar su propia vaciedad. La ligereza irresponsable es un privilegio que exhiben, no tienen por qué ir más allá; la superficialidad, la risa fácil es arte en esta época de gente divertida.

Revista Replicante, abril 2012, http://revistareplicante.com/

El arte contemporáneo es una farsa

Avelina Lésper

Ciudad de México.- 30 de agosto de 2012- Con la finalidad de dar a conocer sus argumentos sobre el por qué el arte contemporáneo es un “falso arte”, la crítica de arte Avelina Lésper ofreció la conferencia “El Arte Contemporáneo- El dogma incuestionable” en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP) en donde fue ovacionada por los estudiantes.

 “La carencia de rigor (en las obras) ha permitido que el vacío de creación, la ocurrencia, la falta de inteligencia sean los valores de este falso arte, y que cualquier cosa se muestre en los museos”, afirmó Lésper.

Explicó que los objetos y valores estéticos que se presentan como arte, son aceptados, en completa sumisión a los principios que una autoridad que impone.

Lo que ocasiona que cada día se formen sociedades menos inteligentes y llevándolos a la barbarie. También abordó el tema del Ready Made, sobre el que expresó que mediante esta corriente “artística”, se ha regresado a lo más elemental e irracional del pensamiento humano, al pensamiento mágico, negando la realidad. El arte queda reducido a una creencia fantasiosa y su presencia en un significado. “Necesitamos arte y no creencias”.

Asimismo, destacó la figura del “genio”, artista con obras insustituible, personajes que en la actualidad ya no existen. “Hoy con la sobre población de artistas, estos no son prescindibles y la obra se sustituye por otra, porque carece de singularidad”.

Detalló que la sustitución de artistas se da por la poca calidad de sus trabajos, “todo lo que el artista realice esta predestinado a ser arte, excremento, filias, odios, objetos personales, imitaciones, ignorancia, enfermedades, fotos personales, mensajes de internet, juguetes, etc. Actualmente hacer arte es un ejercicio ególatra, los performances, los videos, instalaciones están hechos con tal obviedad que abruma la simpleza creadora, y son piezas que en su inmensa mayoría apelan al menor esfuerzo, y que su accesibilidad creativa nos dice que es una realidad, que cualquiera puede hacerlo”.

En ese sentido, afirmó que no darle el status al artista que lo merece, ocasiona un alejamiento del arte a las personas, lo demerita, lo banaliza. “Cada ves que alguien sin méritos y sin trabajo real excepcional expone, el arte va decreciendo en su presencia y concepción. Entre más artistas hay, las obras son peores, la cantidad no está aportando calidad”.

“El artista ready made toca todas las áreas, y todas con poca profesionalidad, si hace video, no alcanza los estándares que piden en el cine o en la publicidad; si hace obras electrónicas o las manda a hacer, no logra lo que un técnico medio; si se involucra con sonidos, no llega ni a la experiencia de un Dj. Se asume ya que sí la obra es de arte contemporáneo, no tiene por que alcanzar el mínimo rango de calidad en su realización. Los artistas hacen cosas extraordinarias y demuestran en cada trabajo su condición de creadores, ni Demian Hirst, ni Gabriel Orozco ni Teresa Margolles, ni la inmensa lista de gente que crece son artistas, y esto no lo digo yo, lo dicen sus obras”, aseveró.

Como consejo a los estudiantes, les indicó que dejen que su obra hable por ellos, no un curador, no un sistema, no un dogma, “su obra dirá si son o no artistas, y si hacen este falso arte, se los repito no son artistas”.

Lésper aseguró que hoy día, el arte dejó de ser incluyente, por lo que se ha vuelto en contra de sus propios principios dogmáticos y en caso de que al espectador no le guste, lo acusa de “ignorante, de estúpido y le dice con gran arrogancia, si no te gusta es que no entiendes”.

“El espectador, para evitar ser llamado ignorante, no puede ni por asomo decir lo que piensa, para este arte todo público que no es sumiso a sus obras es imbécil, ignorante y nunca está a la altura de lo expuesto ni de sus artistas, así el espectador presencia obras que no demuestran inteligencia”, denunció.

