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Archive for the ‘Colaboraciones’ Category

por Carlos Velázquez

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Parménides García Saldaña

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“Pasto Verde” de Parménides García Saldaña es sin duda uno de los relatos más portentosos, abrasivos y vigorizantes que ha confeccionado la literatura mexicana. Nuestra lengua (nuestra historia) no ha podido reponerse de los estragos que el autor le ocasionó en su debut como escritor. Esta obra ha envejecido en el panorama de las letras nacionales de manera única. Es imposible equipararla con cualquier otro producto narrativo. A poco de cumplir 50 años de su publicación, no podemos aproximarnos a ella sino como nos acercamos a un disco de Bob Dylan o de The Who.

Diez años después de la publicación de “La Región más Transparente” de Carlos Fuentes, en 1968, “El Par” dio portazo a la concepción toda de la literatura nacional y su gemelo tirano, niña muy bien portada, el “boom” latinoamericano. Sólo bastó una década para que Parménides le cantara “Las Golondrinas” al modelo literario seudocosmopolita  posrevolucionario.

Frente a la novela totalizadora, canónica, voluminosa, Parménides contrapuso la novela adrenalínica. El spring narrativo. Auténtico desolado de su época, “El Par” es un clásico a la manera de Frank Zappa: alguien que agota el discurso en sí mismo. Uno de los experimentos más relevantes que plantea “Pasto Verde” es la imposibilidad de una continuidad. La obra de Parménides no permite que sobre ella se sugiera siquiera la noción de tradición.

Las grandes novelas son obras extensas, dilatadísimas. No es en la brevedad donde el género realiza sus mejores descubrimientos. Por su parte, la novela breve resulta siempre sucedánea, inane. Sin embargo, existen ejemplos de novela compacta sustentable: “Pedro Páramo” de Juan Rulfo y “El Principito” de Antonio de Saint Exupéry. “Pasto Verde” pertenece a esta denominación.

Parménides es un fenómeno que proviene de una tradición literaria específica: la Generación Beat, pero que también establece un puente con otras promociones de narradores y poetas en castellano. Comparte delirios lingüísticos con el argentino Osvaldo Lamborghini, con quien lo liga cierta estética de la narración, ya que ambos siempre se manifestaron por la novela anémica en su extensión. Además, los motivos contenidos en “El Fiord” son los mismos que alimentaron a “Pasto Verde”: la anarquía, la droga, el compromiso político, la inteligencia en ayunas. La obra completa de “El Par” no rebasa las 600 páginas de producción.

Las dos grandes pasiones de Parménides: las drogas y el rock impidieron la comprensión puntual de su obra. Para la conciencia burguesa posrevolucionaria, la asociación de estupefacientes y guitarras eléctricas representó una pústula hirviente en el discurso literario nacional.

El eterno “I can’t get no satisfaction” que la obra de “El Par” pontificaba, no sólo lo ejemplifica como un recalcitrante posmoderno, sino que lo sitúa como el primer ser posnacional. Confinado, errante, explosivo. La síntesis incómoda que refrescó el panorama al aglutinar el movimiento de La Onda en sus confesiones escriturales. Movimiento que ha sido reivindicado, junto a “El Par”, en el libro “Rebeldes con Causa” de Eric Zolov. Parménides es la primera figura contracultural plenamente identificable en México. El primer rebelde mediático contra el cual el status quo literario pudo dirigir sus enconos y vituperios. La función de la contracultura garcíasaldañezca no es otra que evidenciar la crisis del Estado patriarcal mexicano. Por tal motivo, el enemigo natural de “El Par” es Carlos Fuentes.

La novela de la Ciudad de México no es “La Región más Transparente” sino “Pasto Verde”. Una historia seductora, catártica, refrescante. Un viaje lúcido y a la vez alucinado, y de introspección psicodélica pero también desafiante y experimental lingüísticamente a la manera del “Ulises” de James Joyce.

Planteada y planeada desde el delirio, la novela de García Saldaña es la representación del mickjaggerismo vocal trasladado al contexto de la jaquecosa clase media defeña. Parménides es el primer autor border en su doble acepción: la que alude lo limítrofe y la que apela a la locura. El shine on you crazy diamond de la Narvarte. Nuestro Syd Barret local.
“Pasto Verde” es un texto iniciático. Inspirador. Tránsfuga. El acelerador a fondo de un motor marginal perfectamente engrasado que gozó del desinterés de sus contemporáneos. Con excepción de algunos autores, entre los que destaca José Agustín (rebautizado en la aventura como Pepcoke Gin). La inclusión de Agustín en la obra es la enseñanza heredada de la Generación Beat. La mitificación kerouaquiana, iniciada por Jack Kerouac, autor de “On the Road”. Al igual que los beats, “El Par” compartía la idea de que la literatura debe ser directa y autoconfesional. Por lo que decidió que “Pasto Verde” debía tratar sobre su realidad inmediata, hacer a un lado la ficción absoluta e interactuar aspectos de su vida cotidiana, como la inserción de sus amigos, con las aspiraciones estilísticas que su novela supone.

Probablemente hayan sido Kerouac el escritor que más influyó a Parménides. Aunque el movimiento de La Onda, como etiqueta grupal, fue acuñado por un actor externo, la frase es atribuida a Margo Glantz, no resultó tan descabellada en sus intenciones. La mente acelerina y tempranera de García descubrió de inmediato la feliz asociación entre la onda y “On the Road”. Siempre que a Parménides se le preguntaba dónde andaba su obra, respondía: “En la Onda (‘On the Road’)”.

“Pasto Verde” es, sin objeción, junto a “Farabeuf”, uno de nuestros clásicos más taimados. En la más absoluta emulación beatnik, “El Par” se fue al otro mundo como Neal Cassady, pero nos heredó una novela postnacional, un suceso, irrepetible, inigualable, como cualquier disco de The Beatles, de The Rolling Stones.

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Carlos Velázquez (Torreón, 1978). Es autor de La Biblia Vaquera y el libro de cuentos La marrana negra de la literatura rosa, publicado en 2010 por la editorial Sexto Piso.

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A mi padre

A Justino y Rutilo, mis abuelos

A Charles Kuhn

 Cuando Rutilo llegó a su casa, colgó en el perchero su saco y su sombrero y se dirigió a la cocina por un vaso  de agua. Después fue directo a su escritorio, se dobló las mangas de la camisa, tomó asiento y comenzó a escribir una historia que decía así:

 Cuando mi querido hijo Rutilio llega al hogar, cuelga su suéter y su gorra en el clavo que está en la entrada, y se va a la cocina por un jugo de manzana. Después se dirige a la mesa, se recoge las mangas de su sudadera, toma asiento y comienza a escribir una historia  que dice así:

 Cuando mi abuelito Rutilio llegaba a su jacal, colgaba su gabán y su sombrero de palma en el palo que pendía del techo e iba a la cocina por agua en una taza de barro. Después se dirigía a su cuarto, doblaba las mangas de su camisa, tomaba asiento y comenzaba a escribir una historia que decía así:

 Cuando la muerte llegue a mi refugio, descolgaré mi poncho y mi sombrero de palma del quiote que cuelga del techo, me dirigiré a la cocina para llenar mi bule de agua. Después iré a mi cuarto, me remangaré la camisa, tomaré asiento y comenzaré a escribir una historia que diga así:

 Cuando Rutilio llegó a su casa, colgó en el perchero su saco y su sombrero y se dirigió a la cocina por un vaso de agua. Después fue directo a su escritorio, se dobló las mangas de la camisa, tomó asiento y comenzó a leer la historia que su padre alguna vez escribió.

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Nadia Altamirano,  es escritora, cuentacuentista y promotora de cultura infantil, vive en Cuernavaca.

Publicado en Voz en tinta, s/f, revista de la Escuela de escritores Ricardo Garibay del Instituto de Cultura de Morelos.

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Álvaro Mata Guillé

En las conversaciones de Witold Gombrowicz con Dominique de Roux, que dan forman al libro Testamento, donde se recopilan los diálogos realizados entre ambos sobre el quehacer cultural y la literatura, hacía referencia a lo que él denominaba: “las sociedades secundarias”, aquellos pueblos, que por sus características de desventaja, provocada por el lugar asignado en la jerarquía de la historia, construían su identidad —lo que nos identifica y da un lugar en el mundo— desde el desvalor. “Las sociedades secundarias” eran culturas sin cultura, historias sin historia, nacionalidades sin nacionalidad, que al establecer sus pautas, al ordenar su normativa, instituían la cotidianidad desde el no-ser, desde el negarse que se enclava como un parámetro, un norte, un sello indeleble, una marca, que las aleja y las hace permanecer fuera de la tradición, ajenas de sí mismas.

 Excluir, negar, desvalorar, sentencias del menosprecio que conllevan un doble sentido: por una parte la condena que desestima al otro, lo niega a partir de las escogencias de una determinada perspectiva que se impone, de una determinada versión de los hechos que totaliza y establece las jerarquías sociales de la realidad, donde el excluido vale menos o no vale nada, y el que excluye se convierte en la referencia, el paradigma, el modelo que dibuja un rostro, el origen, el principio. El excluido, en concordancia con su condición de marginalidad, a través de sus traumas y complejos establecidos por la ontología de su designio, desprecia sus pasos, niega su hacer, se desprecia a sí mismo, haciendo evidente la no-querencia que nos descalifica y aleja de lo posible, es decir, de asumirnos en la construcción de lo que podemos ser en nuestro aquí y ahora.

 El desprecio de sí mismos, forja la personalidad de las sociedades secundarias —su tono, su ritmo, sus gestos—; se incrusta como una daga en las vísceras de nuestras culturas; establece las pautas que impregnan todo hecho como un estigma, que se ata no sólo al cuello, a las manos o a la espalda, sino al espíritu, convirtiéndolo en el resultado de su propia mutilación. Desde ahí, desde esa condición del no-ser forjado en el anhelo del rostro del otro, las “sociedades secundarias” observan el paso del mundo, los hechos que se suceden sin participar de ellos, el omiso que no participa de la conformación del presente ni de su realidad, escondiéndose como un mal boceto, como la aberración de un fantasma, en la intolerancia y el miedo, en el resentimiento y la envidia: miedo al otro, miedo a sí mismo, negación de su cuerpo y su sentir, censura de su lenguaje y sus voces.

