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 Fausto Vega y Gómez

 Mi amigo Ricardo Garibay es un recuerdo fuerte y pródigo, con él rescato la tajada del mundo que nos tocó compartir. Él, en sus escritos, da cuenta de esas volteretas que hoy nos parecen felices.

La obra de Ricardo Garibay tiene dos vertientes: la creativa y la autobiográfica. Esta última nos guía en la otra y da sentido y rotundidad al trabajo excelente. Toda autobiografía propone astucias para que el lector deshaga juicios apresurados, tenga confianza en la lectura y discierna más hondamente a través de la neblina de lo vivido. Insistir en la propia vida puede calificarse de narcisismo; pero también es soporte del descubrimiento y el analogón de semejanzas y desemejanzas. La propia vida se erige en certidumbre de situaciones que requieren contemplación y relieve, se convierte en modelo de situaciones y se coloca en un topos uranus, intocable. Los pasos dados confunden y desorientan y observarlos, analizarlos y recrearlos revelan conductores que desentrañan al mundo. Ricardo Garibay no explica, porque para él la vida es la serie de desprendimientos dolorosos, de episodios sin referencias, de sucesos injustificados, un caos que sólo discierne el trabajo literario.

Obviamente que tratamos de la obra de Ricardo Garibay, no de la vida de Ricardo Garibay. Sus novelas, sus testimonios, sus cuentos, su obra escénica, constituyen narraciones en dos situaciones, la violencia y la vida amorosa. La violencia nos revela el mundo fracturado y amenazante y el escritor, por su tarea, nos entrega los elementos repetitivos, modulares, que estructuran y profundizan la angustia de vivir. Su arquetipo, en un caso, es la Ilíada, la confrontación decide la intervención de los dioses, la derrota o el triunfo. La presencia del héroe, el guerrero que va a su sacrificio, sin marca de temor, seguro de su adiestramiento y en la injustificada legalidad subjetiva de sus actos, de su arbitrariedad, que castiga el delito, la traición y el agravio, es la fuerza vigilante que iguala y nivela la turbulenta pluralidad de las pasiones.

En la vida amorosa, otra forma de violencia, el mundo se precipita y se desorganiza en la desconfianza y el resentimiento. Es siempre una pasión frustrada en la que el otro, derrotado siempre, trata de reconstruirse. Su arquetipo es “El Cantar de los cantares” y la poesía mística, la contemplación por antonomasia, la transfundición en la sed del otro, para sufrir esa sed y esa congoja. La posesión tiene un correlato en la desesperación de la orgía, caos minúsculo y funcional. Un momento de liberación que destroza medios, fines, causas y efectos. Que se da como deslumbramiento y ceguera.

Un mundo que se integra en la banalidad, aunque a veces brille un momento excelso, que pasa a ser válido por su rescate en palabras, por el orden en que estas construyen, agrupan y dominan, mediante extraordinario equipo léxico que nos inducirá a la persuasión y a la identificación creíble. Los tropos, los oxímorones, las paradojas, los metaplasmos, los monólogos, los anacolutos, más las relaciones unívocas y equívocas, el ornato y toda la catarata de eventos retóricos, verbales y cinematográficos, son gala de una técnica y una preparación esmerada en la lectura y en la reflexión persistente y entrenada, para lograr la comunicación esencial y espiritual que le corresponde. No es que haya precedentes de preparación casi escolar para lograr la firmeza del texto. El texto es la vida y se identifica en el lenguaje y sólo por él se resuelve como inteligible. Por el lenguaje y por sus modalidades se establece el lazo comunicativo que entusiasma, conmueve, ofende y explica. Darle nombre al acontecer supone lograr la percepción absoluta, porque todo queda iluminado en espíritu, porque se comparte la complejidad del hombre y la virtud de las cosas y en la medida en que los recursos de la palabra acentúen la insustituibilidad de la comunicación se logra el grado de belleza en que las personas, las situaciones y las cosas surgen y se ennoblecen.

Ricardo, por la desigualdad revelada, dibuja un horizonte de posibilidades funestas, la relación con el padre, con la cotidianidad de la pobreza, con la vacuidad de las imposiciones del actor, con la intemperancia de los semejantes y desemejantes, con la impasibilidad de un paisaje y una geografía de parajes, en su mayoría desolados. Después, la vida estudiantil, los maestros superfluos, los compañeros iracundos y fatuos, la contigüidad con inteligencias paralelas y la ilegítima confabulación de la blasfemia y de la conducta ominosa. Tal vez, esto se supere en la luz del sentimiento culposo; por la atracción física, por el amor, por la posesión, y al final, algo muy semejante a nada, como el deshojamiento de la cebolla que sólo nos deja irritación en los ojos.

Los símbolos de estas situaciones depresivas son constantes y ambivalentes. Escaso mobiliario, exteriores manchados por el abandono, tardes desteñidas, patios inconclusos y sueños espinosos. Después, la desgana de ganarse la vida, los empleos miserables, las situaciones vergonzosas y el fracaso abusivo y deprimente. Ahora el desamor desaforado y conseguido y su fragilidad y su perfume derramado y su rescate imposible. Sólo al fondo la integridad de la casa íntima, intocable, protectora y duramente opaca. La superación de esta condición se logra por el humor, por la observación narrada de los pocos recursos de los otros, de sus manías y ampulosidades, de sus afanes y estrellamientos. Sus expresiones denotan pobreza y distancia, avidez y desolación que atenúa la mordedura de la burla, del despropósito o de la cohibida ternura. Nos regocijamos con el Púas, con las semblanzas de funcionarios de estopa y de cal y canto, y con la narración de desahogos amistosos, sorpresas proditorias y anhelos dirimentes.

Garibay enfrenta en la lectura, la figura del otro, el palabrerío ejemplar y el desacuerdo de los mundos. Entresaca las narraciones en las que fulgura la sorpresa, el valor, en ambas acepciones, la frase certera y alucinante, el prodigio de la economía verbal, la onerosa composición siempre dramática de la sucesión de los días. Ahí Ricardo es feliz, ahí está apostrofando y sorprendiéndose siempre de la riqueza humana. Esto es lo positivo, esto es lo rescatable y lo que plenamente vive en sus desvivideras, lo que no está en palabras, no existe, requiere del nombre, de la voz y del alumbramiento de los otros en comunicación renovada y constante. Él se reiría de que lo querramos enredar con Bajtín, Habermas, Derridá, Benjamín, Barthes, Greimás, Todorov, Kristeva, Certezu o Glaspell y otros. Su jerarquía no admite estas erudiciones, aunque, tal vez, reconociese su estimulante polifonía.

Ésta no es su medida, él es su trabajo y su patrón lo decide el que los Hermanos de Hierro, lo sean, y sea El Coronel, y sea El Capitán frijoles y El Capitán Pineda y sea Alejandra y sea Mayra y cada uno de sus actuantes. Su idea de perfección no se encadena a condiciones mediáticas, su territorio está en el ámbito de lo literario, de las ficciones de los demás y de las propias, lo que surge por el don de la palabra que enlaza, aunque hable de rupturas y desolaciones, porque la sorpresa del nombre siempre único y recién pronunciado implica alegría, coronación del entendimiento, reiteración de lo humano sorprendente y eterno.

La palabra en Ricardo Garibay es arcilla con la que se moldean las apariciones que en el temple heroico de la vida proliferan, nítidas, aisladas y paradójicamente siempre juntas. Su mundo literario se manifiesta en esta presentación de esencias. Querría la inmovilidad que proporciona la palabra divina y el reposo de un equilibrio omnisciente, que soporte el vértigo y la mudanza.