Finalmente, señaló que el arte contemporáneo es endogámico, elitista; como vocación segregacionista, realizado para su estructura burocrática, para complacer a las instituciones y a sus patrocinadores. “Su obsesión pedagógica, su necesidad de explicar cada obra, cada exposición, su sobre producción de textos es la implícita acotación del criterio, la negación a la experiencia estética libre, define, nombra, sobre intelectualiza la obra para sobrevalorarla y para impedir que la percepción sea ejercida con naturalidad”.

La creación es libre, pero la contemplación no lo es. “Estamos ante a dictadura del más mediocre”.

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La Cultura Tolteca

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La cultura tolteca es una cultura arqueológica mesoamericana cuyo centro ceremonial principal fue la ciudad de Tollan-Xicocotitlan, localizada en lo que actualmente se conoce como Tula de Allende en el estado de Hidalgo. El gentilicio deriva del náhuatl toltécatl, que originalmente designa a los nativos de los lugares llamados Tollan, pero que después, durante la época mexica, pasó a ser sinónimo de artesano o artista.

Los toltecas fueron la etnia dominante de un territorio cuya influencia se extendía hasta el actual estado de Zacatecas y al sureste en la península de Yucatán. La relación entre los toltecas y los mayas del período posclásico ha sido objeto de grandes controversias.

Entre los años 650 y 800 de nuestra era, Mesoamérica sufrió cambios radicales por la desaparición de grandes centros como Teotihuacan, Monte Albán, Palenque, etc., que hasta entonces habían regido la política y la economía de la región Mesoamericana. Esto originó que muchos de sus habitantes emigraran en busca de nuevos horizontes, surgiendo nuevos pueblos que se mezclaron con los herederos de las antiguas tradiciones y juntos crearon una nueva integración política, cultural y social, consolidando nuevas ciudades y naciones.

Después de la caída de Teotihuacan hacia el año 700 d.C., hubo en Mesoamérica varios siglos de confusión, cambió la índole de su civilización, las ciudades sin fortificaciones y gobernadas por sabios sacerdotes se desmoronaron y dieron lugar a ciudades guerreras y a religiones más belicosas. Una de las tribus que irrumpió en Mesoamérica fueron los toltecas, un grupo de habla náhuatl que sometió a los nonoalcas, descendientes de los teotihuacanos. Al mezclarse los invasores, con los habitantes de los valles del actual estado de Hidalgo, establecieron una gran ciudad hacia el año 950 d.C., Tollan-Xicocotitlan, fundada por Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl, tuvo una existencia de 499 años como centro rector del pueblo tolteca, más tarde fue arrasada por tribus neochichimecas en el año 1170 d. C.

La historia de los Toltecas comienza con una leyenda que los describe como una tribu Chichimeca que viene del norte a principios del siglo X, conducida por un rey llamado Mixcoatl y que se establece en Culhuacan. No se sabe con exactitud si Mixcoatl existió o fue solo leyenda, pero su hijo Topiltzin vivió realmente y es el primer personaje de carne y hueso que aparece en la Historia de México. Esta civilización se desarrolló entre 850 y 1170 d. C.

En ese sentido, los toltecas (náhuatl: tōltēcah; ‘maestros constructores’), fueron los miembros de una cultura precolombina que dominó la mayor parte del centro de México entre los siglos IX y XII. Mucho de lo que se conoce de los toltecas está envuelto en mitos. Su lengua, el náhuatl, también fue hablada por los aztecas.

En sus escritos,  el antropólogo e historiador mexicano Miguel León-Portilla  explica que de acuerdo a la leyenda de los nahuas, los toltecas fueron los creadores de toda civilización, y su ciudad, Tula, fue descrita como llena de maravillas. Cuando los aztecas reescribieron su historia, trataron de demostrar sus vínculos con los toltecas.

El pueblo tolteca es uno de los más interesantes del México Antiguo, tanto por el recuerdo de sus virtudes como por su organización. Aumenta ese interés el misterio de su origen, pues no todos los historiadores están conformes con que fueran una mezcla de nahuas y olmecas, sino que algunos los creen nahuas puros y otros suponen que arribaron ya como toltecas. Lo cierto es que son los padres de todas las grandes culturas del Centro de México.

Tollan (“Lugar de tules”), cerca del río Tula, fue su capital. Allí levantaron edificios adornados con columnas en forma de guerreros llamados Atlantes. También esculpieron figuras de jaguares, coyotes y águilas devorando corazones. Hacia el año 1,050 d.C., los toltecas habían convertido a Tula en una gran ciudad, capital de un imperio que dominaba el centro de México y extendía su influencia a regiones muy alejadas. En Tula, la función política estaba ligada a la religiosa y el centro urbano era la sede del gobierno y de la religión. En el año de 1094 d.C. Papantzin descubrió el aguamiel, que se extrae del maguey y que fermentado sirve para la elaboración del pulque.