 Al contrario, para el que participa de las “sociedades primarias” —la otra cara de la misma moneda, una dependiendo de la otra— el contexto cultural le era favorable, ya que provienen de una tradición legitimada, dueña del pináculo de las cronologías y lo verdadero, sabiendo que lo verdadero se acepta como un mandato, como un regla inamovible que permite, en este caso, no solo tener presencia en el mundo —una historia, una identidad, una cara— sino, en principio, un mundo posible; no sucediendo así con un polaco o un argentino, un mexicano o un costarricense, fusionados en el paradigma de la negación y el desprecio, siempre en tránsito del crecer adolescente, siempre al acecho del otro como una sombra, siempre con el estigma que lo convierte en su propio enemigo, en su propia negación.

 Menosprecio, descalificación, desvalor, actitudes afincadas en la cotidianidad existencial de los países latinoamericanos, que se suma a la tradición que nos marca desde la llegada española, el occidente forjado del feudalismo y la contrareforma, la inquisición, la ausencia de crítica, la exclusión de lo disidente, que también cohabitan en nuestros adentros como fantasmas que obsesionan nuestro hacer en su deseo de vestirse en los ropajes del otro —imitándolo, sublimándolo, idealizándolo— persiguiendo su imagen, como una identidad que se disipa, sometiéndose y subyugando, odiando y odiándose, en procura de una esencia que no existe, un espejismo que al llegar a él se deforma en lo grotesco, como una mueca desvanecida en el aire. Resabios de una historia que hace del negarse a sí mismo la condición de lo inmutable, la razón de ser que se vierte como ecos que resuenan sin resonar y confabulan con la adulación, la envidia, la susceptibilidad; desde ahí, desde esos lugares de la negación, anquilosados en una normativa que se construye de la carencia y el envanecimiento, ingresamos a lo contemporáneo —a la época donde los significados pierden peso y sentido, donde la metáfora y lo sagrado se ahuecan internándonos en la soledad del bullicio, en la frivolidad y el consumismo que todo lo transforman en cosas de cosas, manoseo y exposición de lo íntimo, del ser vaciado diluido en la virtualidad de la red y los medios de comunicación— sin lograr ver lo que somos, sin asumir nuestras preguntas, impidiendo con nuestro canibalismo, con la antropofagia ontológica que nos caracteriza, reencontrarnos, vernos, sentirnos.

 Sorprende la riqueza cultural de nuestros países, la variedad de sus lenguajes, sorprende más la ceguera que los pasa por alto y los invisibiliza, el conformismo excluyente que al enfrentar las cosas las vuelve inútiles, sorprende la variedad de nuestras vejaciones que impiden el desarrollo de nuestra riqueza: la pluralidad, lo diverso. Invisibilizar los lenguajes, lo que somos y podemos ser, nos prohíbe, nos convierte en enemigos de nuestra propia voz, mutila nuestro espíritu, mutila la vivencia del presente. Si bien la exclusión el subyugar, han sido partes de la historia de las culturas —en lo político, en lo ideológico, imponiéndose sobre el origen, lo sexual, el género, el color de piel o la cultura— y siguen siendo prácticas comunes de nuestro accionar, las “sociedades secundarias” adicionan a estas ataduras, como una condición más que condiciona su razón de ser, la imposición de una verdad monolítica, de una sentencia que impera como única posibilidad: la prevalencia de su no ser, su minusvalía e impostura, su menosprecio.

 Si la imposibilidad es la normativa, si la descalificación es la costumbre, si la convivencia es sometida a la negación de su propio convivir, el tomar distancia —el destierro, la lejanía— aparecen como una opción del existir; rebeldía que al reconocerse en su propia soledad, en su extrañeza, buscan reencontrase desde el destierro: exilio dentro del exilio, mundo dentro del mundo que se vincula a los otros desde el alejamiento, transitando en los bordes de una realidad paralela, como islas flotantes, al decir de Eugenio Barba, cuando se refiriere a los grupos de teatro dispersos por el mundo que desean ser ellos, que para reencontrarse o reconocerse rompen las fronteras, buscando respirar, buscando construir su propios vínculos, estableciendo las pautas de sus correspondencias, creando su propia razón de ser.

 Pues, el convivir no solo implica tolerar lo diferente, cohabitar con lo plural o establecer parámetros que posibiliten coexistir; convivir obliga a construir un lenguaje que de un sentido a las cosas, una justificación que nos haga creer, viéndonos y palpando desde nuestra propia piel, sintiéndonos y asumiendo lo que somos; es un hecho de la existencia, no una ilusión o una retórica, es una práctica vivencial, un transitar en el que decidimos todos los días, sabiéndonos ajenos y cercanos al abismo, permanecer, es el núcleo vital que posibilita un lenguaje y construir un rostro, el rostro de cada uno, es lo que hace que la democracia sea democracia y la libertad sea libertad.

 Evasión, exilio, destierro, métodos necesarios que evitan no solamente la mutilación y la parálisis, la negación y la censura productos de nuestros traumas y complejos, de la inseguridad o de la baja estima, también nos permiten sobrevivir alejados (como las islas flotantes) de todo aquello que nos impide ser, porque a veces la convivencia solo se logra desde la no convivencia, a veces el estar es una renuncia obligada para poder estar, como sucede con el teatro o la poesía que deben renunciar al lenguaje para reformular al lenguaje, que deben alejarse de sí mismos para volver sobre sí encontrándose, que deben destruir los significados para reconstruir la realidad, reencontrando en ese ir la metáfora, lo sagrado, lo íntimo, sobre todo en nuestros días donde el vaciamiento prevalece junto al miedo y al fundamentalismo que posesionan lo cotidiano, donde los lenguajes se corrompen obligándonos a volver a empezar, a redescubrir el por qué de cada cosa, volviendo al silencio, ya que es en el silencio de donde surge el lenguaje, un lenguaje que nos permita reencontrarnos, que nos permita que algún día lo humano pueda encontrar de nuevo lo humano, como anhelaba Gombrowicz, y reconocer el rostro de nuestro propio rostro, la penumbra de nuestra penumbra vislumbrándose.

 Este exilio, nuestro exilio, —citando de nuevo a Eugenio Barba— no es una amputación o una humillación. Es una conquista o, en otras palabras, una acción política. Se vuelve una toma de posición, no siempre declarada o consciente, pero concreta y activa contra una sociedad que tiene miedo de sus múltiples almas, de sus múltiples rostros, de sus otros lenguajes, que tiene miedo de sí misma.

Álvaro Mata Guillé es director de teatro, escritor, dirige el grupo Baco Teatro-Danza y la editorial Aire en el agua, reside en San Luis Potosí.

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Por Jorge Contreras Herrera

(Conferencia dictada en el teatro José María Heredia en Santiago de Cuba, el 7 de julio de 2009)

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Cuando leí el libro Yo Claudio de Robert Graves, se me imprimieron en la memoria estas palabras: este libro no es para las personas de mi época, ni siquiera de mi siglo, quizá en mil quinientos años se descubra lo que realmente pasó en Roma. Lo mismo Nietzsche en su Anticristo, menciona: los lectores de este libro aún no han nacido.

Han pasado 193 años del natalicio de nuestro poeta mexicano, Don Ignacio Rodríguez Galván, el primer poeta romántico de México y el primer escritor propiamente dicho, de la nueva nación. En una conferencia que di sobre Rodríguez Galván en la Biblioteca Central Ricardo Garibay del estado de Hidalgo me preguntaron: ¿es el tiempo el que condena al olvido o eleva a la gloria a un escritor?, respondí que es posible, pero quién mide el tiempo, si aun hoy se descubren pergaminos o rollos en las cuevas del Mar Muerto; cómo saber si el tiempo ha hecho o no justicia a un vate, si algunos poetas descubren después de siglos a otros poetas, de otras tierras y de otras lenguas. Han pasado 193 años del natalicio de nuestro poeta, y considero, que hasta 1994, se comenzó un acto de justicia a la memoria y obra de nuestro bardo, año que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y máxima casa de estudios de México, publicó su obra reunida.

En su tiempo conoció miseria y desdicha, sólo algunos lo admiraron y reconocieron como un grande de las letras, entre ellos sus amigos cubanos: José María Heredia, Antonio Bachiller y José Jacinto Milanés, en México debo poner en primer lugar al escritor Manuel Payno (1810-1894) quien fuera quizá, el único mexicano en llevar flores a la tumba de nuestro poeta en la cripta familiar de los Bachiller. Y fue Manuel Payno quien escribiera que Rodríguez de no haber muerto tan joven sería el William Shakespeare de América. Decir eso, en México, en aquella época, no era cualquier cosa, pues se acostumbraba, hacer crítica con severidad, y muy raras veces, se acostumbraba el elogio, y cuando se hacía, lo hacían con moderación.

Hoy estoy aquí, para agradecer la oportunidad de hablar de nuestro poeta y al mismo tiempo, la amistad cubana que le brindaron hasta la muerte y después de ella, al gran escritor Antonio Bachiller y Morales, a José Jacinto Milanés y por supuesto a José María Heredia quien muriera en México.

Don Ignacio, apenas de 26 años, salía por vez primera y única de México, su destino era Venezuela. El 15 de mayo de 1842 se embarcaba hacia la muerte, que encontró el 26 de julio del mismo año en la Habana Cuba.

Así como Ignacio Rodríguez también nací en Tizayuca, y todos los días, camino frente a una primaria con el nombre de nuestro poeta, a veces les preguntaba a los maestros, ¿quién era Ignacio Rodríguez Galván?, sólo me decían que un poeta que nació en Tizayuca, no me daban más información. Con el tiempo conocí algunos poemas, y para ése entonces ya escribía lo propio. En 2005 en un artículo periodístico de un amigo poeta local, decía que era el primer poeta hidalguense, por lo que me di a la tarea de buscar a un experto que pudiese dar una conferencia magistral sobre el tema de Rodríguez Galván y acercarlo más al interés de al menos los escritores hidalguenses. Mi búsqueda me llevó con el doctor en letras, Vicente Quirarte quien a su vez me recomendó al maestro Marco Antonio Campos, todo un experto en literatura del siglo XIX, quien aceptó participar con una conferencia en el 190 aniversario de nuestro poeta, quizá el único homenaje en ése año en todo el país, y sin duda, en todo el mundo.