Ricardo Garibay atisbó la vida con poco dispendio. Creció en su variedad, en su excelencia y en su poquitería. Su trabajo consistió en dar cuenta de esta ebullición injustificada. En sus escritos no hay apelación a instancias distintas a las de los hombres para resolver los misterios de la desigualdad y del fracaso. Tampoco explica, cuenta, se asombra, se humilla y desafía arrogante la inteligencia que lo contrasta. No se ofende porque no exista la perfección, tampoco se alegra del deterioro. Él no es un observador desinteresado, despliega su adhesión a las hazañas que lo comprometen y lo concitan a la acción, no se conforma con ver, actúa y es un modificador de su circunstancia sin importarle el juicio a posteriori que lo exalte o lo sacrifique.

Desconfía de la historia y por tanto del tiempo, porque es igual, porque crece mediante yuxtaposiciones y en cada extracto repite grandeza y desazón en un diálogo desesperado por certeros errores. Rescatar al mundo es una proeza, porque supone solidaridad y arraigo y hacerlo mediante la palabra conforta aún más, porque se le asigna un sello de perpetuidad que legitima la libre determinación de vivir. Para Ricardo esta fue su batalla y su triunfo. Ser escritor fue la confirmación de su ser libre para repetir la violencia creadora y la refundación en el amor y su imperio.

 

Texto leído en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes

  Fausto Vega y Gómez Nació en Córdoba Veracruz en 1922, estudió en las facultades de Derecho y Filosofía y Letras de la UNAM. Perteneció al Grupo Hiperión, es Secretario de El Colegio Nacional.

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Nació en Tulancingo, Hidalgo, el 18 de enero de 1923 y falleció en Cuernavaca Morelos, el 3 de mayo de 1999. Estudió Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde fue profesor de literatura; trabajó asimismo de inspector taurino, aprendiz de boxeador, burócrata, jefe de prensa, guionista cinematográfico, reportero, comentarista radial y conductor del programa televisivo Calidoscopio: Temas de Garibay, en la cadena pública Imevisión, programas realizados con gran disposición pedagógica en un hombre que decía “tener pocos diálogos, pocos amigos”, y que bien merecerían ser rescatados.

Becario del Centro Mexicano de Escritores, de1952 a1953 y condiscípulo de Juan José Arreola y Juan Rulfo, ingresó al Sistema Nacional de Creadores Artísticos (SNCA), como creador emérito, en 1994. Como periodista colaboró en las revistas de la Universidad de México y Proceso (cofundador), y en los diarios Novedades y Excélsior. Fue asimismo presidente del Colegio de Ciencias y Artes de Hidalgo.

Publicó casi sesenta libros y se abismó como polígrafo consumado, en todos los géneros que manejó, novela, cuento, crónica, ensayo, memorias, artículo periodístico, semblanza, comentario, viñeta, retrato, reportaje, guión cinematográfico, teatro, quizá sólo le faltó incursionar a fondo en la poesía. Su obra se agrupó en Obras reunidas, 10 tomos, editados por editorial Océano, el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo, el Fondo Estatal parala Cultura y las Artes de Hidalgo y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2002-2005.

En las Obras Reunidas, el autor comparte sus propias visiones y sentires acerca de la literatura y la vocación del escritor, experiencias a las que asistió no como quien tiene una revelación, sino a través de una poderosa necesidad, acaso una necedad, que él mismo expresaba de la siguiente manera: “El oficio hay que practicarlo una vez y otra vez, y otra vez, y todos los días, y no tener más afán que esa necesidad de seguir escribiendo”.

Fue distinguido entre otros, con el Premio Mazatlán 1962, por Beber un cáliz, recibió el Premio Nacional de Periodismo en 1987, el Premio al mejor libro extranjero publicado en Francia en el año de 1975, por La casa que arde de noche y el Premio Narrativa de Colima, por Taíb en 1989.

La recuperación del tiempo pasado es primordial en las memorias de Garibay, también el ajuste de cuentas con la figura paterna que nos muestra Fiera infancia, ¿Sin esa niñez hubiera sido el mismo escritor?, regresar a los primeros años para aclarar el presente es la misión del escritor, quien describe las atmósferas de aquel mundo donde los niños carecen de voluntad propia y se someten a los adultos, y la tristeza es una constante a vencer.

A pesar del sufrimiento en la infancia, hay momentos en los que el escritor se jacta de aquel personaje que hubo de representar, lo cual exhibe los extremos en los cuales transcurre la vida-obra del novelista. Yendo del miedo a la soberbia, nos muestra los polos de su infancia: el dolor no superado de un niño maltratado y el adulto resentido con la infancia y con el padre que le asignó la vida.

La figura femenina emerge como un bálsamo de redención (la figura materna que tanto lo protegió), el amor que no encontró en Dios lo descubrió en las mujeres que amó. No es gratuito subrayar la importancia del estudio de los místicos españoles (Santa Teresa, Fray Luis, San Juan), como tampoco la lectura minuciosa de El Cantar de los Cantares. Sus intereses estaban fincados en la recuperación de aquella espiritualidad, en la necesidad de asirse, aunque fuera mediante la razón, al dios de sus padres.

La crítica le ha reconocido unánimemente su enorme capacidad para captar el habla popular y sus giros, el coloquialismo mexicano, que tiene en Juan Rulfo y Ricardo Garibay a sus principales artífices. Una de sus características en el uso de la lengua, fue su predilección en el habla del vulgo. Con la poesía y la música utilizó su oído privilegiado para procesar, reproducir y recrear lo captado, convirtiéndolo en un arte acústico.

Su apasionada consagración  a la palabra -oral o escrita- lo retrata desde sus primeros libros, sus hallazgos formales los lleva hasta la exuberancia, presentes ya en Beber un cáliz, donde utiliza la literatura para perdonarse sus culpas y exorcizar sus demonios, para José Emilio Pacheco, esta obra “significa para la prosa mexicana lo mismo que Algo sobre la muerte del mayor Sabines, para nuestra poesía”.

Catalogado como denunciante con imágenes, su musa era mundana e hiperrealista, oído excepcional en el diálogo callejero desconfió en cambio de la utilización de su don como oído histórico, con su falsete ideológico. La crítica se divide entre la censura y el elogio, unos se inclinan por La casa que arde de noche (1971), otros por Bellísima bahía (1968), o Beber un cáliz (1962), el propio Garibay creía que Par de reyes (1983) era su mejor creación.

Decía que leer es un acto de humildad, de devoción, de reverencia; escribía con pasión alerta y reconocía que no había más camino que el de las palabras y las letras, fue un artesano desvelado por la belleza, que supo hacer de su amoroso desvelo una norma de conducta.

A los jóvenes escritores recomendaba: “Ser sumamente humildes frente a su oficio y sumamente soberbios frente a los demás, no arrodillarse jamás ante nadie, ser verdaderamente un lépero ante la autoridad y un perro con la cola entre las piernas ante el propio afán de escribir; nada más.”

Dice Vicente Leñero: “El de Tulancingo Hidalgo, nunca llegó a ser lo que quería y debió ser por derecho propio: un escritor reconocido arrolladoramente, premiado y aplaudido por un público unánime, en punta de los que conforman su generación y de los que vinieron después y no alcanzaron a forjar un estilo tan propio, una prosa de cadencias tan bravas, un amor tan perfecto al oleaje feliz de las palabras.”

Nunca, nadie, en la historia de la literatura mexicana, escribió tanto y tan bien como él, y a pesar de ello nunca una obra fue tan ninguneada por la cultura oficial, los suplementos culturales, las revistas literarias y los estudios académicos, como la suya.

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Ricardo Garibay

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Una antología mínima del mejor escritor hidalguense y uno de los autores imprescindibles de la literatura mexicana del siglo veinte. Su apasionada consagración a la palabra, lo retrata desde sus primeros libros donde plasma sus hallazgos formales. Escritor con estilo propio y prosa de cadencias bravas, de amor arrebatado al oleaje feliz de las palabras, tuvo amigos que le duraron toda la vida y fue leal a sus pasiones. Su paso levantaba polémicas y enconos, una parte de la crítica describió su personalidad antes que su obra. Trabajó todos los géneros literarios, el conjunto de su producción artística provoca aún en sus lectores la censura o el elogio.