Conocidos en su tiempo como un pueblo culto y de excelentes prendas, llevaban fama de ser nobles, corteses, respetuosos de sus semejantes, suaves y atentos en sus tratos personales, leales y sinceros. Las mujeres eran sencillas y hacendosas, excelentes madres y esposas y muy entregadas a los deberes del hogar. Los padres educaban a sus hijos con esmero, y para la formación de sus sabios sacerdotes y sus ilustres gobernantes debieron de tener buenas escuelas, pues en el seno de la familia no se pueden alcanzar los grandes conocimientos que su elevada cultura demuestra.

Eran maestros en todas las artes, mayores y menores. Tenían conocimientos sobre la fundición del metal, el trabajo de la piedra, la destilación y la astronomía. Eran notables arquitectos, que llenaron de pirámides y templos esplendorosos la región que habitaron. Eran grandes escultores, usando este arte principalmente para adornar sus monumentos arquitectónicos, con estupendos relieves que representaban a sus dioses; pero también modelaban estatuas sueltas y estelas o piedras aplanadas en las que se trazaban bellos relieves. Su arquitectura y su arte reflejan influencias de Teotihuacan y de la cultura Olmeca.

Fueron estupendos pintores, y aunque el tiempo ha borrado sus obras, los restos de ellas dan idea de su gran dominio del colorido. Eran también excelentes ceramistas, joyeros, tejedores y bordadores. El Valle de México y sus extensiones hasta una distancia de más de 100 kilómetros muestran restos valiosísimos del genio artístico de los toltecas. Entre los pueblos nahuas de la época de la conquista, la palabra tolteca significaba alguien sabio que dominaba las artes y artesanías, y la palabra toltequidad equivalía a lo que hoy llamaríamos, alta cultura.

Los sacerdotes toltecas eran hombres que poseían una sabiduría extraordinaria. Cultivaban la aritmética y la geometría, la astronomía y la medicina; inventaron un sistema de escritura jeroglífica y componían en ella poesías y cánticos. Una versión ficcionalizada de los toltecas se ha hecho famosa en años recientes entre los jóvenes lectores de todo el mundo, a través del antropólogo brasileño y escritor Carlos Castaneda.

En la medida del tiempo alcanzaron una perfección casi tan grande como los mayas. Al igual que éstos, tenían un triple calendario: religioso, solar, y uno fundado en los movimientos de Venus, el resplandeciente lucero del alba. La combinación de estos tres calendarios era también semejante al de los mayas. Tenían el mismo número de días y coincidían sus principios cada 52 años mayores; pero los toltecas daban a estos ciclos combinados una significación extraordinaria, pues al principio de cada uno, es decir, cada 52 años, celebraban su fiesta más grande, que se llamaba fiesta del fuego nuevo. Los progresos científicos que revelan tan perfecta medida del tiempo nos llenan de admiración.

Si bien es cierto que los toltecas tuvieron una gran influencia entre los mayas, no está comprobado que hubiera una presencia militar en la península de Yucatán. De lo que si se puede hablar es de una gran influencia comercial, política-religiosa en la zona, al grado que se ve reflejada básicamente en la arquitectura de muchas estructuras, como son El Castillo, el Templo de los Guerreros, de una fusión estilo Puc (seguramente influenciada por Uxmal), con diseño tolteca, así como de la presencia del Chac mool típico de Tula. La incursión de Quetzalcóatl como deidad, es otro importante elemento tolteca reflejado en Kukulkán entre los mayas.

Extendieron su influencia mediante la guerra y el comercio, tomaron de otras culturas formas distintas de trabajar la tierra y de construir templos o casas, obtuvieron riqueza y dominaron territorios, los pueblos sometidos pagaban tributo a cambio de protección militar. La guerra adquirió así entre los toltecas mayor importancia de la que tenía en las culturas que florecieron en el periodo Clásico. Aparecen militares profesionales que se identifican con ciertos animales como los guerreros águila, jaguar o coyote. En adelante, el predominio de los guerreros se hizo más intenso y el espíritu militarista caracterizó a todas las culturas del Posclásico.