La conferencia se realizó en el marco de la Feria del libro Infantil y Juvenil del Estado de Hidalgo. Algunos compañeros del Cecultah y yo asistimos, éramos los únicos escuchando tan hermosas palabras, podíamos ser contados con los dedos de una mano. Quizá, yo era el único verdaderamente interesado en el tema. Al concluir la conferencia, le agradecí al maestro Marco Antonio Campos, le comenté de mi amor por la vida y obra de Rodríguez, así como algún dato curioso que me pidió se lo mandara por correo electrónico, me obsequió dos de sus libros, La Academia de Letrán y Las Ciudades de los Desdichados, libros que hablan de nuestro poeta, sin embargo, me comentó que nunca había visitado Tizayuca.

Con los libros que reuní e historia sobre el propio Tizayuca, descubrí algunas cosas, posiblemente Guillermo Prieto (1818-1897) nunca estuvo en Tizayuca, sin embargo lo describe como un pueblucho donde los indios se embrutecen tomando una bebida alcohólica llamada el chinguerito. Guillermo Prieto veía desde un balcón muy alto a los demás y muy posiblemente es la razón por la que nunca elogió como se merecía Ignacio Rodríguez. Descubrí que Rodríguez se sentía inferior por su condición económica y se sentía feo y muy poco afortunado con las mujeres, estaba rodeado de grandes maestros de la literatura y era muy joven, se sentía por debajo de tan altas luces, sin embargo, era el que más comprendía la poesía y el que más era poeta.

Marco Antonio Campos en su libro Las ciudades de los desdichados, menciona que Ignacio Rodríguez nació el 23 de abril de 1816, quizá fue una errata, o bien, quiso darle un aire más romántico por ser el día internacional del libro y su relación con Cervantes y Shakespeare, pero la realidad es que según la partida de bautismo de la iglesia El Divino Salvador de Tizayuca, Ignacio nació el 22 de marzo de 1816, en medio de guerra y seguramente hambre e incertidumbre.

En el mismo libro, el autor reconoce una similitud entre el himno nacional y un poema de Rodríguez y sugiere la influencia que tuvo su poesía en Francisco González Bocanegra, autor de la letra del himno, el poema referido a la letra:

¡Guerra a los galos, guerra!

Megicanos volad,
Los mares y la tierra,
Con su sangre regad.

Nuestra frente hundir en la arena
El francés orgulloso pensó,
y al echarnos la dura cadena
De sus débiles manos cayó.

Ignacio Rodríguez Galván con apenas 20 años de edad, escribe una oda para solicitar su ingreso a la recién formada Academia de Letrán, su fundador Guillermo Prieto y Lacunza le responden con una cuarteta sibilina:

A la voz de cantos y dolores
Nuestra alma en muda comunión responde;
Si hoy el mérito tímido se esconde
La gloria un día le coronará de flores.
Hoy, las flores se comienzan a cortar, para su corona gloriosa.

Rodríguez representó la puerta al mundo para todos los escritores de principios del siglo XIX y como lo dice María del Carmen Ruiz Castañeda, autoridad en revistas del siglo XIX, el trabajo de Rodríguez es sólo comparable con lo que hizo José María Heredia y José Justo Gómez de la Cortina. Heredia dirigió los periódicos El Iris (1926), Miscelánea (1829-1832) y Minerva (1832-1833) y José Justo Gómez, El Zurriago Literario, los dos fueron las máximas autoridades periodísticas que comentarían las publicaciones de Año Nuevo que editaba Rodríguez Galván.

José María Heredia llegó de Cuba a México en 1819, cuando Rodríguez Galván tenía tres años de edad, en el año 1827, Rodríguez se trasladaba a vivir con su tío Mariano Galván Rivera, impresor y librero, quien hacía sitio en su negocio para realizar tertulias e intercambios literarios con los escritores que precedieron la inauguración de la Academia de Letrán, y como lo dice Marco Antonio Campos, la inauguración de la literatura mexicana propiamente dicha.

Heredia vivió en México sus años más creativos, ¿si Ignacio Rodríguez ingresó a la academia de Letrán a los 20 años, a qué edad hizo amistad con Heredia? A la muerte de Heredia en 1839, Ignacio tendría 24 años apenas, a dos años de morir también.

Heredia en su primera estadía en México escribe El teocalli de Cholula considerado el poema inaugural del romanticismo hispanoamericano, cito nuevamente a Marco Antonio Campos, Heredia fue para nosotros una figura cardinal en varias direcciones: como político, como legislador, como magistrado, como editor de revistas, y sobre todo como el gran poeta que fue…

Heredia mantuvo cercanía con algunos miembros de la Academia. Se sabe que fue amigo íntimo de Andrés Quintana Roo y admiró la poesía de Pesado y Mier, pero al final, nos dice Marco Antonio Campos, pondría casi las manos en el fuego, que, de que quien se sintió más próximo, fue de Ignacio Rodríguez Galván. No es difícil colegir la causa, hallaba en el melancólico joven a su alma gemela y veía asimismo, a un poeta de talento y a un promotor cultural imaginativo y perseverante.

Cerca ya de entrar a la casa de la noche, Heredia quería proteger con la ayuda del joven Rodríguez Galván, algo de su propia memoria biográfica y literaria. De la relación, contamos con cuatro hechos documentados que prueban la gran cercanía entre ambos: la constancia que dejaron “los amigos” de Rodríguez en un artículo necrológico en 1842, de que Heredia en los últimos meses de su vía dolorosa, llegaba arrastrándose a la librería del Portal de los Agustinos (librería de su tío, Mariano Galván Rivera) para conversar con el poeta de Tizayuca; el segundo, la inclusión en el número 7 de El recreo de las familias de dos poemas de Heredia, la desesperación y Dios al hombre y las referencia que escribe Eulalio María Ortega en la biografía de Heredia sobre la amistad de los dos poetas; el tercero, la nota de Heredia sobre Año Nuevo de 1839, publicada en el diario del gobierno, donde menciona pros y contras del anuario recién editado y analiza textos de Rodríguez Galván, para terminar exhortándolo a que huya de los vapores negros y pestilentes del romanticismo, y el cuarto las dos menciones sombríamente fraternales de Heredia que el propio Rodríguez hace en poemas suyos, como nos dice Marco Antonio Campos.

Hace falta mucho por escribir y más investigaciones que nos acerquen a la época que reseñamos y que nos permitan desarrollar nuestras propias opiniones y conclusiones. Para mí, tiene un halo de romanticismo y de hermandad entre los dos pueblos, el hecho que en el último verso de Rodríguez Galván, en un poema dedicado al poeta cubano José Jacinto Milanés (que tuvo un destino quizá más trágico que el de Rodríguez Galván), alude al cubano al incluir el nombre de Heredia como postrer recuerdo:

…..

Mas huye de donde entornadizo ondea
de libertad el estandarte al viento,
que de tiranos el impuro aliento
al genio daña y lo marchita en flor.

No empero pises las sangrientas playas
do la discordia lanza horrendo grito,
ni mucho menos el país maldito,
que a Heredia fue de luto y dolor.

Se ha dicho, que Ignacio Rodríguez Galván, tuvo influencia de José María Heredia, es dudoso ya que tuvieron poco tiempo de conocerse y su amistad, fue más una identificación de espíritus. Pienso que Heredia, como un hermano mayor, comprendía perfectamente a Rodríguez y trataba de orientarlo, más que literariamente, en la esfera moral; le aconsejaba que dejara esa nube pestilente de vapores tóxicos del romanticismo, que elevara su espíritu a cielos más limpios. Pero la vida de Rodríguez fue dura desde su nacimiento, pues nació en plena guerra de independencia, justo diez años y un día después de nuestro prócer y benemérito de las Américas, don Benito Pablo Juárez García. La incertidumbre que causaba la guerra la ilustra esta anécdota, al huir su familia, olvidan al pequeño Ignacio de apenas ocho días de nacido en el jacal o casa provinciana, a poco de salir y darse cuenta del descuido, vuelven por él, según contaba su hermano Antonio y remataba desde entonces estuvo condenado al abandono.

Ignacio Rodríguez nace a los veinte años de matrimonio de sus padres, los señores José Simón Rodríguez Maldonado y María Ignacia Galván Rivera, quienes se casaron el 25 de noviembre de 1795, no se sabe cuantos hijos tuvieron, lo que podemos inferir es que no fueron pocos hijos, lo que sí se deduce, es que los hermanos Antonio e Ignacio Rodríguez Galván, fueron llevados por sus padres siendo niños de alrededor de once años, a vivir a la casa de su tío materno, Mariano Galván Rivera, por las dificultades económicas que vivían en esos tiempos.

El eximio poeta José Emilio Pacheco nos dice: De entre esas sombras sin voz ni rostro surgió Ignacio Rodríguez Galván (1816-1842), el primer escritor mexicano en el sentido de ser el primero que no se formó en las instituciones coloniales, refutó con su actividad y su obra misma las calumnias arzobispales y expresó el punto de vista del mestizo, el término con que tratamos de sintetizar la diversidad indostana y babélica de las castas. En su acta de nacimiento aparece como “español e hijo de españoles” y según Guillermo Prieto, su amigo y contemporáneo, “su aspecto era de indio puro”.

Hay en los comentarios que ofrece Guillermo Prieto acerca de nuestro poeta una cierta severidad, cuando menciona que es un joven con talento, y que promete si se esfuerza en mejorar: “Hagamos que dé su grito de presente, en esta revista, Ignacio Rodríguez Galván.

Era nativo de Tizayuca, poblacho del rumbo de Pachuca, dotado de tres monumentos que, si no le daban celebridad alguna, le valieron el nombre y honores de un pueblo.