Notas autobiográficas


Mi padre se llamaba Ricardo Garibay Zendejas; mi madre, Bárbara Ortega Céspedes; la sangre de él venía de Jalisco, de Autlán de la Grana; la de ella, de Metztitlán, en Hidalgo. Ambos tenían un amor muy preciso para leer y escribir; escribían con pulcritud, hasta con hermosura, y él leía como a nadie he oído mejor: los versos brotaban con misterio de su voz, musicales y dolorosos, y la prosa conseguía una como grandilocuencia natural que la alejaba de quehaceres cotidianos. Así, desde el principio supe que esas tareas, leer y escribir, siendo cosa de todos los días, son lujo.
Mi abuelo materno, que murió santo, se llamaba Domingo Ortega y hacía versos; su primogénito, Domingo Ortega también, era poeta de inspiración frondosa y brillante, y anda en antologías hidalguenses. Éste fue mi primer maestro, el más severo de cuantos he tenido. Su saber y su memoria eran grandes; en su poesía hay oro macizo. De no haber existido su mexicana provincia —que es espíritu enjuto y voraz— ahora todos juntos diríamos sus poemas.
Me hablaba de clásicos, de románticos, los recitaba sin término; me sometía a ejercicios de rima y de ritmo, enderezaba mis adjetivos, los aplaudía, los tachaba; se alegraba de mis esfuerzos, pero buscaba constantemente contagiarme la humildad que la vida le había hincado en el alma; detrás de cada elogio aparecía la censura, la corrección, la exigencia. “No está mal, está bien, este verso es muy bueno, es muy bueno… pero acuérdate, fíjate en los acentos… estás lejos todavía…” Detrás de su amor vigilaba su asco por el envanecimiento.
Murió como si tuviera cientos de años, de tan sabio, de tan resignado, de tan desdeñoso de sí. Su retrato está en la pared principal del aula principal de la escuela en Metztitlán; desde allí sus ojos, un poco de águila, un poco esa tranquila y soberana furia, contemplan el caserío y los campos que él tanto amó, los que pudrieron y devoraron su destino.
Mi abuelo paterno, José de Jesús Garibay, fue jefe político de muchos pueblos durante el Porfiriato; era coronel temible y versificador melancólico, y de sus hijos, Jaime Garibay era amigo de Abreu Gómez y ganó juegos florales de poesía en los años veintes.
Mis dos abuelos se conocieron en Molango una noche, pronto hará un siglo. Como número fuerte de la fiesta ambos dijeron sus versos. No se volvieron a ver, ni nada en mucho tiempo fue indicio de que se juntarían conmigo.
Es decir: la literatura era ejercicio tradicional en mi casa, por las dos ramas. Los autores —españoles, franceses, mexicanos— eran viejos conocidos, personas amadas, personas de nuestra intimidad. No que fuéramos casa de gran biblioteca, quehaceres literarios profesionales, amistades eminentes entre los hombres que escribían entonces; pero siempre hubo allí libros y lecturas y un soñarse ilustres porque vivíamos con la certeza de ser familia de escritores y que los escritores son gente que guarda un secreto precioso. Y era como si pensáramos: “Alguno, alguno habrá de lograrse, esperamos desde quién sabe cuándo, alguno de nosotros tendrá que ser; y entonces verán, verán los demás entonces por qué aparentemente no éramos nada ni nadie”.


Mi padre, viéndome abandonar la carrera de abogado, leer y desvelarme escribiendo, embestir obstáculos que yo mismo multiplicaba a mi alrededor y no atinarle al éxito desde ninguna trinchera, decía con pena y con esperanza: “Éste ya tropezó, ni modo… Ahora, lo de ser escritor.., pues a ver si sale, aunque no sea gran cosa, pero a ver si sale”. Salí; aunque todavía espero no cumplir completamente su esperanza.


El clima de mi casa era severo: principios sólidos, duros como hierro, y catolicidad vigilante, sin muchos rezos, como conciencia diaria de ser y de deber ser.
Nací en 1923. Mi infancia, mientras escribo esto, se me aparece bajo tres luces: el terror ante mi padre, la exasperación y la fatiga en el templo, la algarabía y la guerra en la calle. Es posible que en cual quiera otra ocasión se me aparezca bajo luces diferentes. Era yo vivaz y cobarde y vivía cercado de pesadillas. En la escuela hacía con fácil velocidad los trabajos de los más fuertes, para que me protegieran contra los más débiles. Yo no peleaba por nada del mundo. Hace unos años le propuse a un escritor amigo un cuento, que él escribió y yo no he podido escribir: un niño a la hora del recreo es amenazado por otro: pelearán “a la salida”; entre el recreo y el fin de clases hay dos horas, y durante dos horas agoniza el niño primero esperando el momento de los golpes, mientras el maestro habla del género gramatical, la fronda de un manzano se mece en el patio, y los muchachos se pasan de pupitre a pupitre apresurados papeles que hablan de la riña inminente.
A mis 12 años dijo una maestra: “Garibay tiene facilidad para redactar”. A los 13 escribí varias cuartetas y un soneto. Mi madre decía, a propósito de cualquiera cosa: “Un soneto, ha escrito un soneto”. Comencé a escribir a toda hora en la preparatoria, a los 17 años. Me animaba Erasmo Castellanos Quinto, amado, sapientísimo.
En 1941 leer y escribir eran ya mis ocupaciones exclusivas. Con Henrique González Casanova, Fausto Vega, Gustavo Galindo —desgraciadamente hoy banquero— y con Juan Noyola —tan respetable después, tan lamentable su muerte— discutía yo sin respiro y con perfecta ignorancia problemas que veíamos accesibles y que otros jóvenes —los de todas las épocas, supongo— tampoco han resuelto: A dónde vamos y de dónde venimos, o Qué es la tragedia, o La existencia o inexistencia de Dios.
Después, años profesionales, Facultad de Jurisprudencia, Facultad de Filosofía y Letras, El Colegio de México, teatro experimental. Nada de aulas, mucho billar, gimnasio, amor —“tan cerca de mis ojos, tan lejos de mi vida”, por supuesto—, libros y música y soledad. No la soledad de veras, que se ha vivido momentáneamente en años adultos, sino la que el hombre de 20 años fabrica dinamitando puentes a su alrededor, la que viene de la madurez del embrión, de la congestión de riquezas apenas esbozadas alma adentro.
Ya sabemos que tiempo andando esas riquezas se esfumarán y en el alma quedarán sólo palabras: humo de la boca en el jeroglífico chino. Esos años, 1942 a 1946, confirman mis ineptitudes y mi vocación. Son años de gimnasia literaria. La Biblia, la Ilíada y la Odisea muchas veces, Siglo de Oro español, franceses, ingleses, alemanes, americanos y mexicanos de este siglo. Proust, Joyce, Faulkner, Wassermann, Vasconcelos, Gabriel Miró, García Lorca, San Juan de la Cruz, Bach, Beethoven, Debussy son principales.
Escribía —escribíamos— todas las madrugadas, caminábamos todas las noches de punta a punta el Paseo de la Reforma, hablábamos y fumábamos. Nuestra facha era casi surrealista: éramos grandes señores nocturnos llenos de rencor, sin fortuna, sin mujeres, sin vicios, sin virtudes, greñudos y presagiosos; los que ya nombré y Rubén Bonifaz y Jorge Hernández Campos.
En 1948 me caso, reanudo los estudios de abogado, consigo y pierdo empleos. Hasta 1955, mis hijos, subir y bajar, escribir en suplementos dominicales, en revistas literarias, dar conferencias, andar en mesas redondas sobre temas varios —todos los temas—, beca del Centro Mexicano de Escritores, jefe de Prensa de la Secretaría de Educación. Años de actividad febril, de muy sensibles cambios de fortuna y de exasperante y exasperado ensayo de mi oficio.