Recibían artículos tan distintos como cerámica de Centroamérica y turquesa extraída del actual Nuevo México. A su vez, los productos de Tula se han encontrado en lugares tan alejados como Honduras y el sur de Estados Unidos de Norteamérica. Una prueba de la hegemonía cultural se refleja en la cerámica de Mayapán y Matlazinca con símbolos toltecas que se encontraron en lugares muy lejanos de su territorio como en Costa Rica.

Los toltecas dominaron un amplio territorio, pero no por mucho tiempo. El final de Tula se parece al de Teotihuacan, hacia 1,170 d.C. la ciudad y su centro ceremonial fueron prácticamente destruidos; sin embargo, la influencia de los toltecas sobrevivió en varios sitios. Tal es el caso de Chichén Itzá, en la región maya en Yucatán, cuya arquitectura y esculturas, como el Chac mool, se parecen extraordinariamente entre sí. Sobresale además Xochicalco con su bella pirámide, adornada con emblemas del dios Quetzalcóatl.

La ruina de Tula favoreció la entrada de otros pueblos al altiplano, varios se asentaron en Tenayuca y a Texcoco llegaron nahuas de la Mixteca. Algunos grupos de toltecas se habrían retirado a la famosa Cholula, cuyas numerosas ruinas de viejas pirámides, algunas monumentales, sirven a menudo de base a templos cristianos, que posee actualmente en gran cantidad, se dice que uno por cada día del año. La ciudad cayó sólo siglos más tarde, cuando fue saqueada y quemada por Hernán Cortés y los conquistadores españoles.

En los años cuarenta del siglo pasado, un grupo de antropólogos mexicanos designó a la ciudad de Tula, como Tollan, la mítica capital de los Toltecas, pero algunos arqueólogos, como Laurette Séjourné criticaron la medida, señalando que después de varias etapas de excavación, no se había revelado una ciudad suficiente para justificar la leyenda de los toltecas, señalando que el origen de Tollan y de la leyenda debería ubicarse en Teotihuacan, al ser el pueblo de Tula uno de los refugios de los sobrevivientes de Teotihuacan y por ello se ostentaban como Toltecas.

El historiador mexicano Enrique Florescano, miembro del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), ha retomado esta interpretación, basándose en las menciones de textos mayas anteriores a Tula, que se refieren a Teotihuacan como Tollan. Esta explicación se basa en que su ciudad es un mapa de la traslación de Venus, el cual señala su recorrido alrededor del sol. Cerca de ahí esta una montaña llamada Xicuco (Shicuco) que en náhuatl es Ombligo, cuyo significado para los toltecas es entre lo interior y lo exterior y hace una vez más referencia a Venus, esta montaña tiene que ver con su arquitectura vista desde sus edificios, que simbolizan los ciclos antes mencionados de Venus, sin olvidar que este astro aparece en las mañanas como un lucero en el horizonte, el cual recibe el nombre de Citlalith (estrella del amanecer).

Estos ciclos hacen referencias a las etapas de Quetzalcóatl para poder ser hombre/Dios, que representan las etapas de los humanos (en el catolicismo nacimiento/vida/resurrección). Esta representación fue muy significativa, prueba de ello es que en el traje de los Atlantes, se encuentran representadas todas estas etapas, como el espejo negro que hace que Quetzalcóatl, vea sus errores para purificarse.

Arquitectura

Es indudable que los toltecas aportaron cambios importantes en cuanto a las normas arquitectónicas que existían en Mesoamérica en el siglo X, uno de ellos es el empleo de esculturas antropomorfas que sostenían con la cabeza el techo de una habitación, logrando así un gran espacio interior, como se aprecia en el templo de Tlahuizcalpantecuhtli El Señor del Alba.

Se estima que Tula albergó alrededor de 30 000 habitantes los cuales vivían en grandes complejos de un solo piso con techos planos básicamente de piedra y tierra y acabados en adobe. Excluyendo la zona ceremonial, el diseño de las zonas habitacionales de Tula reflejan un plano cuadricular que definían claramente diferentes barrios. En el ámbito doméstico poseían tres distintos clases de conjuntos habitacionales, el grupo de casas, las unidades residenciales y las residencias palaciegas.