Estos tres monumentos eran una iglesia que servía a las tres maravillas para esquilmar y embrutecer a los indios. Tenía tienda en que el chinguerito hacía el principal papel y las atarrías y aparejos figuraban entre comestibles; y una pileta con agua salobre para gentes y bestias, a las que llegaban ansiosas y se retiraban haciendo gestos los consumidores.

El aspecto de Ignacio era de indio puro, alto, de ancho busto y piernas delgadas no muy rectas, cabello negro y lacio que caía sobre una frente no levantada pero llena y saliente; tosca nariz, pómulos carnudos, boca grande y unos ojos negros un tanto parecidos a los de los chinos.

Era Ignacio retraído y encogido y solía interrumpir su silencio meditabundo con arranques bruscos y risas destempladas y estrepitosas. Entró como dependiente a la casa de su tío D. Mariano Galván Rivera en su librería del portal de los Agustinos; aseaba y barría la librería, hacía mandados y cobranzas y por su aspecto y pelaje parecía un criado.

El tío le alojó en su casa en un observatorio astronómico, de suerte que sus primeras relaciones fueron con los astros y con el infinito. Acaso alguna idealidad de las obras de Rodríguez refleja estas primeras impresiones.

En la librería había tertulia perpetua de literatos chancistas, clérigos de polendas, como el Dr. Quintero, Moreno Jové y otros, y poetas como Couto, Carpio, Pesado y algunos más. La discusión sobre libros y asuntos literarios impresionaron a Rodríguez, que no leía, sino que devoraba libros, sobre los que llamaba la atención de los parroquianos de Galván. Por sí, y con trabajo asiduo sobre toda ponderación, emprendió el estudio del francés, del italiano y del latín, y se proveyó de una erudición asombrosa en escritores y poetas españoles.

Comentarios de Guillermo Prieto en Memorias de mis Tiempos (1828-1853), sobre la personalidad extravagante de Rodríguez Galván.

¿Habrá sido Rodríguez Iniciado Masón por los contertulios del librero Galván como lo fue Víctor Hugo y Dumas, como lo fue Hidalgo y Morelos, como lo fue Ignacio Manuel Altamirano y el mismo Guillermo Prieto? Si había un observatorio en la librería de su tío, ¿habrán tenido una logia? Recuerda Prieto una anécdota sobre una reunión donde Ignacio se presentó con gran capa azul, el sombrero en la mano, la raya abierta en su negro cabello, sus dientes sarrosos, mirada melancólica y tierna, sus piernas no muy rectas, y de conjunto desgarbado y encogido.

Cómo lo habrán tratado sus amigos, no a todos les dedica un poema, una palabra, un verso, a los demás, muchos le dieron la espalda, o simplemente no le brindaron el apoyo que necesitaba, pues como se sabe vivió casi rayando en la miseria, a pesar de tener una preparación autodidacta tan amplia como menciona Guillermo Prieto, idiomas, editor, escritor. Tan sólo su amigo y benefactor José María Tornel logró darle un empleo como oficinista en su ministerio, para encargarse de la redacción de la parte literaria del Diario del Gobierno, trabajo en el que pronto ascendería por sus meritos y que finalmente le llevó a convertirse en Jefe de la legación mexicana en los países del sur, lo que sería hoy en día, un embajador.

Cuánto dolor guardó Rodríguez Galván, veamos qué pensaba de la amistad. La pregunta es a quiénes les dedicó estos versos, porque hay quienes fueron verdaderos con Rodríguez:

…Amistad sincera
Busqué en los hombres y la hallé… Mentira
Perfidia y falsedad hallé tan sólo.

… Y abandonado y solo
En la tierra quedé. Mi pecho entonces
Se oprimió más y más, y la poesía
Fue mi gozo y placer, mi único amigo:
Y misteriosa soledad de entonces
Mi amada fue.

El editor y autor contemporáneo Fernando Tola de Habich, agradece a Alejandro González Acosta el rescate del texto de la partida de defunción, gracias a las investigaciones de Roger González Mertell y Omar F. Mauri Sierra en la Habana, Cuba, gracias a ellos sabemos, que su Partida de defunción se encuentra en el libro 19 de Entierros de Españoles, folio 136 Núm. 1467, de la iglesia de Nuestra Señora de la Caridad de la Habana, Cuba y dice lo siguiente: “El día veinte seis de julio de mil ochocientos cuarenta y dos: se dio sepultura en el Cementerio General según consta en la papeleta al cadáver de D. Ignacio Rodríguez Galván individuo de la legación megicana, natural de Méjico y vecino de esta feligresía, soltero, se ignora el nombre de sus padres, no testó ni recibió los Stos. Sacramentos por su pronta muerte: era de veinte y seis años de edad y lo firmé: Anolay Domingo de Manzano.

Casi un cenotafio, pues no habría en su cripta, amigos y familiares que lo recordaran con cariño, quizá tan sólo con respeto. Aún no ha llegado el día en que sea coronado con laureles y flores.

La tragedia siguió a Rodríguez aun después de muerto, pues el cementerio General de la Espada en la Habana Cuba, que se fundó el 2 de febrero de 1806, fue destruido cuatro años después por un maremoto. Especialmente a los tizayuquenses nos interesa mucho saber si existe posibilidad de recuperar sus restos. Esta esperanza es exigua por lo que se sabe del funesto destino…

Cito a Manuel Payno en su vista a Cuba, Rodríguez, quizá cansado de la vida, presa de esos indefinibles sufrimientos morales que nos hacen odiar la existencia, hacía lo que verdaderamente pueden llamarse locuras. Comía en exceso, bebía vino, se asoleaba, se bañaba en horas desusadas, esto en un clima como el de la Habana en el mes de julio, le produjo un vómito prieto terrible. Fue atacado en la misma posada, en el mismo cuarto, y quizá en el mismo lecho donde yo duermo (calle del teniente del Rey, Hotel Francés). Luego de que se difundió la noticia de la enfermedad acudió Bachiller, lo transportó a su casa, situada fuera de la Habana y en un sitio ventilado y hermoso. Allí personalmente lo asistió como un hermano, le prodigó todos los auxilios de facultativos y medicinas; pero la enfermedad era mortal y nada bastó para contener su influjo destructor. Rodríguez en su enfermedad fue visitado por todos los jóvenes de la Habana y por multitud de personas, y si no miró en sus últimos momentos a sus amigos de México y a su familia, si vio que su genio y su excelente corazón le habían granjeado vivas y sinceras simpatías.

Bachiller tiene la honra de haber sido el benefactor de un mexicano desgraciado, y el generoso amigo del pobre poeta, a quien lanzó su fortuna de este lado de los mares, para ver en su postrer instante la belleza insular y cerrar los ojos para siempre.

A 167 años de su muerte duele que siga tan olvidado, no por falta de interés de sus lectores, sino por la falta de atención de las instituciones académicas y culturales, de sus responsables y divulgadores dedicados a investigar para acercarnos más a nuestras raíces, a nuestros predecesores. Asimismo pienso que es más grande levantarse al final de entre las cenizas del tiempo, para mostrarse como un pilar del edificio que albergará a las letras mexicanas.

A quienes tenemos el privilegio de haberlo leído, nos han cautivado los poemas de Rodríguez Galván, como se ha dicho en esta conferencia, la presencia de Heredia en su poesía es una constante, así aparece en el poema llamado “Por vez primera” escrito el 1 de noviembre de 1840:

Ya tendido expirando en lecho duro

De escarnio soy y lástima el objeto;
Ya entra de Heredia el pálido esqueleto
En mi oscura mansión

En vida y muerte, oh vate, infeliz fuiste;
Si en tu existir tocaste sólo abrojos,
Con muertos ignorados tus despojos
Yo confundidos vi.
Tú predijiste mi miseria cuando
En mi mano sentí tu mano ardiente;
Si no heredé tu númen elocuente,
Tú mala estrella sí.

Manuel Toussaint (Cd. México 1890-Nueva Cork 1955) escritor e historiador del arte, en 1939 en el centenario de la muerte de José Maria Heredia el gran poeta cubano, dictó una conferencia donde dijo, es raro no tener un artículo suyo acerca de Rodríguez Galván, de quien se sabe fue gran amigo, pero la explicación de esto, debe buscarse acaso en la juventud de Rodríguez y en quien fue quizás, el último amigo de Heredia.

No sé que tanto se sepa de Rodríguez Galván en Cuba, pero lo que ofrezco, son datos para hermanarnos más en nuestra historia literaria, porque los poetas, siempre preceden. Como ya se mencionó aquí, existe un artículo en que Heredia hace recomendaciones a Galván, pero eso no es lo sustancial. Lo trascendente, es lo que no se registró, las conversaciones de amigos, lo íntimo, su identificación, su hermandad, su anhelo por saberlo un hombre que logra salir del sufrimiento y mirar cada día más alto. Pienso que eso fue lo que guió a Bachiller en Cuba cuando prestó desinteresada ayuda a Galván que a pesar de esto murió joven.

Marco Antonio Campos nos recuerda que en esos tiempos, los poetas luchaban por la verdad, por la libertad, ahora los poetas, luchan por las becas, por los apoyos gubernamentales.

Cintio Vitier, en su ensayo, Introducción a los grandes románticos cubanos dice que La Epístola a Ignacio Rodríguez Galván, de Milanés, vale sólo por su última línea. Sin embargo los grandes poetas se equivocan, pues los criterios son técnicos, artísticos, y a veces no históricos, mucho menos circunstanciales.

Juzgue el lector dicho poema escrito por José Jacinto Milanés en respuesta lírica a tres días de la muerte de Rodríguez Galván:

Vate de Anáhuac, pues con tu lloro
quisiste honrar mi desmayado drama,
esa es la hoja mejor del lauro de oro
que codicioso demandó a la fama.

El bello corazón de la cubana
pintó no más, sin reparar quisiste,
en aquella hermosura sevillana,
hija infeliz de mis ensueños tristes.

Tiernas son nuestras bellas, y este clima
les da un hablar simpático y suave,
qué fácil entra en la española rima
y al corazón introducirse sabe.

Donde deja marcada su sandalia
la vil esclavitud, mandan las bellas
con ternura mayor. Así es Italia
con su cielo riquísimo de estrellas.