Saber leer


A. Leer es pasar los ojos, la voz, las orejas y el entendimiento por la escritura de alguien de mejores luces y ciencia que las propias.
De ahí, leer es un acto de humildad, de devoción, de reverencia. Es asomarse desde el hombro del insigne a un mundo velado hasta ese momento, vedado. Es el acto primero del hombre culto, es primaria civilidad sobre la cual habrá de levantarse mi participación en el espacio y tiempo que me pertenecen. Sobre los hombres de “vida más entregada a leer que a vivir” se construye el prestigio y la fuerza de las naciones que entran por derecho propio en los jardines de la historia. Debe afirmarse que hombre sin lectura es apenas él mismo, es a medias, bien mostrenco, sin dueño y sin destino. Y en esa ausencia de dueño él es el principal ausente.
Pueblo que no sabe leer no sabe ver ni oír ni hablar, menos aún sabe pensar y no sospecha los daños que le acarrea su mínimo diccionario ni cuánto de su barbarie o su tropiezo se debe al torcido sentido que pone en sus escasas palabras. Abecedario pedregal donde el amor no alienta nunca, no puede hacerlo.
Vía la más corta hacia la trastienda de toda actualidad es el balbuceo del gañán, su altanera ignorancia: la incubadora de trampas, demagogias y odios completamente de espaldas al espíritu: su enemistad hacia los libros, su bruta certeza de estar viviendo una verdad de tal manera evidente que no necesita comparaciones ni demostraciones. Y pueblos enteros hay que son gañanes.
Andrés Maurois titula uno de sus más finos trabajos: “Lectura, mi dulce gozo”. Y en los años de preparatoria nos decía Castellanos Quinto, a quien jamás pagaremos la deuda que nos dejó su mucha paciencia y sabiduría: “Lean, muchachitos, lean con toda seriedad, lean en voz alta, pónganle tonada a las palabras y léanlas cantando, escúchense. Es enorme el gozo de saber que de la propia y pobre boca sale de pronto, por ejemplo: ¡Canta oh diosa la cólera de Aquiles Peleidón…!”.


B. En los cursos de derecho romano tuve un maestro viejecito y muy burlón de los métodos universitarios de enseñanza. Llegado el examen nos llamaba de cinco en cinco. “A ver, jóvenes —decía— abran su libro de texto, y uno después de otro, comenzando por la izquierda, lean en voz alta la página setenta y dos.” Cuando acababa la lectura él decía: “Por supuesto, están reprobados. ¡En primer año de jurisprudencia y ni siquiera leer saben! Pero en fin, tomen otra oportunidad, para que adviertan que tampoco entendieron nada de lo que leyeron tan mal”. Y así era, no había uno que leyera una oración como Dios manda ni que —mucho menos— diera con el tema mientras lo destrozaba estropajeando.


C. Gañán es el extranjero en la letra impresa. Es muy difícil que un gañán diga la verdad públicamente. También es muy difícil que la diga en privado. Fundamentalmente es hombre que vive a sus expensas y sin freno; se saquea de continuo como quien echa una vez y otra neciamente el cubo al pozo seco; y como la lectura es cosa ética antes que cualquiera otra cosa, discipulado antes que nada, y él no se ha arrimado a la sombra de los mejores, no tiene voz maestra que le grite en su desenfreno: detente, espera, ya vas de nuevo “de tumbo en tumba”.


D. No es infrecuente que me busque algún joven.
—Quiero escribir.
—Mal cuento —digo.
— Porqué? Nada me importa sino escribir. Si usted me ayuda…
—Bueno, en tal caso aprenda a leer, primero —digo.
El chico se echa a reír, luego dice que sabe leer, no ha hecho más desde su nacimiento, se siente saturado de autores y le urge comenzar a escribir.
—Bien —le digo—, lea esta página en voz alta.
Sale sabiendo que no sabe leer y que deberá leer a diario en alta voz, escuchándose, siquiera dos o tres páginas de la Ilíada, o de la Biblia, o del Quijote, y que nos veremos dentro de seis meses, cuando él mismo no reconocerá su propia voz, ya redonda y atinada, horneada para siempre en ese tan breve tiempo en los más altos hornos.


Sin lectura no hay memoria reflexiva

Se solicitan lectores con o sin referencias
La experiencia es la memoria reflexiva; cuando se dice que un viejo, por el hecho de serlo, es un hombre con experiencia, se está diciendo una tontería. El hombre común, cuando envejece, es simplemente más estúpido que cuando era joven; pero si se trata de un hombre que ha pasado la vida leyendo, ése sí tiene experiencia.
La experiencia es memoria reflexiva, y la reflexión sólo puede venir de los libros. Sólo se tiene experiencia reflexiva si se guarda memoria de lo leído, y el libro es, casualmente, el ingrediente principal de la memoria; el ingrediente primordial de la inteligencia que echa mano del pasado conocido para poder explicarse el presente, para poder contemplar el futuro. O si se quiere al revés: es la memoria la que hace posible que desde el futuro previsible, se contemple el presente, se organice y se le dé sentido al pasado; esto sólo es posible a través de los libros.
Si no hay lectura no hay memoria reflexiva, no hay inteligencia, no hay lucidez, no hay posibilidad de comunicación entre los seres humanos. La comunicación quedaría reducida al habla popular, que es obrera, que es campesina, o en el mejor de los casos burócrata, y ésa es una habla que no define y no califica el universo; que repta con vaguedad por la orilla del mundo, citando esa excelente frase de Paz.
Leer es pasar los ojos, los oídos, los cinco sentidos y la inteligencia, por cosas que han escrito hombres mejores que nosotros. Borges recuerda a Montaigne, a propósito del libro, y dice que una biblioteca es una suerte de espacio mágico, donde los habitantes, que son los libros, son el producto de la inteligencia de los mejores hombres que ha dado la humanidad; y esas obras sólo esperan que nosotros las abramos y comencemos a leerlas. La mejor compañía está siempre en un libro, algo que ha hecho un hombre mejor que nosotros, y que ha empleado todo lo acumulado, en lo vivido, para entregárnoslo como una forma de felicidad; esto es un libro.
Un pueblo que no lee, es un pueblo que acabará en la servidumbre de algún imperio; un pueblo que no lee, es un pueblo que pare y macera gigantescas cantidades de analfabetas. Esto a una nación la lleva a la servidumbre. Las naciones poderosas del mundo están a la carga, de manera muy enfática, muy precisa ¿haciendo qué? leyendo.
La investigación es leer forzosamente; aunque alguien sea biólogo o químico, y su principal trabajo esté en el laboratorio, si no está amparado por la lectura de lo que se ha realizado en el orden de su materia, no avanzará. Leer es investigar; investigar es desentrañar los misterios de la realidad cotidiana, y dominar esa realidad es avanzar y evolucionar. El pueblo que no lee, no avanza y no evoluciona hacia ninguna parte. En gran medida, la servidumbre que tenemos frente a los Estados Unidos, viene del sólido analfabetismo de nuestras clases medias y de nuestro pueblo en general.
Desprecio por la inteligencia
Al triunfo de la Revolución, los hombres que la llevaron a cabo, eran gentes de mucho coraje, o sea de mucho arrojo y valentía; los intelectuales eran los amanuenses de los guerrilleros que tenían, casi por obligación, un profundo desdén por el mundo de la inteligencia. Yo creo que desde ahí arranca este desprecio de los gobiernos de la República por la tareas de la reflexión; entonces desde el triunfo de la Revolución contemplamos que la educación pública se transforma en instrucción pública, cada vez más exangüe, limitada, débil y menos necesaria.