De los elementos arquitectónicos más significativos está la pirámide B con sus llamados “Atlantes”, figuras de guerreros de 4.60 m de altura y que alguna vez sostuvieron el tejado de un templo. Según los estudios estos atlantes estaban decorados con mosaicos enjoyados y plumas. Restos de pintura indican que probablemente fueron pintados para representar al guerrero tolteca-chichimeca de Mixcoatl (padre de Quetzalcóatl) o al dios estrella de la mañana “Tlahuizcalpantecuhtli”, aunque también construyeron columnas en forma de serpientes emplumadas, con la cabeza al suelo y la cola hacia arriba, sosteniendo el dintel que formaba parte de la entrada a la gran habitación.

Los restos de Tula incluyen tres templos piramidales, de los cuales el más grande está rematado por los Atlantes en forma de estilizadas figuras humanas. También destacan los frisos arquitectónicos de Tula que representan guerreros, animales poderosos como el jaguar y a Quetzalcóatl. Se dice también que la ciudad de Tula fue unas de las más difíciles de convertirse al cristianismo; que Sahagún era el encargado de hacerlo, ya que tenían muy bien estudiadas sus creencias. El misionero aprovechó el significado de la montaña Xicuco, con el Sol sobre la misma, que era una de las etapas de Quetzalcóatl donde surge como sol y Dios, Sahagún lo representó simbólicamente como un flor para que los Toltecas asimilaran sus ideas y pudiesen ser convertidos al Cristianismo.

Según la leyenda, en torno al año 1000 d.C., al ser desterrados Quetzalcóatl con sus seguidores, abandonaron Tula y se desplazaron al sur, donde posteriormente desarrollaron la ciudad maya de Chichén Itzá, convirtiéndola en su capital y en un importante centro religioso. El Chac mool representa al mismo Quetzalcóatl saliendo de la etapa del fuego escondido debajo de la tierra, representación que entrega el mismo fuego a la superficie, que es cuando Venus no aparece en el horizonte.

Religión

Su religión del tipo chamánico, no requería de lugares de culto permanente y era panteísta ya que adoraban a las fuerzas de la naturaleza, el cielo, el agua, la tierra. Sin embargo, su mundo religioso ha generado una gran figura de múltiple influencia en distintas culturas de su tiempo y grandes resonancias en la historia moderna de México: Quetzalcóatl, el dios principal del mundo prehispánico. Los toltecas consideraban que todo el Universo tiene una naturaleza dual o polar, es decir una doble condición.

Creían que el Ser Supremo lo integraban por un lado Quetzalcóatl “serpiente emplumada”, hombre y sacerdote, dios del bien que crea al mundo y símbolo de inteligencia de ese pueblo, era complementado por Tezcatlipoca, “su humo del espejo”, dios de la noche y las tinieblas, quien por el contrario destruye al mundo y habría enviado al destierro al mismísimo Quetzalcóatl, sin embargo otra tradición declara que se habría ido voluntariamente en una balsa de serpientes, prometiendo su próximo regreso. Otros dioses principales fueron Tláloc, dios de la lluvia y Tonatiuh, dios del Sol importantes dentro de la cosmogonía prehispánica.

Sociedad y economía

La sociedad tolteca se dividió en dos clases. El grupo privilegiado lo formaban  jerarcas militares, funcionarios, el supremo gobernante y los sacerdotes, quienes estuvieron al servicio de la casta militar y se encargaban de atender el culto, los calendarios y la cuenta del tiempo. Los jefes guerreros subordinaron todas las actividades a sus intereses particulares; conquistaron grandes extensiones territoriales para formar un gran imperio cuyas fronteras fueron sólo superadas por los aztecas. La clase explotada estaba integrada por los trabajadores agrícolas y artesanos (pintores, lapidarios, carpinteros, albañiles, alfareros, hilanderos, tejedores, entre otros).

La economía se basaba en una agricultura de extensos campos de cultivos irrigados por complejos sistemas de canales, para producir maíz, frijol, chile, algodón, maguey para la elaboración del pulque y el amaranto, que eran los principales cultivos; así como la producción de artesanías como el hilado y tejidos de prendas de algodón. Al igual que en otros estados mesoamericanos, el comercio jugaba un papel fundamental para la obtención de materias primas y bienes de lugares muy alejados. Además de estas actividades, también se dedicaban a la explotación de minas con cal y otras actividades.