La causa debe ser –y así redimen
la vejación con que las tristes andan-
que donde más las hermosuras gimen
es más donde las hermosuras mandan.

Oh! Yo las amo. Y si la lira mía
su posición amargara suavizará
amor, y sólo amor resonaría
mientras el corazón me palpitara.

Mas ¿qué es la voz de un vate, eco perdido
de un ave triste en tempestad horrenda?
pula al que manda al pueblo embrutecido
y plantará la ilustración su tienda.

Pero no buscaré, como tú dices,
playa mejor en donde el libro goza
y entre sus hijas nobles y felices
la santa independencia se alboroza.

Que aunque supe adorar por dicha mía,
la libertad augusta, pequeñuelo,
y siempre detesté la tiranía
como amo al sol, como bendigo al cielo:

Aunque abomino al mandarín malvado
que a remachar mis grillos coadyuva,
nunca comiendo el pan del emigrado
pensé cumplir con mi adorada Cuba.

Hijo de Cuba soy: a ella me liga
un destino potente, incontrastable:
con ella voy: forzoso es que la siga
por una senda horrible o agradable.

Con ella voy sin rémora ni traba,
ya muerda el yugo o la venganza vibre.
Con ella iré mientras la llore esclava,
con ella iré cuando la cante libre.

Buscando el puerto en noche procelosa,
puedo morir en la difícil vía;
mas siempre voy contigo ¡oh Cuba hermosa!
Y apoyando el timón espero el día.

Julio 22 de 1842

Quizá José Jacinto Milanés era uno de los que mejor comprendía a Rodríguez, ya que provenía de similares circunstancias, familia humilde, autodidacta, lectura intensa y sensibilidad. Son aspectos que a veces olvidan los críticos, pero que para el lector sensible, esencial, son los que engendran mejor la poesía del mundo.

Quisiera extenderme hasta donde mis emociones conocen, pero es prudente concluir. Los poetas mayores nos han dicho: no puedes decirte poeta a ti mismo, deja que el pueblo te lo diga… Es el tiempo el que consagra tu obra y mucho más… Considero que es menester de los artistas creer en lo que hacen, en lo que hacemos. Nosotros dictamos y decimos y otros siguen, así que creamos sinceramente en lo que hacemos. El tiempo es un parpadeo o una noche larga…, al final, habrá alguien que descubra lo que hay bajo el sol.

Manuel Payno el escritor y diplomático, lo dijo refiriéndose a Ignacio Rodríguez Galván, de no haber muerto tan joven, hubiera sido el William Shakespeare de América, yo, le creo.

Y me despido con el poema que escribió Ignacio Rodríguez Galván sobre el vapor que lo llevo a Cuba:

Adiós, Oh Patria Mía

A mis amigos de México

Alegre el marinero
en voz pausada canta,
y el ancla ya levanta
con extraño rumor.

De la cadena al ruido
me agita pena impía.
Adiós, oh patria mía,
adiós, tierra de amor.

El barco suavemente
se inclina y se remece,
y luego se estremece
a impulso del vapor.

Las ruedas son cascadas
de blanca argentería.
Adiós, oh patria mía,
adiós, tierra de amor.

Sentado yo en la popa
contemplo el mar inmenso,
y en mi desdicha pienso
y en mi tenaz dolor.

A ti mi suerte entrego,
a ti, Virgen María.
Adiós, oh patria mía,
adiós, tierra de amor.

De fuego ardiente globo
en las aguas se oculta:
una onda lo sepulta
rodando con furor.

Rugiendo el mar anuncia
que muere el rey del día.
Adiós, oh patria mía,
adiós, tierra de amor.

Las olas, que se mecen
como el niño en su cuna,
retratan de la luna
el rostro seductor.

Gime la brisa triste
cual hombre en agonía.
Adiós, oh patria mía,
adiós, tierra de amor.

Del astro de la noche
un rayo blandamente
resbala por mi frente
rugada de dolor.

Así como hoy la luna,
en México lucía.
Adiós, oh patria mía,
adiós, tierra de amor.

¡En México!… ¡Oh memoria!…
¿Cuándo tu rico suelo
y a tu azulado cielo
veré, triste cantor?
Sin ti, cólera y tedio
me causa la alegría.
Adiós, oh patria mía,
adiós, tierra de amor.

Pienso que en tu recinto
hay quien por mí suspire,
quien al oriente mire
buscando a su amador.

Mi pecho hondos gemidos
a la brisa confía.
Adiós, oh patria mía,
adiós, tierra de amor.

[A bordo del paquete-vapor Teviot, navegando de la baliza de Nueva Orleáns a La Habana. Domingo 12 de junio de 1842.]

        .

Jorge Contreras Herrera (Tizayuca Hgo.,1978) Poeta, escritor, promotor cultural, autor de los libros de poemas: ¿Quién Soy Otro sino Tú? y Poemas del Candor, editorial Fridaura, compilador de la antología Tributo a Sabines: he aquí que estamos todos reunidos.

El Ángel caído y otros poemas de Ignacio Rodríguez Galván, en la biblioteca virtual, http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/literatura/angel/1.html

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Holguras

Por Yuri Herrera

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I.

Construyó el cuarto para desahogarse de todas esas ocasiones en que sentía que era una promesa hecha a la ligera, él: un arrebato de engaños, una fachada que se desbarataría en cuanto alguien lo confrontara con el verdadero estado de su patrimonio, de su hígado o de su memoria. Por cuando sentía que era un hijo de puta, pues, o un tipo insignificante, en cualquier caso alguien solitario como una piedra, es que construyó ese cuarto. Iba ahí a escuchar música, a mirar por el ventanal el horizonte enrrachado de colores, o a sentir el viento rozando los cristales. Y se ponía bien.

Un día descubrió al abrir la puerta que el cuarto se había convertido en un negro y chispeante hermoso universo en cubo. Seguían advirtiéndose los vértices de la habitación, allá, allá, allá, allá, allá, allá, allá, allá; pero aunque el universo se plegara podía verse que continuaba: vio al fondo galaxias elípticas colisionando y galaxias en espiral que desprendían energía inconmensurable; un cometa pasó frente a su nariz despidiendo gases azules y siguió su órbita hasta perderse en el suelo de la habitación. Cerró la puerta. Volvió a abrirla para comprobar que el universo seguía ahí. Seguía ahí.

Sonó el timbre. Fue a abrir. Era un misionero de algún tipo que insistía en saber si ya estaba preparado para la venida del señor y en que ya se acercaba el fin de los tiempos. Le respondió que sí a todo pero no lo invitó a pasar. Vuelva otro día. Regresó a mirar el universo. Advirtió entonces que a la izquierda del quicio había una inmensa galaxia irregular con un hoyo negro en el centro. Levantó una mano y la introdujo en él. Al sacarla, tenía un dedo menos y el pulgar era más largo.

En general la mano volvió más torpe y, a la vez, como más experimentada. No la podía utilizar para labores domésticas pero era especialmente hábil frente a la computadora, y, si se distraía, la mano comenzaba a dibujar trazos en el aire, como si dirigiera una orquesta.

Pasó varias tardes considerando si debía volver a aventurar su cuerpo en el universo. Decidió experimentar con una lagartija. La metió por el hoyo negro sin soltarle la cola y al cabo de unos momentos la jaló de vuelta. La cola seguía siendo igual que antes, pero el reptil volvió encorvado, blanco, menos nervioso, y lo miraba a él con una fijeza y claridad escalofriantes. Dejó a la lagartija en una pecera, donde se dedicó a caminar lentamente de aquí para allá, cual si cavilara sobre algún asunto grave. A ratos se sentaba con la mitad del cuerpo erguido y miraba en dirección al cuarto.

Cuando el misionero volvió, lo invitó a pasar muy amablemente. Lo condujo a la habitación del universo y le dijo: hay un pasillo oscuro, ni se fije, nomás dé un paso a la izquierda para entrar a mi despacho. En cuanto el misionero lo hizo fue succionado por el hoyo negro. Se quedó un rato a la espera de que sucediera algo más, pero el cosmos seguía en lo suyo.

Si al principio pasaba horas de pie mirando el universo, con el transcurrir de los días comenzó a darle otra utilidad. En vez de sacarlas a la calle, echaba las bolsas de basura por el hoyo negro; se deshizo de fotos de amores pasados; arrojó por ahí los muebles que dejaban de gustarle. El resto de la casa comenzó a lucir limpio, luego minimalista, después vacío.

La primera noche que durmió en el suelo le llegó de la habitación un sonido que le pareció como el de un gigante atragantándose. No le prestó atención. Ya había decidido que ahora él se metería por el hoyo negro.

Al despertar, lo primero que hizo fue sacar a la lagartija de su celda de vidrio. El reptil, sin embargo, no se dirigió a la habitación del universo: se paseó un rato por la casa desierta, luego se enroscó cual perro y se echó a dormir. Entonces él se dirigió al cuarto, pero ya no pudo meterse porque apenas abrió la puerta un torrente de astros y materia oscura lo tumbó de espaldas, invadiendo las otras piezas. Quiso decir algo, pero la voz ya no le salía sino como fulgores que se perdían a la velocidad de la luz.

II.

La última vez que me habían hecho eso fue por una úlcera en el duodeno. Había sangrado como un cerdo pero no fue necesario someterme a cirugía. Hice dieta, tomé drogas legales, el ardor amainó y aguardé a que el tiempo corrigiera lo demás.

—Vamos a ver la cicatriz —dijo el médico; ubicó dentro de mi campo visual un monitor conectado al endoscopio y bromeó—: disfrute el paisaje.

Vi la lengua, el paladar, las amígdalas. Después de ese punto mi garganta pareció perder humedad y blandura y comenzó a verse angulosa y rígida. La pared anterior se apeldañó regularmente, lo juro, ahí había una escalinata. La cámara prosiguió y entonces se abrió una concavidad agradablemente iluminada cuyo diseño parecía haber seguido los cánones del Feng Shui; había un pequeño desnivel y un tapanco y la energía fluía armoniosamente en todo el ámbito. En la siguiente pieza tres pasillos se abrían a norte, este y oeste. La cámara continuó hacia el norte, a poco de entrar una escalera de caracol nos llevó a una galería muy larga en la cual no había nada sino claraboyas en el techo.