Se pone muy poca atención en los niños de la primaria y en los jóvenes de la secundaria y preparatoria. Con esto las universidades reciben enormes muchedumbres de jóvenes casi analfabetas, que no han leído, que no se les ha fomentado la lectura, el amor por la palabra escrita, que es la única vía por donde los pueblos se superan. ¿Cómo es posible que esto suceda en un país de ochenta y cinco millones de habitantes? Eso se debe a un desprecio oficial, desde 1917, por la lucidez, por la tarea de la quietud que es leer, que es escribir, que es entender antes de actuar. De esto no se ocupó la gran revolución. Se dice: “Hay que comer, hay que vestir y tener un techo”, sí, eso es fundamental, si no, no se puede hacer nada; inmediatamente después de eso hay que ponerse a leer y hasta ahí no ha llegado la Revolución mexicana; es un dato muerto en la experiencia colectiva nacional.
¿Qué se puede hacer para tratar de corregir esto? De un libro se editan en nuestro país tres mil ejemplares; uno de mis primeros libros tardó diecinueve años para que se publicara la segunda edición; ahora ya soy un autor muy leído y se editan diez mil ejemplares de un libro y tardan más o menos un año en venderse. Eso es verdaderamente ridículo en una ciudad de dieciocho millones de habitantes, en un país de ochenta y cinco millones ¿qué se puede hacer para que la gente lea? ¿Qué puede hacer la Universidad, que parece ser la única institución cultural que se ocupa de este gravísimo problema? La propuesta es que se editen libros de autores mexicanos y extranjeros en grandes volúmenes, para ponerlos al alcance de los jóvenes que no tienen dinero.
Hacer de cada libro tirajes de cien o doscientos mil ejemplares y mandarlos a toda la República a un precio de costo. ¿Esto supone una erogación muy grande? Sí, esto no supone un negocio, al contrario: conlleva la pérdida de mucho dinero, pero supone ganancia de espíritu, creación de verdadera ciudadanía, cohesión nacional, conciencia del pasado; supone una preparación eminente y poderosa hacia el futuro a cambio del dinero que se gasta. ¿Cuánto se gasta en organizar un campeonato de futbol? Costaría mucho menos dinero hacer un plan editorial masivo, gigantesco y llevar a los rincones más remotos del país a los autores de nuestra lengua; esto es lo que hay que hacer.


Estamos cavando nuestra propia tumba
Una empresa de estas proporciones debe estar amparada ciento por ciento por el Estado mexicano. El editor privado que expone su dinero debe ganar, yo estoy de acuerdo, pero el Estado debe poner un coto, un límite a la ganancia, no desconocerla, es nuestro sistema. No es posible que un libro que antes costaba veintinueve pesos ahora cueste ochenta ¿quién puede comprarlo?, ¿qué estudiante, por el costo del libro, puede leerlo? Tendrá que acudir a la biblioteca, y éstas son muy deficientes; tienen pocos libros y poca organización.
El resultado es que egresan profesionales, de cualquier carrera universitaria, sumamente deficientes, de una extensa ignorancia, tanto médicos, abogados o maestros de literatura. Son gente que ni siquiera domina con cierta higiene el lenguaje diario. Bajo estas circunstancias no es posible que se armen generaciones eficaces para oponerse a la terrible embestida del imperio norteamericano, que busca ponernos de rodillas en todos los órdenes.
Se tienen los pésimos libros que escriben escritorzuelos yanquis, pésimamente traducidos, pero que se venden como pan caliente, mientras que los autores mexicanos ni quien nos respete y compre nuestros libros. Se está cavando, de alguna manera, una tumba mexicana lo suficientemente amplia y ancha para recibirnos a todos. No leer, es cavar la propia momia que nos habrá de recibir.


Por otra parte, si a usted lo han preparado para leer y pensar sobre lo que se ha leído, los medios electrónicos de comunicación masiva no le harán ningún daño; estos medios son un remedo de reflexión que se deposita en actores baratos, en pésimos cantantes y en locutores analfabetas. De eso se alimenta la gran masa mexicana. Además el medio masivo electrónico tiene la gran ventaja de que entretiene, divierte; ése es su gran gancho, su gran fuerza. La gente se quiere divertir y los medios de masas cumplen con esta finalidad: la diversión-dispersión de la que hablaba Pascal; a la vez de que divierten, dispersan, atomizan, divorcian a unos de otros; no crean ningún elemento de cohesión, ninguna comunidad de intereses espirituales, y sí de intereses económicos, que esto divorcia más a los ciudadanos entre sí.


Tenemos que pelear con tres mil ejemplares en contra de programas de televisión, que uno solo tiene hasta doscientos millones simultáneos de televidentes ¿cómo podemos enfrentarnos a esa lacra social que es Televisa, que tiene televidentes en México, Centroamérica, Sudamérica, Estados Unidos, Europa y África? ¿Cuándo llega un libro nuestro hasta allá? Pero ya lo que vale la pena pensar, para lamentarnos debidamente, es ¿cuándo habremos de trascender hasta nuestro propio vecino? Cuánto daríamos por poder trascender, ya no hasta las regiones más sureñas de Argentina o hasta el norte de África, sino con nuestros propios vecinos. Este es el grado de lectura que hay en nuestro país.