El amaranto (huautli), nombre con el que se le conoce en la actualidad, fue en época prehispánica un cultivo básico en diversas culturas del país, entre ellas la que se asentó en Tula como lo refieren evidencias arqueológicas y datos etnohistóricos sobre su cultivo. De hecho, las provincias de Ajacuba y Jilotepec, donde quedaba comprendida Tula, durante el Posclásico Tardío (1200-1521 d.C.), entregaban a la Triple Alianza (Tenochtitlán-Texcoco-Tlacopan) tributo con maíz,  frijol y amaranto, lo cual indica que esta planta era un cultivo importante durante ese período.

De acuerdo a investigaciones realizadas en Tepetitlán, área rural de Tula, los especialistas Guadalupe Mastache y Robert Cobean descubrieron que el amaranto fue esencial en la alimentación de la cultura Tolteca, ya que evitó que estas tribus pasaran hambrunas durante las épocas de sequías. Actualmente con el amaranto se producen golosinas llamadas “alegrías”, una mezcla de amaranto con miel, cacahuate y pasitas.

La arqueóloga especialista en paleobotánica Nadia Vélez Saldaña, descubrió  que esta semilla, no sólo fue importante para la población de la zona, sino también en toda Mesoamérica, debido a que era una planta fácil de cultivar, que crece en toda clase de terreno y se almacenaba en ollas de barro por largos períodos de tiempo, sin descomponerse. Lo anterior asociado a su alto valor nutritivo, lo llevó, en ocasiones, a ser considerado el cultivo más importante de Tula, incluso sobre el maíz.

El amaranto no sólo fue utilizado como alimento, sino también como parte de las ofrendas y rituales; el uso del grano fue documentado por Sahagún y otros cronistas, quienes describen su utilización en algunas ceremonias donde se usaban figurillas hechas con amaranto aglutinando que  eran elaboradas con la técnica que hoy en día se utiliza para fabricar los dulces de “alegría”. Su importancia ritual pudo ser la causa de su prohibición a partir de la Conquista, al decrecer su cultivo hasta casi desaparecer de algunas regiones, durante la época Colonial.

El estilo cerámico Tolteca más antiguo y que antecede a la fundación de Tula, conocido como Coyotlatelco, se caracteriza por el color rojo y café de sus vasijas. Más tarde, se desarrolla un tipo de cerámica conocida como estilo Mazapa, cuya dispersión por gran parte de Mesoamérica se asocia a la expansión política de los toltecas. Sus formas alfareras más sobresalientes son escudillas con su interior decorado con líneas rectas u onduladas, pintadas de rojo intenso. A la par de ese estilo existe una cerámica llamada “Plumbate”, originaria de Guatemala, que es una de las pocas alfarerías del Nuevo Mundo con superficies que aparentan estar vitrificadas, gracias a la pintura con pigmentos minerales y su cocción a altas temperaturas.

Teorías actuales

Algunos mesoamericanistas postulan la existencia de una auténtica civilización tolteca histórica que fue mitificada por otras civilizaciones del Posclásico y tratan de discernir el verdadero propósito de los mitos, por ejemplo, al distinguir entre el gobernante tolteca histórico llamado Quetzalcóatl y la deidad del mismo nombre. Esta escuela de interpretación lee las fuentes etnohistóricas y trata de encontrar la confirmación en estas historias a través de la arqueología. Sin embargo esa distinción es imposible o muy difícil de conseguir porque los pueblos mesoamericanos en sí no hacían ninguna distinción entre los hechos históricos y míticos y las representaciones metafóricas del hecho histórico.

Otro grupo de investigadores no acepta este método tan fructífero, ya que al basar la comprensión de la historia Mesoamericana de relatos míticos que no pretenden reflejar la historia real, puede dar lugar a interpretaciones sesgadas de los hallazgos arqueológicos. En su lugar, prefieren que la arqueología hable por sí misma e interpretan las fuentes etnohistóricas para corroborar más que definir los hallazgos arqueológicos.

Como ya se ha señalado, entre los pueblos Nahuatl la palabra Tolteca era sinónimo de artista, artesano o hombre sabio, y “toltecayotl” “Toltecness” significan el arte, la cultura, la civilización y el urbanismo, y fue visto como el opuesto de “Chichimecayotl” o ” Chichimecness “, que simbolizan o significan el salvajismo, estados o pueblos nómadas que aún no se habían urbanizado.