—Es un mecanismo de ventilación —dijo el médico, autoritativo.

Al final de la galería descubrimos otro pasillo, y al final de éste una estancia heptagonal ante la cual había dos puertas. Tomamos asiento. Es un decir. La cámara tomó asiento subjetivamente mientras se procesaba la decisión de por dónde seguir. Seguimos por la puerta de la derecha. La siguiente habitación estaba a oscuras. De súbito se vio el flamazo de un fósforo y detrás de él la cara de un hombre acabado de despertar, claramente avergonzado. Movió los labios, no podíamos escuchar nada pero él debía saberlo, así es que articuló cada palabra con gran lentitud. “Ya mañana conecto la luz” dijo. Ahí fue cuando el médico retrotrajo la sonda, acaso con algo de torpeza.

En cuanto retiró el instrumento, el médico luego se cruzó de brazos como tantos médicos han hecho a lo largo de la historia cuando transmiten serenidad y sapiencia. Se le veía preocupado mas no en exceso.

—Acabo de recordar —dijo—, que dejé las llaves de mi auto pegadas al interruptor.

Se levantó y salió de la habitación.

Claramente, lo corroía la envidia.

Yuri Herrera (Actopan, Hgo., 1970) estudió Ciencia política en la UNAM y Creación literaria en la Universidad de Texas, su novela Trabajos del reino la reeditó ed. Periférica en España en 2008, es editor de la revista literaria El perro.

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Entre la esperanza y el desengaño: el teatro de la Revolución mexicana
(selección )

Eugenia Revueltas

El teatro como texto oral y escrito, y como espectáculo, nace en los albores de la civilización, y es razonable suponer que su fuerza reside en que en los procesos de representación propios de todo espectáculo, el hombre se contempla a si mismo, aunque no en forma individual sino colectiva; al mismo tiempo, quienes producen el espectáculo o el hecho teatral son a su vez múltiples emisores, y entre los dos -emisores y receptores- tiene lugar aquel fenómeno, magnifico y efímero a la vez, que consiste en encontrarse consigo mismo y con los otros y establecer un vinculo de congenialidad.

Hay en el ser humano una fuerte e irrenunciable raíz narcisista que lo lleva a contemplarse una y otra vez, fascinado por su propio rostro, cautivado por las múltiples posibilidades de concreción de la autocontemplación. El teatro, no solo como literatura dramática sino en su sentido mas amplio, posee una enorme capacidad de representación de la realidad y posibilita la reflexión sobre ella mientras rastrea en los estratos más profundos de esa misma realidad sus más complejas virtualidades. Si formalizamos la esencia del hecho teatral en una minima ecuación, que es la que sostiene la semiótica: “a” representa a “b” y es contemplado por “c”, entendemos que más allá de la condición letrada del contemplador, la comunicación teatral se establecerá con todo su poder persuasorio. Por ello, en los momentos de crisis social, de cambio y de transformación, el teatro posee una fuerza que lo hace el instrumento ideal para transformar a las sociedades. Con frecuencia el discurso dramático teatral es el instrumento para exaltar o criticar la sociedad: no solo posee una fuerza estética sino metaliteraria, particularmente rastreable en el teatro político.

Si nos concentramos en fenómenos recientes, veremos que en todas las revoluciones contemporáneas, desde la mexicana, la rusa, la cubana, hasta la china y la vietnamita, el teatro es un instrumento para formar una conciencia crítica en una sociedad cambiante. Aunque, sin duda, toda forma estética (pintura, música o literatura) lo hace, en el teatro el impacto político, estético, moral, se da en el momento mismo de su comunicación: mientras diversos emisores comunican su mensaje frente a receptores colectivos, que en ese mismo instante lo asimilan, lo decodifican, lo vuelven parte de su experiencia cotidiana y lo asumen como algo vivido.

De los efectos que la contemplación del espectáculo teatral produce en el espectador, uno de los puntos mas discutidos es el de la catarsis, que ha sido objeto de controversia a lo largo de los siglos, pero que es una constante en cuanto a la recepción del fenómeno teatral. El punto de vista clásico, fundamentalmente el de Aristóteles, subraya que en el instante de la recepción se produce en el espectador un proceso de identificación, este lo lleva a la purgación de las pasiones, sobre todo piedad y terror, que transforman al espectador. Así, la catarsis seria uno de los objetivos de la experiencia teatral y sus consecuencias, de algún modo, podría considerarse como una purificación a través de la regeneración del “yo” receptor; esta purificación o purgación ha sido asimilada a los procesos de identificación y al placer estético.

Esta visión clásica de la catarsis ha sido analizada y cuestionada por otros autores como Corneille, en su segundo discurso sobre la tragedia, o Rousseau, quien definitivamente condena al teatro y la catarsis, como lo señala Patrice Pavis en su Diccionario del teatro: “una emoción pasajera que no dura mas que la emoción que la produce, un vestigio del sentimiento natural, pronto ahogado por las pasiones, una piedad estéril, que se alimenta de algunas lagrimas y jamás produce el mas mínimo acto de humanidad”. Berthold Brecht retomó esta reflexión rousseauniana en el Pequeño órgano. Según él, el distanciamiento produciría en el espectador un efecto mucho más complejo y profundo, pues superaría el carácter sentimental y afectivo de la identificación, y lo haría reflexionar y comprender racionalmente lo contemplado; es decir, habría un predominio de las actitudes reflexivas sobre las afectivas o existenciales. Estos fenómenos que experimenta el espectador, en los hechos se dan como experiencias consistentes y simultáneas, pues el teatro nos hace sentir y a la vez reflexionar sobre lo que contemplamos en escena. Esto es muy claro en el teatro político.

En el hecho teatral, el director es el primer receptor, que lee, transforma y busca en el texto o simplemente en el guión teatral la mejor forma de comprender y enriquecer el mensaje. Se transforma en emisor, cuando entra en relación con todos los otros participantes del hecho teatral: actores, escenográfos, músicos, iluminadores, tramoyistas, etcétera; cada uno interpretará el texto o la propuesta escénica desde su área, y experimentará con ella las mejores estrategias para descubrir la esencia de lo emitido, de modo tal que cada uno de ellos también se transfigurará en emisor para un personaje colectivo que es el público. El público accede al fenómeno teatral mediante lo que se ha llamado un “horizonte de expectativa”, es decir, que escoge lo que quiere ver, sea por la temática, los actores, el director, etcétera, de ahí que en cada época se dé un género dominante.

Las obras recopiladas son de dramaturgos, profesionales o no, que en ellas intentaron ver el verdadero rostro de la Revolución mexicana. Fueron escritas en las primeras tres décadas del siglo XX. Consumado el movimiento armado, la sociedad mexicana suponía que se cumplirían todos los ideales de justicia, democracia, libertad, bienestar que el movimiento había prometido. La Revolución había sido cruenta. Según la estadística oficial, costó un millón de muertos. Era hora de cumplir, pero en una sociedad tan compleja como la mexicana, tan asimétrica y tan injusta ya de si, solo unos cuantos fueron beneficiarios de los cambios prometidos. Los pobres, los marginados de la sociedad, seguían padeciendo la misma injusticia, abuso y exclusión. De ahí que el teatro político mexicano de la época pendulara entre la esperanza y el desengaño, siendo éste la tónica dominante.

Aunque hay una abundante literatura dramática desde 1908 a 1940, poco sabemos de este teatro; tal vez la única figura poderosa presente en la memoria y el conocimiento de los espectadores sea la de Rodolfo Usigli, y fundamentalmente su obra El gesticulador. El teatro desenmascarador y fuertemente critico de Usigli y de esta obra fueron una revelación para la generación del medio siglo y posteriores; sin embargo volviendo la mirada al pasado, veremos que desde 1908 y las décadas siguientes, la esperanza y luego el desencanto fueron los ejes narrativos, éticos y políticos que dominaron la dramaturgia mexicana de la primera mitad del siglo XX. Las obras de estos dramaturgos son las voces ausentes -lo dice de alguna manera Marcela del Río en su libro Perfil y muestra del teatro de la Revolución mexicana-, pues vistos en perspectiva histórica, ellos avizoraron un futuro oscuro y poco prometedor del movimiento revolucionario que en ese momento no era evidente, aunque lo sería para la segunda mitad del siglo XX.

Muchas veces se ha señalado el carácter pesimista de las novelas de la Revolución mexicana, que solo son de la revolución porque tratan el tema de la revolución, aunque más bien señalan el desengaño de los autores frente a un movimiento en el que algunos participaron. Para cuando escriben sus textos Martín Luis Guzmán, José Vasconcelos, Mariano Azuela, etcétera, el sueño de la Utopia revolucionaria se había desvanecido.

En los textos teatrales de los primeros años del siglo XX, el carácter crítico y revolucionario de los textos es mucho mas fuerte, tal vez porque, ya lo señalamos, el teatro tiene una fuerza persuasoria que apela no tanto a los conocimientos previos de los acontecimientos, sino a la experiencia acerca de ellos y a lo que se ha llamado la reflexión natural que de la vida y el mundo tiene el espectador, sea cual fuere su educación formal. Por ejemplo, es probable que muchos espectadores de la obra de Carlos Barrera no hubieran leído el Emilio de Rousseau, pero conocían por experiencia propia la injusticia y la explotación, y sabían que era una forma de la esclavitud; al presentarse ante sus ojos su propia experiencia, es evidente que se identificaban y atendían al mensaje propuesto por Barrera.

Dentro del amplio abanico de las propuestas socialistas en nuestro país, la más antigua y a la vez la más poderosa es la anarquista o, para usar un término contemporáneo que intenta borrar el contenido peyorativo que de la palabra anarquista se fue troquelando a lo largo de los siglos XIX y XX, el “socialismo libertario”. Los movimientos campesinos y laborales urbanos en México del último tercio del siglo XIX, pasaron por la formación de mutualidades, cooperativas, sociedades, etcétera, hasta llegar al anarcosindicalismo.