El medio es el mensaje. El medio es la enajenación


Señores, soy un periodista. Es decir, soy un producto neto de la modernidad industrial —aunque en mi caso hayamos de recordar que la adopción crea y otorga derechos naturales—, pertenezco a ese apartado de hombres que viven atentos día con día profesionalmente a la piel de los días y al empeño, vocación o ¿vicio? de hacer de esa piel—lo que va de un minuto a otro, de una hora a otra hora, de uno a otro día si mucho— el diario patrimonio espiritual de la colectividad.
Creo que el tiempo es una devoración constante del tiempo, lo creo y lo sé por mi oficio, y por él vivo en y para la instantánea rendija que los hechos del mundo, de tan veloces casi simultáneos, dejan entre sí para la reflexión, para el rescate del poco espíritu que nos va quedando. Y esa rendija, ese instante libre entre devoración y devoración, ese instante todavía no invadido de sucesos, es la finalidad, el alimento, la almendra del periodismo de veras, lo único que da sentido a la interminablemente móvil “diaridad” —el espacio más traicionero de los ideales del hombre, el pantanoso e inagotable espacio de nuestro quehacer.
Soy periodista, es decir, vivo en el remolino mismo de los hechos del mundo que el escritor peruano Ciro Alegría define como “ancho y ajeno” —buena definición para quien siendo periodista, y viviendo por eso en la realidad más real de todas las realidades, en la apretazón cotidiana de cuanto sucede, es, al mismo tiempo, latinoamericano.
Ser periodista y ser latinoamericano significa vivir continuamente atento a una doble realidad: la realidad del mundo “ancho y ajeno”, significante y tradicionalmente adversario, y la realidad del mundo estrecho y propio, la realidad nacional tanto más viva y pesarosa cuanto menos trascendente e inteligible.
Hablo pues como periodista latinoamericano, o sea, desde mi circunstancia, desde mi diaria realidad a medio hacer, de la que parto—de la que debo partir— siempre, incluso cuando me asomo a las cuestiones más generales. Sólo desde ahí me siento autorizado y respetable, que es lo mismo que sentirme veraz; porque, de muchos modos, la universalidad tomada por asalto, así de pronto, como si yo viniera del centro del siglo y no de sus orillas, me está vedada, carezco de la técnica que me permitiría asimilarla y de la autoridad que me permitiría imponerla. Desde dentro del cercado, pues, de mi cercado, y mirando lo que hay dentro y hablando de eso, habré de entenderme con ustedes a propósito de lo que padece el ancho mundo ajeno y de lo que le conviene.
El periodismo es oficio díscolo y profundamente generoso; es oficio menor y altamente privilegiado.
Es díscolo porque ahí como en ningún otro oficio se contempla la existencia del “cordial enemigo”, al cual hay que adelantársele, al cual hay que despistar y aturdir, apartar de la fuente y del tino, al cual hay que vencer incondicionalmente y de plano, para el cual no hay tregua ni perdón. Es díscolo también porque ahí se reclama gloria personal, y es de cuerpo y alma personal como ningún otro oficio.
Es generoso porque se ejercita para los demás, de tal manera que quien lo hace acaba desposeído de sí, parte mera de su propio oficio, la información misma en cuya cacería pone la vida. El periodista desaparece en el periodismo hasta ser, más que persona, una pura noticia, un aviso, una llamada de atención, un panorama de algo: y esto rigurosamente por propia voluntad. Es generoso también, porque esa entrega se lleva a cabo en la medida en que el periodista contempla a las mayorías y sólo a las mayorías, y en la coherencia y valimiento actual de las mayorías se esfuerza. El periodismo es, por fuerza, motor de la revolución en todas partes.
Es oficio menor, por consenso y por la obligada superficie donde transcurre, aquella piel de los días, su campo de trabajo.
Es privilegiado porque, como bien dice el italiano Furio Colombo, el acarreo de las ideas a la acción y de la acción a las ideas ha acabado por ser patrimonio exclusivo del periodismo, toda vez que en la sociedad del siglo xx el periodista, y nadie más, es quien puede, en el desempeño de su oficio, participar en las hechuras políticas de la nación y mantenerse, a la vez, independiente. Si hoy el intelectual puro, el hombre de academia—propone, descubre Colombo— se interesa en las cosas públicas y quiere tomar parte en su organización, debe venderse, proponerse como un bien de mercadeo, ser un intelectual a sueldo, y a partir de ahí buscar la transacción entre sus ideales y el poder, transacción donde fatalmente hallará la connivencia que antes rechazaba.
Si no se vende y mantiene viva su voluntad política, habrá de darse a ella íntegramente y en oposición al establecimiento, lo que lo hará dejar de ser intelectual y lo pondrá en la linde de la rebelión. Tiene una salida el intelectual, claro: abrazar el periodismo, hacerse periodista, pues éste, que tanto hace como dice, y tanto más entra en el mundo de la acción cuanto más necesaria va siendo su presencia en el de la inteligencia, es hoy día la bisagra, el centro de una disputa que ve en él al único “amigable componedor”, como en derecho se llama a los deshacedores de discordias.
Personalísimo y al alcance de las mayorías y para ellas, pues si es veraz, si de veras es periodismo habrá de ser revolucionario por íntima naturaleza, el periodismo es hoy por hoy la transacción sin desdoro, la vía de acuerdo única —si hay alguna— entre el poder y el espíritu.
Y hablemos de eso, del poder y el espíritu como se dan en nuestras sociedades. 1971. Hablemos de ese enfrentamiento donde el poder crece sin límites visibles a través de los grandes medios de comunicación, y el espíritu decrece hacia lo infinitesimal, angustiosamente aferrado a lo que ya parece un triste y necesario resultado lateral de la tecnología: la obsolescencia de la palabra escrita. Hablemos del buen periodismo y dónde y cómo languidece su fin más alto y cómo podría revivir frente a la todopoderosa carga de las imágenes y los sonidos.
La realidad para mí, como periodista, es el modo como las ideas se manifiestan en la convivencia. Es decir, aquella rendija para la reflexión entre suceso y suceso, de que hablé arriba, y no la mera barahúnda de cosas que pasan ininterrumpidamente.
El modo como las ideas se manifiestan en la convivencia, es decir: en el trajín de las mayorías, que es donde ésa deviene conducta y destino.
Conducta y destino en América Latina, en México, prácticamente indefinibles. Porque es ahí, y hablo de mi país, de mi tercer mundo, de mis mayorías, donde éstas son excluidas del poder político o son manipuladas por éste y sometidas a la manipulación a través de los medios de masa, que sustituyen a lo que debería ser una auténtica comunicación cívica.
Si la situación de cualquier país desarrollado, por lo que hace a los medios de masa, es una actualidad conflictiva, esa situación, en el tercer mundo, es el veneno del atraso económico, técnico y espiritual y la causa de las violencias y explosiones que buscan arrancar de raíz todos nuestros tradicionales sistemas de relación.
En realidad, no sólo el campesino entrega su vida, a cambio de nada, al Moloch tecnológico de los medios de masa, los hombres todos lo hacen, no importa su extracción ni su función en la sociedad. La labor de atomización humana que esos medios llevan a cabo no es para ser evitada por nadie en particular, ni siquiera por grupos de hombres que se organizaran vigorosamente con el solo propósito de resistirla, aun a costa de vivir al margen del siglo xx.
En estos días cualquier bucolismo o primitivismo de encargo que alguien proponga como sistema de vida, está irremisiblemente condenado al fracaso (prueba de ello son los conmovedores ensayos de vida jipi y las andanzas varias de la enojada juventud de los países industriales) porque, como advierte Ortega y Gasset, a la persona —al ser humano esencial, nosotros mismos— la salvamos con su siglo xx a cuestas o con él la perderemos para siempre. Y entre la persona y su siglo xx están los medios de masa, que son el más íntimo divorcio entre la persona y la persona.
La radio, el cine, la televisión, veinticuatro horas diarias de bombardeo que hace caber el mundo en una nuez, han conseguido hacer del hombre un extraño, un extranjero frente a sí mismo, una especie de enorme saco de mendigo rellenable con cuanto se tenía a mano, desde una pelea de box hasta una pasta dentífrica, desde una matanza de niños y mujeres hasta una marca específica de palomitas de maíz, desde unas elecciones políticas amañadas en el más remoto rincón del mundo hasta un concurso de payasos a la vuelta de la esquina. Rellenar con todo a la persona-saco-de-mendigo-donde-todo-cabe, menos con aquello que la haga de veras persona, menos consigo misma.
Es tal la fragmentación que sufre el hombre desde el exterior y hacia el exterior, como si en el interior del hombre los medios de masa provocaran continuas explosiones que fueran convirtiendo esa interioridad en muchedumbre de escombros, en polvo, en oquedad.
El hombre sin identidad con el hombre. El hombre que es una de terminada marca de cigarrillos, un determinado grupo de canciones y cancioneros, un determinado programa para sus vacaciones, un horario fijo para su trabajo que producirá determinadas partes de determinados productos para una predeterminada alimentación, un determinado partido político que habrá de nutrirlo con determinadas prédicas y convicciones, una determinada religión con sus predeterminados enemigos, que habrá de facilitarle la convicción de una predeterminada bienaventuranza donde no podrá figurar ninguno de todos aquellos que no profesaron en vida la misma fe.
Una erupción continua del hombre hacia fuera del hombre, hasta lograr que la diferencia entre dos hombres pueda medirse por la diferencia entre las marcas de automóviles que usen. No me negarán ustedes que es posible medir la distancia que separa a dos hombres por la distancia que separa a un maserati de un chevrolet impala o un volkswagen o rolls o un fiat.
El monje cisterciense norteamericano, Thomas Merton emparienta esta constante búsqueda de la exterioridad y sus satisfactores —que va desde la ropa interior hasta la propaganda en favor del sistema de la democracia o del socialismo— con la abismal frivolidad del hormiguero, con la diversión o dispersión que denunciaba Pascal, la llenazón de los vacíos, la muchedumbre de trebejos donde antes el hombre tenía su soledad interior.
Soledad interior, como el almario para el alma —diría nuestro insigne Alfonso Reyes—, la habitación para el Amado del “Cantar”, al que la amada espera en quietud, en total silencio, con la puerta entreabierta y encendida la lámpara de la amorosa vigilia.
Qué va. Todo eso se acabó. Ya ni siquiera vale el medio de comunicación por lo que dice, sino por cuántos lo reciben en el otro lado de la línea. Hace apenas unos días, cuando el argentino Jorge Luis Borges recibió el doctorado honoris causa por la Universidad de Columbia, dijo que siendo incrédulo había prometido a su madre rezar un padrenuestro todos los días, y dijo: “Lo hago aunque no sé si haya Alguien del todo lado de la línea”. El promotor, el productor, el manipulador de los medios de masa ¿podría decir lo mismo?, ¿se sentiría aquejado de la misma duda, el mismo temblor que aqueja a Borges?
No, de ninguna manera: el promotor de los medios de masa sabe que su particularísimo padrenuestro su incesante bla bla bla tiene desembocadura precisa, que vale ciertamente porque del otro lado de la pantalla o de la bocina hay centenares de ojos que ven, orejas que oyen, bocas que mastican, pies que van y vienen, fisiologías que palpitan o mueren al son del promotor.
Y usted y yo y el millonario y el obrero y el soldado y el estudiante somos quienes estamos, no importa en qué país ni en qué condición, del otro lado de la pantalla o de la bocina. Nosotros somos la carne para el Moloch.
Contra esa y para esa realidad, descrita de varias maneras en lo que llevo hablado; con esa y contra esa enajenación; con esa y contra esa dependencia, la letra escrita habrá de librar en México su solitaria lucha, la guerra donde hoy día nadie le vaticina victoria: el rescate del espíritu que aún alienta entre la oferta y la demanda.
Característica de las sociedades subdesarrolladas es la existencia de un enorme público para televisión, radio y cine, y un consumo escasísimo de prensa. O sea, un enorme público que con ojos y orejas devora la masiva literatura hecha a modo de relampagueos, flashes, slogans, lugares habituales del conocimiento común, imágenes y sonidos elementales y repetidos con un eficaz sentido de obsesión, de convencimiento por automatismo, literatura hecha para los ojos y para las orejas; y un consumo mínimo de la literatura hecha para la inteligencia, para la contemplación y el repaso, para la capacidad de dudar, de poner en tela de juicio lo que se le propone, para el ejercicio del juicio.
Nuestros tirajes de libros, de revistas especializadas y de periódicos son conmovedoramente reducidos. Llegan a una capa superior de población, limitadísima, que, si bien es la capa que echa a andar la crítica en nuestras sociedades, también es verdad que es la población sin significación o fuerza política autónoma. El establecimiento puede prescindir de ella, de hecho prescinde, sin resentir el paso, porque aún pude señalar su inconformidad, la buena fe del entredicho en que pone al establecimiento, como una forma de rebeldía retrógrada, antipatriótica, completamente sujeta a las disposiciones del derecho penal.
Frente a interminables, insaciables horas diarias de sonidos e imágenes, unos cuantos consumimos semanariamente unas cuantas páginas de letra escrita, la que ya parece, según el decir de pensadores de moda en los países desarrollados, encaminarse a su muerte definitiva.
Hablábamos más arriba de la cruel disyuntiva en que coloca el quehacer político actual a los hombres del espíritu, y cómo es el periodismo, el periodista, quien puede sin menoscabo de su libertad acarrear las ideas a la acción y la acción a las ideas. Y ésa es, hoy por hoy, nuestra espléndida, arduísima tarea: envolver con las ideas el hecho que presenciamos y hacemos circular como noticia, crear con el ir y venir periodístico, a media calle, las ideas que ascienden desde la soledad del pensador. Escombrar la soledad interior del ser humano, dejarla limpia y dispuesta, por la reflexión que procura la palabra escrita, para la conciencia, que es “de pasos sosegados —dice el místico Miguel de Molinos—, de morosa sintaxis, de inesperados sustantivos, tantos como mundos descubren los ojos en el mundo, la obra del Altísimo”.
Arduísima tarea de suyo, y más por el desprestigio en que la pone la diversión de la imagen y la velocidad del sonido. Pero sólo con ella el hombre habrá de reconstruir, letra a letra, el alma que le carcomen los fenómenos.
Única salida, pues: educar hacia la palabra escrita, hacer leer, hacer leer, hacer leer, emplear los grandes medios de comunicación para llevar al gentío hacia el “dulce gozo” de André Maurois: “Juntar vocales y consonantes, oír cómo se mezcla a la sangre su deliciosa música inaudible: el pensamiento”.
No pido, no propongo, de lo dicho, pues, un periodismo puramente informativo. Que ya el hombre apenas si se reconoce, inmerso en el alud de la información cotidiana que desde todas partes le llega.
Propongo un periodismo con derecho a información veraz y exhaustiva desde las grandes agencias noticiosas internacionales. Sólo así el periodista podrá formarse opinión valedera, y la gente, ejercitar el libre examen.
Propongo un periodismo entregado a educar, para desenajenar más allá de todo interés comercial y político. Educar, entendiendo por esto la capacitación de cada individuo para la familiaridad con la duda y el juicio. Es decir, un periodismo hecho no en función de un partido, de una corriente, de un mercado, de un lado de la guerra o del otro; sino en función de hombres libres, capaces todos y cada uno de ellos de convertir el propio periodismo en un idóneo instrumento de cambio en la comunicación. Comunicación horizontal, entre iguales, sin cartas tapadas, sin establecimiento y masa que hoy equivalen a albergue de rencores, periodismo al nivel del espíritu, que es nivel rigurosamente parejo para todos.