Esta interpretación sostiene que cualquier gran centro urbano de Mesoamérica podría ser denominado” Tollan “y sus habitantes como los toltecas, era  práctica común entre los linajes gobernantes del Postclásico en Mesoamérica ligarse con ellos para fortalecer sus pretensiones de poder. Las reclamaciones de ascendencia tolteca y una dinastía fundada por Quetzalcoatl han sido hechas por civilizaciones tan diversas como los aztecas, Quiché e Itza Mayas.(jal)

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Más información http://es.wikipedia.org/wiki/Cultura_tolteca

http://www.historiacultural.com/2010/02/cultura-tolteca-mesoamerica-mexico.html

http://www.homines.com/arte/cultura_tolteca/index.htm

http://historiadelartemex-tecm.wetpaint.com/page/Cultura+Tolteca

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Una breve historia del chile

Enrique Vela

La presencia del chile entre las culturas mesoamericanas es milenaria. Aunque no se han encontrado aún pruebas de ello, es posible suponer que el aprovechamiento de los distintos tipos de chile se remonta incluso a las épocas en que los grupos que habitaban el territorio nacional tenían un modo de subsistencia basado en la caza-recolección y eran nómadas.

Sabemos que la movilidad de esos grupos estaba lejos de ser azarosa y que por el contrario respondía a un adecuado conocimiento de las condiciones de crecimiento y maduración de las especies que por experiencia se sabían provechosas. Por ello, con los cambios de estación esos grupos mudaban sus campamentos a aquellos lugares en los que encontrarían alimentos suficientes, entre ellos distintas especies vegetales.

De estas plantas se recolectaban las partes útiles, principalmente los frutos, en un proceso que se repetiría periódicamente a lo largo de miles de años, lo que dio lugar a la modificación paulatina del ciclo de reproducción de las plantas, y de sus características morfológicas, que fue adaptándose a las necesidades de consumo humano.

El chile es un buen ejemplo de este proceso de adaptación de las plantas a las necesidades humanas: lo que se conoce como domesticación. El fruto de la mayoría de las especies silvestres ve hacia arriba y tiene un llamativo color, lo que atrae a las aves que al comer el fruto contribuyen a su dispersión, pues no digieren todas las semillas y al evacuar mientras vuelan propician que la planta crezca en otras zonas. En cambio el fruto de las especies domesticadas tiende a colgar, lo que evita que las aves lo coman, reservándose para el consumo humano, y permite que sea de mayor tamaño.

El chile fue sin duda una de esas especies que resultaban provechosas para los grupos nómadas de cazadores-recolectores, pues posee propiedades que retardan la descomposición de los alimentos, cualidad especialmente útil para un modo de vida que implicaba el traslado constante y el aprovechamiento al máximo de la comida obtenida, en especial de la carne.

También debe considerarse que además de retardar la descomposición de los alimentos, el chile permite –gracias a su atributo más notorio: su intenso sabor– disimular el mal sabor de la carne en descomposición. Como sea, si el chile fue domesticado lo fue gracias a un prolongado proceso que implicó no sólo la repetida manipulación de la planta, sino la acumulación de conocimientos sobre sus propiedades y la conformación de una serie de prácticas culturales alrededor de su aprovechamiento.

La más notable de esas prácticas es la comida: el chile es un componente esencial en nuestra cocina y se le utiliza con singular maestría. Si hoy en día sabemos que no todos los chiles tienen el mismo sabor, que no todos pican igual, que unos son más adecuados que otros para determinados platillos, es gracias a esa milenaria y cotidiana interacción, la cual permitió el desarrollo de instrumentos básicos para su recolección, traslado y procesamiento. El mejor de esos instrumentos es el molcajete, que se utiliza para moler y mezclar el chile con otros ingredientes, y es tan efectivo que aún se utiliza.

Taxonomía científica

Ya en 1493 Pedro Mártir de Anglería, en sus Décadas del Nuevo Mundo, había dado a Europa la primera noticia sobre la existencia en las tierras recién descubiertas de un fruto, con tanto o más sabor que la pimienta, recogido por Cristóbal Colón en su primer viaje. Se trataba de una variedad del fruto que los mexicanos llamamos chile. Los primeros herbolarios que lo describieron le dieron el nombre de Capsicum, que ha perdurado hasta ahora; botánicos como Carl Linneé decidieron conservarlo y fue este último quien estableció, en 1753, la clasificación que en lo esencial perdura hasta nuestros días.