Sabemos que, entre 1887 y 1900, esta corriente se vio enriquecida con la presencia de la inmigración española de finales de siglo; muchos de estos inmigrados habían sido expulsados de su país no solo por la pobreza que azotaba tanto al campo como a las ciudades españolas, sino por su pertenencia ideológica, ya que Europa veía el anarquismo como uno de los grandes peligros para la estabilidad del Estado: “aunque muchos de ellos se decían socialistas, sus conceptos políticos provenían fundamentalmente de Kropotkin y Bakunin”. Marcela del Río, en el libro ya citado, señala que “el organizador del anarquismo en México es Plotino Rhodakanaty, griego de nacimiento, de padre griego y madre austriaca, quien estudia en Paris, donde adquiere admiración por Fourier y Proudhon. Llega a México atraído por el llamado que hace Comonfort para crear en el país colonias agrícolas […]”. Ignacio Comonfort, liberal moderado, durante su gobierno trato de cambiar algunas de las estructuras económicas mas tradicionales en México, como la agrícola, y por ello creo colonias agrícolas donde hubiera una conjunción entre las formas tradicionales y modernas de producción agrícola, donde la idea de trabajo y tenencia colectiva era fundamental y, al mismo tiempo, donde se integraran formas modernas y competitivas de producción agrícola. La situación tan conflictiva que le toco vivir a Comonfort seguramente imposibilito el funcionamiento de tales colonias.

Rhodakanaty tuvo una influencia fundamental en la formación de un movimiento anarquista en México, aunque al no encontrar aquí las condiciones que se había imaginado, salió del país en 1886. pero el grupo de Estudiantes Socialistas fue el definitivo para el movimiento anarquista que luego iba a ser enarbolado, a principios del siglo XX, por Ricardo Flores Magón. En el campo político, las propuestas anarquistas de Ricardo y Enrique Flores Magón fueron esenciales. La aparición del periódico Regeneración en 1900, así como la huelga de Cananea como primer movimiento revolucionario y el manifiesto de 1906, fueron decisivos para la caída del régimen de Díaz y el inicio de la Revolución mexicana.

Las obras de teatro escritas entre 1915 y 1918 tienen como eje ideológico la Revolución mexicana, a la que se vinculan estratégicamente las estructuras teatrales, tales como caracterizaciones, deixis de personajes, didascalias internas o externas, para hacer llegar a los espectadores un mensaje que no deja dudas: las clases populares han sido explotadas, humilladas y marginadas, a tal grado que el único camino es el de la revolución, pero el de una revolución que no apuntale una vez más las instituciones que a lo largo de los siglos han construido las clases dominantes; el pueblo por si mismo debe buscar el mejor camino para alcanzar lo mas preciado del hombre, la libertad. Junto a este primer mensaje se da otro, aunque inquietante no menos cierto: las leyes y las instituciones nunca están hechas para defender los intereses de “los humillados y los ofendidos de la tierra”, usando una frase dostoievskiana. Si para lograr la justicia y la libertad hay que destruir el viejo sistema, se le destruye para regenerar la vida humana.

Juan Bustillo Oro y Mauricio Magdaleno fundaron en 1931 el Teatro de Ahora, que, como su nombre lo indica, está volcado sobre el presente, aunque a veces pueda parecer el pasado por la persistencia de los males sociales representados, pues la injusticia, los despojos y abusos, la corrupción, la falta de libertad, siguen siendo la tónica de la vida nacional. De ahí la lucha de las clases populares por alcanzar la justicia, la libertad.

Pánuco 137, también escrita en 1931, y publicada en 1933 por la editorial Cenit, incide en el carácter contestatario y de denuncia de las obras seleccionadas. Justicia, tierra y libertad siguen siendo los ejes convergentes del texto, pero aquí enfatizados por la doble vuelta de tuerca, del conflicto entre modernidad y sociedad tradicional.

Los hispanoamericanos nos hemos preocupado siempre por ser modernos: llegamos tarde a la historia, de modo tal que nuestra meta principal ha sido acceder a la modernidad. El uso ideológico de la modernidad es el arma del imperio para adueñarse de la nueva riqueza natural de los hispanoamericanos: el petróleo. En la obra se contraponen dos grupos: los invasores extranjeros, que ofrecen modernidad y riqueza, y los campesinos, dueños de la tierra, entrañablemente unidos a ella, donde descansan sus ancestros, donde deben nacer sus hijos; la tierra que los alimenta y por la que están dispuestos a morir antes que venderla.

La historia tiene para los espectadores del siglo XXI el efecto de lo ya conocido, recuperamos en ese pasado no tan lejano la experiencia de nuestro presente; el reconocimiento de esos autores por su aguda intuición.

Como Bustillo, Magdaleno usa un universo dramático persuasorio, convincente, en el que hace hincapié en el manejo de los signos teatrales de la relación asimétrica y paradójica entre modernidad y sociedad tradicional popular y libertaria, términos que en la situación latinoamericana, no son contradictorios.

Sin duda, Rodolfo Usigli es el dramaturgo más importante del teatro de la Revolución mexicana en el periodo 1915-1940. Su obra emblemática es El gesticulador, aunque he preferido en esta ocasión antologar una de sus comedias impolíticas: Noche de estío, por el conocimiento profundo que el autor posee de las entrañas del poder político en México. La obra tiene espíritu contestatario, develador y de denuncia, sin contemplaciones del poder y, a la vez, un sentido del humor que sirve de reforzador irónico del mundo puesto en escena.

El discurso plagado de sobreentendidos, que verbaliza la hipocresía, corrupción, traición, oportunismo, mediocridad, soberbia, etcétera, de los gestores del poder en México, cobra toda su eficacia en diálogos rápidos y develadores de la ambición de los supuestos salvadores de la patria.

Los protagonistas y sus secuaces están de tal manera enraizados en el imaginario colectivo, que para cada receptor tienen nombre propio y apellido del momento entre 1933 y 1935 en que la obra fue escrita. El general, el ministro, la esposa del ministro, el ingeniero, el empleado público, todos forman parte de la conocida galena de la gente del poder. Esto se hace evidente con el humor característico de Usigli, quien advierte al espectador: “Cualquier semejanza entre los personajes de esta comedia con personas de la vida política y social de México, es puramente casual y absolutamente desaconsejable […]” Líneas mas adelante completa su advertencia “[…] empiezo a temer, por lo demás, que los políticos de esta comedia sean idealmente malos”.

La obra juega con las informaciones equivocas y atemorizantes que los protagonistas van recibiendo y que, según su lectura, anticipan un levantamiento popular, y con él, el fracaso de sus planes. En el ultimo acto, todo queda en agua de barajes, pues todas las informaciones se refieren a acontecimientos que nada tienen que ver con un levantamiento y los agresores son simplemente obreros que no van a matar a nadie sino que solo llegan a componer la luz.

Al esquema realista de estas obras, se opone el de la Comedia sin solución, escrita por el estridentista Germán Cueto (escultor, undador del teatro guiñol, junto con su esposa Lola, y dramaturgo ocasional), obra vanguardista, que hace una lectura metafórica del caos y de la desesperanza que causan los ideales no realizados de la Revolución. La obra forma parte del llamado “teatro sintético” que, como su nombre lo indica, se aleja por un lado de las convenciones del teatro realista de la época, y de los excesos verbalizantes del teatro político; la propuesta es de un teatro económico, ceñido y puntual que hable más a la inteligencia y la reflexión que a la identificación afectiva.

Al principio del texto, de tan solo tres páginas, se señala algo que seguramente desconcertó a los espectadores: la escena y los actores están sumidos en la oscuridad mas absoluta; lo que el público no ve sino oye son las voces de personajes que sólo se distinguen por los pronombres en el texto y por la calidad de sus voces en escena. Al fondo del escenario, hay solo una gran ventana, señalada en la didascalia, y detrás de ella “solo contemplamos la fría luz de la luna”. Los personajes son Ella, Ellos, Uno y El otro, transitan en la oscuridad y ensayan un diálogo en una situación que es completamente alejada de su vida cotidiana.

Dentro de los dos niveles de lectura en el texto, el primero es el de la discusión intimista en la que los personajes se preguntan por el sí mismo, qué hago en el mundo y cómo me relaciono con los otros, la eterna discusión entre mismidad y alteridad. El segundo nivel es el de una reflexión, en la tercera década del siglo XX, sobre la Revolución mexicana, sus crisis y su impacto sobre quienes la vivieron o la seguían viviendo. Indudablemente la propuesta de la obra está integrada al teatro de vanguardia y representa de manera abstracta más que estilizada “un instante fugaz de la vida en movimiento, como lo preconizaba Marinetti en su teatro de propuesta futurista”.

Hicimos una lectura teatral de la obra, con algunos signos sonoros y de vestuario para contextualizar el texto. La escena empieza cuando se apaga un cerillo mientras enciende un cigarro y se oyen las voces de los personajes que hablan entre ellas a ciegas. Se preguntan: qué hacemos aquí, quiénes somos, de qué oscuridad venimos o cómo será la luz del amanecer; estas preguntas, que son los ejes del texto, las intercambian los personajes.

También se interrogan sobre si la oscuridad es placentera o no, o si pueden permanecer ajenos a quienes están mas allá del espacio en el que están encerrados. A lo largo de la obra, la figura y la música de un cilindrero contextualizan los diálogos y le permiten a la voz femenina orientarse en la oscuridad y la soledad, pues primero pregunta a los otros si esa música es característica de los barrios pobres de la ciudad y después lo afirma. Se escucha un lamento que se confunde con el ruido del viento y que en dos ocasiones se hace más potente y doloroso: Ella se pregunta de nueva cuenta si es posible permanecer ajenos al dolor del hombre que se está quejando afuera.