Hombres que no tienen compasión


Joaquín Zamora era compadre de dos hombres que eran de bandos enemigos.
Los bandos enemigos se peleaban por tierras, por límites de tierras, por presidentes municipales, por pequeñas fábricas de alcohol, por hijos, por mujeres, por adulterios, por palabras, y como ellos decían: “hasta por vengar la muerte de alguno” asesinado hacía poco o mucho por los contrarios. Y se mataban, casi constantemente se mataban, vivían matándose.
Crescencio el de allá buscó a Rosenda la de acá, fea y de exuberantes caderas, y Rosenda se dejó buscar y se entregó por que quiso. Pero del clan de Rosenda, Damián y Cosme no consintieron eso, salieron por Rosenda, la golpearon, venadearon a Crescencio y se llevaron a Rosenda entre mil injurias a su casa. Las injurias las decía Rosenda. El padre de Crescencio veló a su hijo y lo enterró y salió por Cosme y Damián, acompañado de diez amigos: mataron a aquellos dos, tuvieron a fuerza a las mujeres de la casa de aquellos dos, aun a Rosenda que ya andaba con la huella del difunto Crescencio, y las chicotearon y se fueron, ya en paz, ya calmados. Los de Cosme y Damián…
Y así se iban matando hasta no saber cuál había sido el origen de las venganzas, de las ganas insoportables de verse muertos. Muchos, demasiado jóvenes, murieron sin tiempo de averiguar qué andaban cobrando ni qué pagando.
Joaquín Zamora era compadre de dos hombres, y éstos pertenecían a los bandos enemigos. Zamora quería a sus compadres, y éstos, cada uno por su lado, querían a Zamora.
—Yo no sé cómo es usté compadre dese logrero, compadre, usté tan derecho, no debiera yo quererlo.
—Sí, compadre —decía Zamora.
—Todesa é gente mala, compare, no ande con ellos ni meno con ese matón de su compare—le decía el otro compadre—. ¿Por qué no toma uté partido? Quién quita y un día detos le damo en la madre…
—Sí, compadre —decía Zamora.
Una tarde estaba en el rancho de uno de los dos cuando llegaron los contrarios.
-¡Aitán, compare Joaquín Zamora, qué le dije, olieron carne y vienen por ella, nomá que se la van a llevar a modo e pinga!
Gritó el compadre y aprisa mandó avisar a su gente y aprisa se nutrió la balacera y empezó a arder el rancho. Peleaban. Iba oscureciendo. Llegaban refuerzos para unos y para otros. Peleaban. Ya de noche aquello tuvo instantes que nunca nadie olvidó: relumbró como batalla antigua y pudo verse desde una gran distancia. Y al fin los invasores entraron en las ruinas llenas de humos. Su rabia era ensordecedora.
En la troje, el compadre de habla líquida estaba muerto y Zamora se desangraba.
Hasta la troje llegó el compadre vencedor, buscando moribundos que rematar.
— compadre, cómo…!
Dijo y lo miró por todos lados. Luego vio al muerto y dijo entre dientes, con alegre ira, con profundo reposo:
—Jo de puta, ya te estuviste quieto.
Y volvió a Zamora:
—Pero compadre, cómo… Cómo compadre…
Y dio vueltas y vueltas alrededor de Zamora y fue hasta la entrada de la troje y regresó maldiciendo a su suerte y repitió muchas veces:
—Cómo, pero cómo, válgame, pero cómo…
Y Zamora lo veía brumoso dar vueltas y vueltas a su alrededor e ir hasta la entrada de la troje y regresar maldiciendo a su suerte y repetir:
—Pero cómo va ser, compadre, cómo va ser. Y lo vio detenerse bruscamente:
— estuvo disparándonos, compadre? Dígame que no, compadre, como va ser.
Y lo vio venir, oscuro, informe, rápido, y parársele enfrente, casi encima, y taparle por completo el lejano resplandor de la entrada, y oyó su respiración gruesa y afligida. Entonces hizo un esfuerzo muy grande, Zamora hizo un esfuerzo muy grande, y creyó que sonreía (pero no, era más bien una mueca cómica o torva o infantil) diciendo:
—A… anímese com… padr… Ya… ya… yame toc…ó deste lad… lado… Us… us… ustésa… abrá disc… discul… ulparmmme…
-¡Caray!
Dijo el otro, y le vació la carga de la pistola a Joaquín Zamora. Tiró rápidamente del gatillo, para no seguir sufriendo. Apenas salió más sangre de Joaquín Zamora. Y viéndola correr pensó el compadre:
—Caray, compadre, siempre prefirió a ese buey de su compadre y vea cómo le pagó… Siquiera me hubiera tenido compasión ya que no aprecio.
Y se torció su cara en un gesto triste y de reproche. Y dio la espalda a Zamora sin sangre y se fue de la troje y se borró en los humos de la furia, anaranjados.