El género Capsicum pertenece a la familia de las solanáceas, entre las que se incluyen especies como el tabaco y el jitomate, y abarca más de 26 especies, de las que doce son consumidas por el hombre y sólo cinco son domesticadas: Capsicum annuum L. –a la que pertenecen los chiles mexicanos–, Capsicum chinense –de ella en México se cultiva el habanero–, Capsicum pubescens –a la que pertenece el chile manzano, también cultivado en México–, Capsicum frutescens L. y Capsicum baccatum. De acuerdo con Araceli Aguilar (2009), quien en compañía de otros colegas ha realizado estudios sobre la diversidad genética del Capsicum annuum, éste y el Capsicum frutescens son especies domesticadas en Mesoamérica.

La planta del Capsicum annuum es de tallo leñoso y generalmente tiene la forma y la altura propias de un arbusto. Por lo general las flores son de color blanco y en algunas ocasiones son verdosas. La forma del fruto, su tamaño y su color son más variables en la especie annuum que en cualquier otra del género Capsicum. El fruto puede alcanzar distintos tamaños, desde poco menos de un centímetro hasta 30 cm de largo, y las formas van de lo redondo a lo alargado, en colores que oscilan de distintos tonos de amarillo y verde en estado inmaduro a rojo y hasta café al madurar.

La mayoría de las especies de chile que se cultivan ahora en el mundo pertenecen a la especie Capsicum annuum. Su relativamente corto periodo de crecimiento y la existencia de variedades con distintos grados de picor, del moderado al muy intenso, han hecho que esta especie sea una de las preferidas en el mundo. Contra lo que pudiera pensarse por su amplia difusión y utilización, no es México donde se le produce en mayor cantidad; de hecho México es el sexto productor a nivel mundial, detrás de países como China, España, Turquía, Nigeria y la India.

Los chiles en la mesa

Entre los rasgos que identifican a una cultura, la comida es uno de los principales. No sólo determina buena parte de las estrategias productivas y se encuentra en la base de cualquier sistema económico, sino que contiene en sus ingredientes, sabores, colores y olores, una manera determinada de obtener las energías necesarias para el diario transcurrir, además de una especie de memoria gustosa de lo que ha sido la vida.

En la comida se reproducen cotidianamente pautas culturales que no sólo nos identifican con una tierra o un grupo, también nos transmiten un modo de asociarse con la naturaleza que nos brinda el sustento diario y nos enseña modos de relacionarnos con los otros.

El chile ha estado tan presente en la cultura mexicana que tan pronto se supo de sus propiedades, es decir, sus pros y contras –si es que tiene estas últimas, se establecieron sus usos. A lo largo de los milenios en que nuestros ancestros utilizaron tanto las especies domesticadas como las cultivadas, se aprovecharon sus cualidades, es decir, se aprendió a comerlo, a reconocer sus distintos sabores y grados de picor, para así combinarlo con otros ingredientes. Es esta sabiduría acumulada la que ahora nos permite disfrutar, no pocas veces con un dejo de sufrimiento, de una multitud de guisos sabrosos y picosos, como mandan los cánones.

El chile ha condimentado la mesa de los mexicanos desde hace milenios, crece a nuestra vera sin mayor problema y cada mercado nos ofrece la variedad deseada en todo momento. Prácticamente no hay comida mexicana sin chile. El maíz, el frijol, el tomate y la calabaza –los otros cuatro grandes de la gastronomía nacional– no necesariamente forman parte de cada platillo, el chile sí; baste recordar la frase de fray Bartolomé de las Casas: “Sin el chile [los mexicanos] no creen que están comiendo”, o aquella otra del barón Alejandro de Humboldt que asegura que para los de estas tierras el chile era tan necesario como la sal.

Su función de condimento es la que otorga al chile esa función de complemento necesario y hasta insustituible para el curtido paladar nacional. El chile, fresco o seco –fresquísimo en algunos lugares y en otros “pachiche”, pero siempre listo y bueno para comer–, se encuentra ya en modestos mercados, ya sea vendido, casa por casa, por los vecinos de recónditos pueblitos, o envasado en supermercados del país y el extranjero. El fruto de las plantas del chile es paciente y espera por quienes quieran comerlo y descubrir la potencialización que hace del sabor de cada uno de los alimentos.

Arqueología Mexicana, edición especial No. 32

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