La espera se hace cada vez más terrible y sobrecogedora y lo único que desea Ella es volver a ver la luz, estar con los de afuera. La obra termina en forma súbita con una luz deslumbrante y la ausencia total de personajes en el escenario. En la lectura que se hizo durante la conferencia, por la escasez de medios para obtener una luz radiante, los personajes, iluminados por una fuente de luz lateral, volteaban su rostro hacia ella, efecto que los espectadores leyeron de diferentes modos. Para unos, era la esperanza de que la oscuridad se acabara; para otros, la ceguera provocada por la luz deslumbrante de la nada. La lectura teatral de esta obra conmovió por su novedad, y por lo que algunos consideraron un parentesco con el mundo teatral de Samuel Beckett. Ortiz Buyé dice que “Cueto propone así una audacia escénica: demoler el concepto de teatro convencional, realista, donde la acción transcurre en la oscuridad y en la que los personajes no son mas que abstracciones de lo masculino y lo femenino, El y Ella”, y en la segunda lectura, la abstracción de la Revolución, entre el caos, el desengaño y la esperanza.

Creemos que recuperar éstas y otras voces olvidadas del teatro mexicano nos permitirá ahondar no solo en la historia del teatro de la Revolución sino en las diferentes formas del imaginario colectivo con que la sociedad mexicana fue construyendo su visión de la Revolución.

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Eugenia Revueltas. Nació en México D.F., en 1934. Profesora en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, especializada en teoría y crítica literaria e historia de la cultura, es autora de varios libros de ensayos.

En la presentación del libro por su autora, se realizó una lectura dramatizada de la primera parte de Justicia S. A. de Bustillo Oro. Participaron alumnos del seminario de Semiótica del teatro, del posgrado en Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM

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Chapado a la antigua

Juan Rivera

Con periódicos sobre la mesa, entre notas rojas y cuentos políticos, me encuentro con la noticia de que México entero se ha unido en un mismo compromiso: canonizar al Vasco Aguirre si ganamos el mundial. Doy mi palabra que el mismísimo Benedicto XVI, ante una afición brava, celebrará la beatificación en el Estadio Azteca y cantará con mariachi. Qué regalo más grande para los héroes del Bicentenario que triunfar en la batalla del balompié internacional. Dicho está: México Campeón.

Si conseguimos la Copa del Mundo, habremos de ser la nación número uno en tres cosas distintas: en el futbol (claro está), en la lucha libre, y en obesidad. Puede ser que nos ganen los asiáticos en nanotecnología, los europeos en sistemas económicos, los africanos en diamantes, y los norteamericanos en seguridad nacional; pero a la hora de los penales, Cuauhtémoc se pone la verde; cuando las momias atacan, el Santo se lanza desde la tercera; y si de comida se trata, preparamos la taquiza.

Así es: las estadísticas de los diarios nos han enlistado como el país con más obesidad. Curioso es que mientras hay unos que apenas se ganan el pan, otros derrochan kilocalorías. Y es que no somos el mismo México de años atrás, con sus hábitos y costumbres.

Cada día hay más sopas instantáneas, y conservadores en la natura, y modificaciones genéticas a la semilla, y prisa en la sazón. En antaño, según las historias que he escuchado, el hogar era el fogón de la buena comida, del futbol mejor jugado, y de las victorias infinitas de enmascarados de Plata.

¿A qué viene todo esto? A que la comida es sólo un ejemplo de lo consumista del mercado, del alejamiento a lo tradicional, y de la báscula rota nacional.

Al hablar de una familia mexicana chapada a la antigua, nos llega la imagen irreversible de una casa densamente habitada con personajes muy definidos. Sin embargo, hay uno que guardaba (y lo sigue haciendo) el folclor y la sabiduría: la abuela. Todos tuvimos una viejita que preparaba el mejor platillo del mundo, y que era intrépida, y que tejía a gancho, y que resguardaba sus joyas, y que recordaba muchas historias de cuando los tiempos eran otros.

Elemental componente que es la abuela en la vida de cualquiera. Ya nos lo demostró Sara García al ser abuela del Cine mexicano de Oro; Úrsula Iguarán, líder moral entre el clan de los Buendía y sus cien años de soledad; y hasta nos lo deja claro nuestra barra ultratuza y su “abuelita de Batman, esta tarde venceremos’’.

Pues eran justamente esos ambientes de años atrás, en los que se vivía la rutina de casa bajo una filosofía muy humilde pero lógica, apoyándose en mil y un refranes viejos, y aprendiendo a pensar con simplicidad.

De ahí que esta mañana yo les venga a decir lo siguiente: cada quien adopta el sabor del caldo en el que se remoja.

Lo escuché alguna vez en una cocina con festines muy mexicanos y abundantes, a boca de la que habría de ser mi abuela, en medio de una conversación trivial. Como ésta, muchas frases eran las que se decían a modo de moraleja al finalizar la anécdota de una persona y su más reciente chisme.

Mucho tiene de cierto la frase: eres lo que te rodea.

Un niño que fue bautizado y guiado por el camino de Jesucristo nuestro señor y advertido de los pecados, habrá de apresurar el paso hacia la salida mientras lo persigue un pederasta lascivo. Del mismo modo que un rocanrolero no nadó en aguas religiosas ni deportivas, cada quien derrama la identidad su casa por la boca.

Ahí recae la importancia del tema que nos reúne hoy: la literatura en el contexto familiar.

Mucho influye el número de libreros y de pantallas de plasma que hay en una casa para el interés de cualquier joven en las páginas. Lo indicado sería que la familia no pensara que la literatura es para bichos raros con anteojos, sino para todo aquél que busque alargar su horizonte cultural y aplicarlo a la vida real. Porque, como la mayoría sabe, los libros son herramientas para prepararse en muchas situaciones: la literatura aporta lo necesario para entablar conversación con la rubia al final de la barra, para conocer de la vida al otro lado del planeta, para diseñar el plan perfecto y atracar un banco, para escribir la carta de despedida el día de tu fuga, para estimular la sensibilidad que cabe en el nombre de tu pareja, y para plasmar la idea que te mantiene despierto por las noches.

Otras veces, el verbo sólo sirve para matar carita.

En mi experiencia, les confieso que crecí en un núcleo en el que los libros siempre estuvieron presentes. Papá superhéroe escribía libros desde que yo tengo memoria. Las letras estaban ahí, en las pilas de textos enciclopédicos que parecían nunca terminar. Pero la presencia de la literatura era sólo didáctica y por mera curiosidad de leer las aventuras de Simbad, el marino. Cuando quise ser vaquero, porté sombrero, cuando quise ser astronauta, viajé a la vía láctea, cuando quise ser futbolista, pateaba el balón. Es decir, la lectura era una actividad más. Mantener a la literatura con cercanía no significa ser escritor, ni intelectual, ni persona aburrida, ni antisocial. La literatura es tan sólo un vicio nada más.

El que yo haya salido escritor, luego de retirarme de las canchas y de las odiseas espaciales, es un defecto y enfermedad que ya traía programado en mis entrañas desde el nacimiento. Así que me instruí poco a poco en las historias de los grandes novelistas, y fui abriendo libros que parecían imposibles, y fui perdiendo horas de sueño, y fui cayéndome en el torbellino pasional de las palabras.
Luego vinieron las recompensas: las muchachas que aceptaban el baile a cambio de dos versos mal rimados, y la facilidad de los ensayos preparatorianos, y las primeras cien cuartillas propias, y los discursos nerviosos como este, y los viajes, y las convicciones políticas, y la conjugación verbal ocupada como un revólver de alto calibre.

Es por eso que estoy convencido de que debemos cerrar en este preciso ahora las fábricas de sopas instantáneas.

Propongo que las familias mexicanas regresen al recetario de la abuela.

Paso 1: Cortar los vegetales frescos de los libros, y purgarlos de música pop del día.

Paso 2: Hervir a llama baja y a primera hora, el caldo de la mente de los niños. No pasarse de espuma ni de dificultad literaria.

Paso 3: Deshebrar la mala generalización de que los libros son renglones de la fastuosidad, y redefinirla como un juego de mesa donde el querer siempre le gana al poder.

Paso 4: Juntar todos los ingredientes en un recipiente con la mentalidad que no cierra una puerta tan fácil de abrir.

Así como en esta vida hay que saber de música clásica, se tiene que conocer también de mambos; desde el ying hasta el yang, del vino y del pulque, de las castañas y de las pelirrojas; también se tiene que conocer de la magia de las palabras. Es duro, lo sé. Nada más alto que la muralla de un libro que rebasa las mil páginas y está impreso con letra diminuta, que no tiene un avance ágil, que utiliza lenguaje extraterrestre, que simplemente es imposible. Para eso se tiene que empezar con una lectura sencilla y entretenida, particular para cada individuo.

Cada quien adopta el sabor del caldo en el que se remoja. Es verdad. Y como familia, y como ciudad, y como nación, tenemos que cocinar y preparar el brebaje rico para las nuevas generaciones. Con esto sabremos que un país lector es un país capaz de emitir juicios propios. Y aunque luego de leer un libro no lluevan ideas ni reflexiones de profundidad, por lo menos habremos ganado una frase cliché para cuando la circunstancia lo apremie.

Si todo esto falla, pues sólo la abuela lo logra, no nos veremos vencidos. Empezaremos el día con los periódicos sobre la mesa y, entre ataques marcianos y alianzas tricolores, encontraremos una noticia que nos levante el ánimo. La palabra tiene mucho poder, y ya todo México lo dijo: si ganamos el mundial, San Vasco Aguirre para presidente.

Gracias

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Texto leído en la mesa redonda Fomento a la lectura en el contexto familiar, celebrada en el Centro Cultural del ferrocarril, Pachuca Hidalgo, el 23 de abril de 2010.

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Juan Rivera es pachuqueño de corazón y de origen, nacido en el 92.

Ha escrito un centenar de cuentos más para él que para los demás, siendo ésta su modalidad literaria de preferencia. Se aventuró al teatro, y escribió y dirigió un par de obras con acento de Woody Allen y música de fondo de Sabina (que es como él dice vivir cada día).
Experimentó con la novela corta, lo que lo lanzó a que hoy mismo esté trabajando en su primera novela de largo alcance. Cuando el tiempo se lo permite, también estudia la preparatoria.

Ganó mención honorífica en el concurso preuniversitario Juan Rulfo 2009.

Premio Ricardo Garibay 2009 de Libro de cuentos por su trabajo “El lecho del mar”.

Libros: “Segunda del singular” (colaboración) Editorial Gobierno del Estado de Hidalgo. Cartas a Pachuca.

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