El Chori en la luna

Chori: ¡No, tampoco me digas buey, tampoco me digas buey!
Cuais: Ps te lo stán esplicando y nontiendes, el cumpadr te lo stá esplicando y nontiendes.
Chori: ¡Tampoco me digas buey!
Compadre: Mira, Chori… Pérate, Cuais no grites…
Cuais: Pero notentiende, cumpadr, pierds tu tiempo.
Chori: Tampoco me digas…
Teco: ¡Que fueron y vinieron, dices, dis’s que fueron y vinieron, has’s caldo con que fueron y vinieron!
Cuais: Pus fueron y vinieron y dijeron: “Qué les gorgorea”, fácil ¿no?
Teco: Yo no digo questé fácil, pero has’s caldo, pus qué ¿tú fuistes y venistes o qué?
Cuais: ¡Cómo eres buey!
Teco: Buey el aire, buey, a mí no me vas a decir…
Compadre: ¡Teco mbré ya tirastes las botellas, pérate, cállate!
Chori: Tampoco me vas a…
Cuais: Mestás jaloniando ¡mestás jaloniando!
Compadre: ¡Ya, chingao, o qué mejor me voy o qué!
Teco: Frotes, frotes. Muere.
Cuais: ¡Pero mestabas jaloniando!
Teco: Muere dije, dije muere ¿no dije muere, cumpadr?
Compadre: Sí, ya, ya, muere.
Cuais: Muere, ta bueno.
Chori: Tampoco me vas a decir, tú, Cuais…
Cuais: Ooooh, ya cállate, Chori, ya stás borracho.
Chori: ¡Noo, tampoc mmm vas dddcir brrachch…!
Teco: ¡Vayan mucho…! Tú síguele, cumpadr.
Compadre: Si es de números, dinteligencia de números, esas máquinas son de puros números, por eso fueron y vinieron, los gringos son muy inteligentes de números…
Chori: ¡Borrach no me vas dcir…!
Teco: Charros, Chori ta esplicando el cumpadr.
Compadre: …Porque tú dices: la luna está pallá, o está tanto pallá, y quieres ir porque… porque… pus porque quieres ir, porque los rusos también quieren ir, y se la stán jalando, ¿no? porque los gringos quieren ir y los rusos también y se la stán jalando, pero todo con números, no lo dices de… de… decirlo nomás, lo dices con números, es pura aritméticaaa, no lo dices así, así co… como si lo dijeras y ya, dices aquí es tanto, tres o cuatro o un millón o mil millones y con eso haces la cápsula.
Teco: ¡Yaaaa!
Compadre: Hombrée, si me lo staba explicando el ingenieroo, puros ¿cómo dice el ingeniero? ¡cálculos!, te vas a cálculos y así te vienes, por eso no se perdieron.
Cuais: Hiiijo chingao, nomás me ves, agarras el mula volante y te vas a la luna y te regresas. ¡Échate aquí las otras, tú, igual!
Chori: ¡Coooo. . .mo eres bueeey!
Teco: Ya stás borracho, Chori.
Compadre: Ora lo que se viene es la respuesta de los rusos…
Cuais: Es’s se van a Marte o des’s otrs planetas, es’s ya no quieren la luna, dicen: ¿ya llegaron los gringos? tons nosotrs ya no queremos la luna…
Chori: ¡Inch luna!
Teco: Tas borracho Chori.
Compadre: Yo lo entendí porque me lo dijo el ingeniero.
Cuais: Bueno y nosotros qué, cuándo, o qué.
Teco: ¿Pero timaginas un mexicano en la luna?
Compadre: No, dice el ingeniero que nosotros no; tamos todavía…, no leacemos todavía a los números…
Teco: Pero ¿timaginas un mexicano en la luna?
Cuais: Ps ai anda ya el Chori, míralo. ¿Verdá Chori?
Chori: ¡Inch lunaaa…!

Dibujos de mar


Decía Jorge Portilla —a cuya palabra tanto debemos, deberemos— que frente al mar le habían sucedido cosas muy notables y no podía verlo sin acordarse de Homero, a quien debe llamarse el mejor navegante del mundo. Que estaba una vez en una playa llenísima de gente, y junto a él comía y comía un soldado de pelos duros que se había quitado las botas y la camisola, y éstas despedían un olor a agujas podridas, y en calcetines se soleaba sudando como un marrano. Que la playa se iba despoblando y quedó al fin vacía y el mar de las tres de la tarde era blanco y muy sonoro y él dijo —Portilla dijo— en voz alta, llevado de su devoción de siempre: el mar, de ruidos innúmeros, y el soldado, que dormitaba eructando, sin moverse, boca abajo, casi mascando arena, empezó: mar, fecundo en monstruos; mar innumerable; vinoso ponto, estruendoso mar; ondas espumosas; ondas purpúreas que resuenan en torno de la quilla; mar divino; espacioso mar calmo y terrible; atroz hondura; tumulto de grandes aguas que en el mar Icario levantan el Euro y el Noto —se removió el soldado, quedó boca arriba, bostezando, escarbándose los dientes—; y se oye el estrépito del mar contra las peñas, porque braman las inmensas olas azotando horrendamente la costa cubierta de salada espuma…
Y por ahí siguió el soldado evocando, hasta acabar, todos los mares de la Ilíada y la Odisea


Grabado japonés


Tierno sauz
ciertamente,
pero nunca más en mis insomnios:
bosques de pardos pinos
descarnadas raíces
cadáveres de ruiseñores.
Tierno sauz,
un tronco entre olas de cal,
un alacrán por el tronco.


Poema sin título


No tengas miedo de darme tu corazón,
échamelo en los brazos.
Por el cantil,
feliz la alondra se abandona al relente;
azules las estrellas brillan,
y el faro de Senmaren
humilde amarillo parpadea,
quién sabe si lo verán los barcos
inmensa es la noche,
jamás hubo tanta quietud para ti y para mí.

 

Obras reunidas, coedición de Océano, Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo, Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2002.

La presente selección fue tomada íntegramente del volumen 8, Varia, HG 863M G39 O32, localízalo en la sala Fondo Hidalgo.

 


Homenaje al Escritor Ricardo Garibay

Autoría y edición de Dammiel Mora (http://dammiel-mora.lacoctelera.net)
Textos de Ricardo Garibay
Ilustraciones Luis Royo
Música Astor Piazzolla

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